dissabte, 30 d’agost de 2014

“El futuro será controlado por las máquinas”

Entrevista a Carsten Sørensen publicada al diari El País

Carsten Sørensen, en su visita a Madrid. / CRISTÓBAL MANUEL
Pregunta. Nombres como Thomas Friedman, de The New York Times,autor de Average is over, hablan del final de las oportunidades para el trabajador medio y señalan que la revolución digital solo deja espacio para los excelentes, los mejores.
Respuesta. Yo comparto la tesis defendida por Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson, investigadores en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) de Estados Unidos, en el libro Race against the machine. El futuro va a ser controlado por las máquinas, va a ser como enTerminator,porque es la única manera de que tengamos servicios de alta calidad, personalizados, a un coste cercano a cero. Los servicios tendrán que ser automatizados y de autoservicio. Eso significa que los trabajos que habrá en el futuro serán aquellos que sirvan a esta maquinaria, para ayudar a alimentar a las máquinas con nuevos servicios, descubrir nuevos servicios, definir nuevos servicios… Ello, por supuesto, crea un nuevo sector manufacturero, pero extremadamente especializado, de compañías muy pequeñas, con una maquinaria muy avanzada.

Los trabajos
del futuro estarán basados en
la innovación
P. Pero el acceso a esos nuevos puestos estará reservado a aquellos con una alta formación y especialización.
R. Es claro que, independientemente del tipo de trabajos que haya, estos estarán relacionados con la innovación. También tenemos que adaptar nuestras expectativas. Es el argumento de Thomas Friedman. Ya no podemos dar por hecho que podemos aspirar a una vida de clase media. Incluso lo hablamos entre colegas. Si yo hubiese sido profesor de LSE hace 25 o 30 años me hubiese podido permitir una casa en Hampstead, (uno de los barrios más acomodados de Londres). Antes ser profesor de LSE significaba una vida de clase media-alta. Si la definición de clase obrera es que necesitas trabajar para subsistir y que no tienes suficientes ahorros como para dejar de trabajar con, por ejemplo, 50 años, entonces yo soy clase obrera.

Ya no podemos dar por hecho que podemos aspirar a una vida de clase media
P. Esta economía gobernada por las máquinas también genera desigualdades.
R. Una gran proporción de los trabajadores estará subempleada permanentemente. Trabajará menos horas de lo que le gustaría y será mucho más difícil conseguir un trabajo indefinido. La clase media sigue siendo nuestra aspiración, sin embargo, cada vez se aleja más.
P. Un argumento para ser optimista es que de la destrucción de empleo provocada por la economía digital surgirán nuevas industrias que crearán los millones de trabajos que los países occidentales necesitan con urgencia.
R. Las grandes compañías de esta nueva economía no tienen muchos empleados. Las cuatro grandes de Internet: Apple, Google, Facebook y Amazon tienen 219.191 empleados en conjunto, según Bloomberg. La mayor compañía automovilística de Europa, Volkswagen, tiene 552.425. La única esperanza entonces serían las pequeñas compañías. Que el ingenio humano genere nuevas actividades y empleos. El argumento tradicional de Schumpeter es que la destrucción creativa generará esos nuevos trabajos y, desde luego, llegarán. La cuestión es si serán suficientes.

Es preocupante que ningún gigante de Internet
sea europeo
P. ¿La Unión Europea está desatendiendo la importancia de este cambio en el mercado de trabajo?
R. Sí. Y una de las razones es que todavía no es considerado como un gran problema. Para mí es muy preocupante que ninguno de estos gigantes de la Red sea europeo. Internet es un entorno que tiende a generar ganadores absolutos, monopolios. Hay un buscador. Puede que tengas otras opciones, pero el mercado en Occidente lo tiene uno, Google. Estas plataformas son instrumentos de control. Es muy preocupante, pero yo no encuentro otra salida más que esperar lo mejor de la innovación y prepararnos para encontrar mecanismos de distribución.
P. ¿Cree que el Estado tiene un papel que jugar para moldear el mercado de trabajo y disminuir las cargas que exprimen los recursos de la clase media?

La economía digital disocia
la productividad
de los salarios
R. Hay cierto acuerdo en que el mercado de trabajo se polarizará en el futuro. Habría un grupo relativamente grande de gente con salarios bajos y un grupo relativamente pequeño que sería altamente recompensado. Como consecuencia de ello, la clase media sería vaciada. Malas noticias, porque ese colectivo, por su número y nivel de ingresos, es el que mantiene la base fiscal de nuestras sociedades, el Estado de bienestar.
P. Autores como Jeremy Rifkin sostienen que todavía es pronto para la economía digital, que estamos sentado las bases de un nuevo sistema económico en el que Internet es una pata, pero que falta construir una red energética paralela que ponga en marcha lo que él ha bautizado como la “tercera revolución industrial”.
R. El problema es la disociación entre la productividad y los salarios y el empleo. El argumento de Rifkin es que las tecnologías de la información serán al siglo XXI lo que la automoción, estandarización y distribución fueron al XX. Nos permite hacer todo tipo de productos con un altísimo nivel de calidad y personalización a muy bajo coste, pero necesitamos la automatización. La base de la clase media americana era el sector manufacturero, y es verdad que se generarán más servicios, pero la realidad es que cada vez más actividades están siendo automatizadas. No va a ser un futuro fácil.

dijous, 28 d’agost de 2014

¿Siete argumentos en contra de la Renta Básica? No exactamente

Article publicat a la revista Sin Permiso

Jordi Arcarons · Daniel Raventós · Lluís Torrens · · ·
24/08/14

Como es habitual cuando una propuesta normativa de envergadura, y la RB lo es, se convierte en tema de intenso debate público, surgen como setas en otoño “amigos” y “enemigos” de la propuesta. Y bien está, pero creemos que vale la pena intentar aportar algunos conocimientos viejos, porque siguen siendo buenos, así como otros más nuevos, porque son necesarios. Para lo que pueda servir. Al fin y al cabo, el artículo de Eduardo Garzón intenta discutir en serio y honradamente algunas cuestiones en relación con la RB, lo que permite en principio un intercambio intelectualmente fecundo y ad rem. No pocas veces se ha criticado a la RB per fas et nefas: porque sería intrínsecamente perversa, o neoliberal, o estatalista, o patriarcal, o porque iría en contra del pleno empleo, o porque buscaría una sociedad de subsidiados. O, ¿cómo no?, porque no acaba con todas las injusticias del capitalismo. En esos casos, el debate serio ya es más difícil.
A mediados de agosto se publicó un artículo que defendía las virtudes que, según el autor, ostenta el “trabajo garantizado” (TG) en contraposición a la Renta Básica Universal (RB). Intentaremos exponer y contestar lo más brevemente posible los abundantes errores que en nuestra opinión  el autor comete en su artículo, con especial interés en lo que Eduardo Garzón califica de “argumentos en contra de la RB”. Para ello seguiremos muy detenidamente la redacción de aquel artículo que citaremos copiosamente para permitir al lector/a poder seguir más fácilmente nuestras respuestas y, claro está, para que nadie pueda decir que “descontextualizamos” las citas. Lo que nos obliga a citar casi todo el original, por lo que este artículo nuestro parece más largo de lo que realmente es.
“Aunque hace mucho tiempo que se concibió la Renta Básica Universal (RB), no ha sido hasta hace poco cuando ha cobrado importancia en los círculos académicos españoles e incluso en la agenda política y mediática.”
Esta afirmación podía ser cierta hace unos 15 años. Después, ya no. La RB ha salido del reducido ámbito académico ya hace algunos lustros, y ha entrado en las preocupaciones políticas no precisamente a raíz de la irrupción de Podemos, aunque sin duda esto último ha agrandado su conocimiento social. En el caso del Reino de España, claro, puesto que hay algunas interesantes experiencias sociales y políticas en otros Estados ricos, no ricos y hasta pobres. Sin ninguna duda, la claridad con la que Podemos defendió en las últimas elecciones europeas la RB, ha estimulado el debate público y el interés por la RB, pero cabe recordar que la RB ha sido discutida dos veces en el parlamento español en los últimos 10 años así como en el parlamento catalán (que fue el pionero en el Reino de España en el debate de una propuesta de ley sobre la RB impulsada por ERC e ICV en el año 2002) y en otros parlamentos de distintas CCAA. También fue motivo de interés y debate en el movimiento conocido por 15M. Es significativo asimismo que en las elecciones europeas hubo otras candidaturas y partidos a la izquierda del PSOE (Bildu, IU-ICV, Anova, Equo…) que defendían la RB en sus programas con mayor o menor claridad, si bien es cierto que ninguna con la contundencia y precisión de Podemos.
“[La RB] es una medida potente, factible y muy efectiva para combatir la pobreza.”
La RB efectivamente es una medida contra la pobreza, pero como algunos de sus defensores hemos venido insistiendo a lo largo de los últimos 20 años, la RB no es solamente una medida contra la pobreza. Se trata de una medida que incrementaría la libertad de buena parte de la ciudadanía (gran parte de la clase trabajadora, la mayoría de mujeres que dependen de su marido o amante para su existencia material, una mayoría de jóvenes imposibilitados de emanciparse…). En otras palabras, la existencia material de la mayoría de la población no rica se incrementaría con la RB. Esta característica de la RB es para nosotros importante. Quien no tiene la existencia material garantizada no dispone de libertad. Más adelante insistiremos en este punto cuya comprensión es decisiva para evaluar las potencialidades de la RB. 
“Recordemos que la RB es la concesión a todo ciudadano, independientemente de su situación particular, de un ingreso fijo que le permita cubrir sus necesidades vitales.”
Para salir del paso puede aceptarse, pero es muy deficiente esta definición. Entre otras razones porque precisa que se defina lo que quiere decir “necesidades vitales”, aspecto que el autor no acomete. Y la RB no tiene que ser necesariamente de una cantidad que “permita cubrir” estas necesidades. Puede ser mayor, como los distintos proyectos de ley en las cortes españolas y en el parlamento catalán contemplaban con una RB de una cantidad “como mínimo igual al umbral de la pobreza”. “Como mínimo”, aquí es pertinente para lo que contestamos. Nos parece mucho mejor la definición de la Red Renta Básica según la cual la RB “es un ingreso pagado por el estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho o residente de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva.” Es una definición más larga y voluntariamente redundante, pero meridianamente clara.
“De esta forma, nadie se vería obligado a aceptar cualquier tipo de trabajo (por muy duro y precario que fuese) para poder sobrevivir con un mínimo de dignidad.”
No se trata solamente de un “mínimo de dignidad”, que es loable objetivo, sino de algo mucho más exigente filosófico-políticamente para los que, a diferencia de los liberales, no creemos que haya ninguna oposición entre libertad e igualdad: garantizar la existencia material de toda la población es condición para su libertad. De ahí que un pobre no pueda ser libre puesto que no se trata solamente de carencia de bienes y servicios (para utilizar la jerga oficial) sino que depende en su existencia material en sociedad de la voluntad arbitraria de otros.
“En cambio, el TG parte de la premisa de que si bien es cierto que hoy día en nuestras sociedades hay muchísimas personas que no están trabajando y nuestro deber como sociedad es evitar que por culpa de ello pasen penurias, también es cierto que hay mucho trabajo por hacer en nuestras comunidades”
Hay tres tipos de trabajo: remunerado, doméstico o reproductivo (aunque también recibe muchos otros nombres) y voluntario. La RB permitiría que una gran parte de la población redistribuyera sus tiempos con mucha mayor libertad que ahora entre estos tres trabajos, todos necesarios para la comunidad. El TG solamente hace referencia al primero de los tres tipos de trabajo.
“En la actualidad necesitamos que cuiden de nuestros mayores, de nuestros hijos y de nuestros enfermos, que aumenten los servicios de ocio y cultura, que se cuiden las infraestructuras, pavimento y fachadas de muchos barrios de nuestras ciudades, que se reforesten enormes extensiones de terreno, que se cuide la fauna y la flora de nuestro entorno, que aumenten y mejoren los servicios sanitarios, que se defienda a los grupos discriminados y a los más vulnerables, etc.”
¿Es que la RB se opone o es un impedimento a cualquiera de estas realidades expuestas?
 “La RB genera tensiones inflacionistas; el TG no. Por el lado de la oferta la RB busca acabar con los puestos de trabajo de peores condiciones. Puesto que el empleado pasaría a cobrar un ingreso mínimo sin necesidad de trabajar, podría abandonar su puesto si considera que no le merece la pena. El empleador tendría que mejorar las condiciones laborales para que el trabajador no abandonase, pero cabe la posibilidad de que no pueda hacerlo (debido a las exigencias del mercado: aumentar salarios le podría suponer demasiado coste para mantener competitividad sin aumentar precios o para darle suficiente rentabilidad a los accionistas. Si la mejora de condiciones laborales se hace en este contexto, los precios de los productos aumentarían para no ver mermado el margen de beneficio empresarial: habría inflación). Si el empresario no puede mejorar las condiciones (en muchos sectores con total seguridad no podría), ese tipo de trabajo desaparecería: habría menos empleo y por lo tanto menos producción (menos oferta de bienes y servicios).”
Es un triste argumento para los que además de defender la RB defendemos que los salarios deben ser dignos. El autor cae de bruces en la trampa de la teoría utilitarista-marginalista. Es cierto que puede haber trabajos que desaparezcan porque no son rentables si se pagan a un salario digno, extremo que nos parece fantástico y muy recomendable. En algunos conocidos y citados países los salarios mínimos son más altos (por ejemplo, el doble en Francia, y vemos que sigue siendo líder mundial en turismo, por ejemplo, el sector emblemático de sueldos bajos). Su argumentación nos llevaría a dar más razones a la patronal y al FMI que reclaman salarios más miserables para competir por costes bajos. Sí, desaparecerán algunos trabajos remunerados. Algo que nos parece muy recomendable dadas las condiciones para la población que ocupa estos trabajos. Esta posibilidad nos ayudaría a plantearnos algunos cambios en serio del modelo productivo, pero para no alargar y desviar innecesariamente nuestra contestación, solamente lo dejamos apuntado.
“Al mismo tiempo que eso sucede, la demanda de esos bienes y servicios aumentaría puesto que todos los ciudadanos tendrían ahora más dinero en sus bolsillos gracias a la RB. Este efecto conjunto tendría como resultado un aumento notable de los precios de esos bienes y productos (la ley de la oferta y la demanda manda: si ahora se venden menos productos y a la vez hay más compradores el vendedor aprovechará la situación para subir los precios). Con precios mayores el poder adquisitivo de los ciudadanos que han recibido la RB se evapora: los pobres siguen siendo pobres.”
La demanda solo crecerá por la diferencia entre la propensión al consumo de los pobres que recibirán más dinero y la de los ricos que ahora tendrán menos. En un contexto económico de crisis, con  5 años de caídas del consumo privado que en términos reales lo han retrotraído una década, con un tejido industrial muy lejos de la plena utilización de la capacidad productiva, con una caída del 25% de la superficie comercial o con tres millones de viviendas vacías [1], que cuarenta o cincuenta mil millones de euros pasen de manos de los ricos al resto lo que menos nos ha de preocupar es que sea inflacionista, aunque sí pueda haber alguna tensión que, dicho sea de pasada, en un entorno deflacionista como estamos, también bienvenida sea. Y esto de que la RB se evapore es una exageración tan grande y dicha a la ligera que no parece ser fruto de una reflexión. Además, la RB en las propuestas que defendemos puede estar indexada con el umbral de la pobreza, si éste sube nominalmente, también lo hará la RB.
“En cambio, con el TG no habría inflación. Por el lado de la oferta no se producirían menos bienes y servicios sino que se producirían más gracias a los nuevos programas de empleo. Además, al ofrecer un salario uniforme y fijo (de 10 euros la hora por ejemplo) impide el empujar de los precios por el lado de los costes salariales. Por otro lado, la demanda aumentaría pero en mucha menor medida que en el anterior caso ya que sólo se verían beneficiadas aquellas personas más necesitadas (quienes quieren trabajar y no se les deja, y otras personas con necesidades económicas), y no todas (ricas y pobres) como ocurre con la RB. Por lo tanto, no habría tensiones inflacionistas porque aunque habría más dinero para comprar éste no sería tan abundante como en el caso de la RB y al mismo tiempo aumentaría la cantidad de bienes y servicios puestos a la venta.”
El autor se olvida de cómo se financiaría la RB. Para criticar los efectos inflacionistas de la RB, debe especificarse qué tipo de financiación se está proponiendo. ¿Con más impuestos?, ¿con endeudamiento público? Hemos propuesto desde hace ya algunos meses una propuesta de financiación que supone una gran redistribución de la renta de los más ricos al resto de la población. Además, si calculamos que en el Reino de España hay seis millones de personas paradas más otra cantidad indeterminada que ya ni busca trabajo porque no lo encuentra (mayores de 55 años sobre todo), además de 1,8 millones según la última EPA  que trabaja a tiempo parcial de manera involuntaria porque querría trabajar a tiempo completo, nos da que el coste a 10 euros la hora (sin contar la cotización a la Seguridad Social, suponemos) nos daría 1.800 horas anuales x  7.800.000 personas x 10 euros hora = 140.000 millones de euros anuales + Seguridad Social. Otrosí, mirando la encuesta cuatrienal de estructura salarial, en el año 2010 (cuando los salarios aún no habían bajado tanto como hasta ahora por efecto de la crisis), el 32,7 % de los trabajadores a tiempo completo cobraban menos de dos veces el  Salario Mínimo. El SMI en el Reino de España está en 5,05 euros la hora (un 40% menos que el que acaba de aprobar Alemania a partir de uno de enero de 2015 y un 47% menos que el SMIC francés). Así que a 10 euros/hora que propone como ejemplo el autor, más de un tercio de los asalariados a tiempo completo (seguramente ahora más) desearían dejar su trabajo y acogerse a la oferta estatal, cuatro millones más de demandantes del TG. De hecho el salario hora del TG sería el nuevo SMI a efectos prácticos. Finalmente habría que añadir una gran mayoría de autónomos que ganan (o al menos declaran) mucho menos que estos 10 euros la hora, o tienen que alargar sus jornadas laborales para alcanzar unos ingresos mínimos (caso del pequeño comercio), una cifra indeterminada que podría superar el millón de empleos.  En resumen, el estado y sus partners deberían crear hasta 13 millones de puestos TG, un sinsentido equivalente al 75% de la ocupación actual en el Reino de España, con un coste por encima de los 200.000 millones de euros más la Seguridad Social, más los costes organizativos y burocráticos y más los costes de capital (las inversiones necesarias para desarrollar los trabajos)  y seguir sin aventurar como se podría pagar esto y que efectos, esta vez sí, inflacionarios tendría. Otra cosa sería rebajar el coste por hora de este TG, en ese caso ya reharíamos los números pero ya aventuramos que los costes económicos y organizativos continuarán siendo extraordinariamente elevados. Además, ¿qué significa que las personas ricas y pobres se verán beneficiadas con la RB, como afirma imprudentemente E. Garzón? Un sinsentido monstruoso. En todo proyecto de financiación políticamente serio de la RB,los ricos pierden con la RB. No podemos hacer otra cosa para abreviar que remitir a nuestro estudio ya mencionado en donde se precisa detenidamente quién gana y quién pierde.
“La RB depreciaría la moneda si España tuviese moneda propia; con el TG el efecto sería menor. Si el dinero que aparece en los bolsillos de los ciudadanos gracias a la RB se destina en buena medida a comprar productos en el extranjero (y conociendo el tipo de productos que se producen y que no se producen en España ocurriría con seguridad), una moneda propia se devaluaría fuertemente. El efecto sería mucho menor en el caso del TG porque el dinero en los bolsillos de los ciudadanos no sería tan abundante. Eso no ocurriría con una moneda común como el euro, pero vale la pena tenerlo en cuenta a tenor de los importantes movimientos anti-euro.”
“Si el mar no tuviera marea alta”. El Rey de Inglaterra y Dinamarca, Canuto II (995-1035), conocido como el “príncipe de las mareas”, ordenó en persona en las orillas de la playa que el mar detuviera las engorrosas mareas altas. Evidentemente, si no lo llegan a rescatar la marea alta se lo hubiera engullido. “Si España tuviese moneda propia”… no es cosa menor y, convendremos, no es para pasado mañana. En cambio, las necesidades de la gente son perentorias.
La RB se financia, según nuestra propuesta, con una transferencia de ricos a pobres, entre otras características. Y que nosotros sepamos los coches de importación de lujo, los viajes recreacionales al extranjero, las delicatessen y la cosmética también de lujo extranjera, son adquiridos por los ricos, o sea que su propensión a importar o gastar allende las fronteras es más elevada que la de los pobres.
“La RB no tiene en cuenta el ciclo económico, el TG sí. La RB es universal y constante: siempre el mismo ingreso y para todos, independientemente de si estamos en una época de boom económico o recesión. En una época de expansión económica inyectar más dinero en los bolsillos de todos los ciudadanos no hará sino calentar todavía más la economía, provocando burbujas e inflación. En cambio, el TG es flexible y contracíclico. En épocas de boom económico aparecerán en el sector privado muchos puestos de trabajo mejor pagados que los ofrecidos por el TG, de forma que muchos trabajadores del TG se trasladarían al sector privado. De esta forma se estaría introduciendo mucho menos dinero “extra” en los bolsillos de los ciudadanos, y por lo tanto no se estaría calentando tanto la economía. En épocas de recesión ocurriría lo contrario: muchos trabajadores despedidos en el sector privado pasarían a trabajar en los programas de TG, logrando que no se enfriase tanto la economía y evitando así la amenaza de la deflación (caída generalizada de los precios).”
Otro gran error analítico. Los países con unos sistemas fiscales más potentes, con mayor presión fiscal y menos dependiente del ciclo son los más resistentes a la crisis. La RB es anticíclica completamente a corto plazo puesto que mantiene los recursos más estables precisamente en la capa de la población que soporta más el consumo interno y por lo tanto la demanda interna, principal motor económico cíclico. Y en épocas de expansión, al crecer la renta per cápita también lo haría la RB lo que también limitaría las desigualdades de renta, precisamente una de las causas contrastadas de las recurrentes crisis capitalistas. No obstante, debemos admitir que para situaciones de crisis ligeras en entornos de cuasi-plena ocupación, el trabajo garantizado podría ser una solución adecuada también. De hecho, la idea del TG o del estado como empleador de último recurso es una idea de economistas progresistas especialmente estadounidenses, donde el paro en los últimos 70 años no ha superado nunca el 10%[2]. En el Reino de España en los últimos 35 años esto solo ha ocurrido en tres.
“La RB genera menos trabajo digno que el TG y de forma más limitada. Con la RB se confía en la disponibilidad y voluntad del empresario para mejorar las condiciones de trabajo hasta convertirse en empleos dignos (de no hacerlo los trabajadores abandonarían). Muchos empleadores podrían hacerlo pero otros muchos no. El TG se ahorra este problema al crear trabajo digno de forma directa, sin necesidad de contar con los empresarios. Además, con el TG se podría combatir directamente la discriminación de género, racial y de cualquier otro tipo; algo que no se podría controlar con la RB.”
Nuestra postura es que la RB no es una propuesta que abandona a su suerte a los trabajadores, al contrario, debe combinarse con un refuerzo del llamado estado del bienestar, una progresiva subida del salario mínimo a los estándares que recomienda, por ejemplo, la Carta Social Europea. Una existencia material que permita el ejercicio de la libertad y una potenciación de la tarea sindical y de su capacidad negociadora en favor de unas mejores condiciones laborales, incluido, por ejemplo, un reparto equitativo de las ganancias de la productividad. Y en este punto los sindicatos encontrarán un formidable aliado en la RB que ya no obligará a los demandantes de empleo a aceptar cualquier trabajo bajo cualquier condición, puesto que el poder de negociación de los trabajadores y de los sindicatos aumentará. [3] Alguno de nosotros ya ha escrito más de una vez sobre el papel de caja de resistencia que una RB tendría en casos de huelgas de larga duración. Y más interesante aún es insistir en que la RB significaría un factor para contrarrestar el “efecto disciplinador” del desempleo. Ya lo escribimos en otra ocasión: “Una de las características fundamentales del funcionamiento económico dentro de la zona UE (y de otras geografías, por supuesto, pero concretamos en este ámbito por ser el de nuestra área) es la gran capacidad de que dispone el capital para disciplinar a la población trabajadora. El factor principal de esta capacidad disciplinaria es la existencia de una gran parte de población trabajadora sin empleo. Cuando la posibilidad de despido se convierte en algo cada vez más frecuente en una situación de crisis, más dispuesta está la población trabajadora para aceptar condiciones laborales peores. (…) La RB representaría una herramienta muy poderosa para debilitar esta capacidad disciplinaria del capital. Creemos que, aunque pueda resultar muy paradójico, muchos sindicatos, con algunas ejemplares excepciones, no han entendido la enorme capacidad de la RB para debilitar la disciplina que el capital puede imponer, e impone, en una situación de enorme desempleo.”[4] 
“La RB no crea servicios sociales; el TG sí. Con la RB no hay producción social (que sirva a los más necesitados), no al menos más allá de la que estén dispuestos a realizar voluntariamente los receptores del ingreso fijo. En cambio, el TG crea directamente puestos de trabajo cuyo objetivo es a) mejorar las condiciones de vida de muchas personas que lo necesitan y b) cuidar y respetar el medio ambiente.”
Es verdad, aunque esto corre el riesgo de que en épocas de bonanza se pierdan trabajos en el sector social. Además, en el punto anterior ya hemos dicho que la RB debe combinarse con un crecimiento del gasto social hasta converger con los estándares europeos más generosos lo cual generará también puestos de trabajo.
“La RB sólo concede dinero, el TG mucho más. Recibir un ingreso es sólo uno de los muchos motivos que hay para trabajar, y a menudo ni siquiera es el más importante. Sentirse útil para con la sociedad, aprender nuevas habilidades y conocimientos, socializarse, entretenerse, viajar, etc., son otros beneficios que otorga el TG y que la RB no puede ofrecer.”
Aquí se manifiesta lo que a nuestro entender es una gran incomprensión de lo que significaría la RB. La RB es un instrumento para garantizar la existencia material de toda la población, como queda dicho. Adicionalmente, es un grave error suponer que la RB se opone al trabajo remunerado. La propuesta de TG olvida además y como ya hemos apuntado con anterioridad que existen tres tipos de trabajo (remunerado, reproductivo o doméstico y voluntario) y solo uno está retribuido monetariamente. El TG se olvida de la gente que no puede trabajar con contratos laborales estándares por sus circunstancias personales o de la gente que quiere emanciparse para formarse, para montar un nuevo negocio o empresa, a los que condena a ganarse el sustento trabajando para el estado o las ONG partners que colaboren con él en unos sectores específicos. El TG da mucha menos libertad que la RB.
“La RB no forma ni prepara al ciudadano, el TG sí lo hace. Los conocimientos y habilidades adquiridas por el trabajador del TG lo preparan para encontrar trabajo en el sector privado o para iniciar sus propios proyectos en un futuro.”
Quizás no hemos entendido bien, pero aquí el embrollo es mayúsculo. El TG solo forma en aquellos sectores que interesa dar trabajo social, no en los que interesan al ciudadano. La RB permitiría disponer de una mayor libertad que en la actualidad para decidir qué quiere hace cada uno con su formación (que incluye aspectos mucho más dilatados que el de la formación laboral).
No sólo esto, el TG crearía tales distorsiones en los mercados de provisión de los servicios en los que competirá que posiblemente generaría más problemas de los que quiere solucionar al destruir puestos de trabajo preexistentes tanto en el sector público como en el privado lucrativo o no lucrativo. Sin entrar de nuevo en la viabilidad financiera y organizativa del TG  (afectaría a millones de trabajadores), si éste está mejor pagado que los salarios habituales de un sector, las empresas o instituciones proveedoras preexistentes o bien deberán pagar mayores salarios con el riesgo de incurrir en pérdidas y desaparecer o bien desaparecerán porque nadie querrá trabajar en ellas. ¿Qué ocurrirá entonces, situándonos en la lógica del propio autor del artículo que contestamos, cuando la economía se recupere pero en cambio haya desaparecido el genuino sector, sus directivos y cuadros, etc.? Se habrá producido una “garantía/nacionalización” encubierta de una parte muy significativa de la economía y difícilmente a corto plazo ésta pasará de nuevo al sector privado o público-privado y nadie tendrá interés en invertir en ella si la espada de Damocles del TG pende permanentemente sobre ella, ¿Y qué ocurrirá si vuelve una crisis y los sectores tradicionales para el TG  ya han sido pasados al sector “garantizado”? ¿Qué nuevos sectores sufrirán la competencia del TG? Otro sinsentido económico.  [5]
Hemos intentado responder con algún detalle a todas las argumentaciones del artículo de E. Garzón, prescindiendo de otros aspectos que para nosotros son muy relevantes de la RB, pero que el autor no  menciona. No estamos en contra del TG, como tampoco estamos en contra de la renta garantizada de ciudadanía (a la que hemos apoyado porque supondría una mejora substancial en relación a la situación actual), ni del refuerzo del estado del bienestar (complemento necesario de la RB, al igual que la mejora del salario mínimo y del resto de condiciones laborales), pero la excepcional situación en que vivimos y las tendencias que se observan y prevemos a medio y largo plazo [6] nos refuerzan en la creencia de que la vía más efectiva y a la vez económicamente más racional para acabar con tanto sufrimiento y privación de libertades humanas fundamentales es la RB. El resto de medidas se parecen a cuando se discute si la mejor medida monetaria es darle el dinero a los bancos para que estos lo hagan llegar a la economía –ya sabemos que no funciona ni aquí ni en Japón-, en lugar de darlo directamente a los que lo necesitan.
Nuestra intención no ha sido otra que intentar aportar algún elemento de análisis que pueda ser útil en unos momentos en que la RB irrumpe otra vez, y quizás con más fuerza que nunca hasta hoy, en el debate público. Como es habitual cuando una propuesta social de envergadura, y la RB lo es, se convierte en tema de debate público, surgen como setas en otoño “amigos” y “enemigos” de la propuesta. Y bien está, pero creemos que vale la pena intentar aportar algunos conocimientos viejos porque siguen siendo buenos y otros de más nuevos porque son necesarios. Para lo que pueda servir. Al fin y al cabo, el artículo de E. Garzón intenta discutir en serio algunas cuestiones en relación con la RB, lo que permite en principio un intercambio intelectualmente fecundo y ad rem. En otros y no infrecuentes casos, en donde se critica per fas et nefas a la RB porque es intrínsecamente perversa o neoliberal o patriarcal o va contra el pleno empleo o quiere conseguir una sociedad de subsidiados o no acaba con todas las injusticias del capitalismo o vaya usted a saber qué, el debate serio ya es más difícil.
NOTAS: [1] El caso de vivienda quizás sí merezca un tratamiento aparte: si la RB consigue ayudar a emancipar a los jóvenes de sus familias es cierto que habrá presión sobre los precios de acceso a la vivienda. Por eso la RB no es incompatible sino que necesita además de potentes políticas públicas de acceso a la vivienda a precios adecuados, como también hacen determinados países, que disponen de grandes parques de vivienda protegida. En este punto, el Reino de España está desaprovechando una gran ocasión para configurar este parque con parte del stock existente en la actualidad y que se está malvendiendo por parte del Estado (SAREB) a los fondos especuladores. [2] Para una crítica a fondo a partir de sus presupuestos teóricos y para el catastrófico caso argentino véase el documento elaborado ya en el año 2004 por Alan Cibils y Rubén Lo Vuolo (por cierto, presidente de la Red Argentina por el Ingreso Ciudadano). Ingreso Ciudadano es como se conoce en Argentina, y en México, a la Renta Básica. [3] Alguno de nosotros pensamos además que la RB debería ir acompañada de medidas efectivas de reparto del tiempo de trabajo (RTT), que combinadas con otras medidas de creación de empleo en sectores como los relacionados a la transición energética y a la economía del bienestar y la I+D conseguirían eliminar el paro. El sistema para implantar una RTT podría ser una combinación de reducción de la jornada laboral, de compactación de la misma, de incremento de permisos para tareas reproductivas, de años sabáticos para formación o de jubilaciones anticipadas entre otras. La tendencia al RTT ya es una realidad ahora, pero sometido a los intereses del capital por la negativa a ser reconocido desde el lado social. Solo una estrategia más democrática y, porque no, también combinada con un TG sensato, podría hacer que fuera una medida redistributiva y justa. Pero eso quizás será contado en otra ocasión. [4] El veterano dirigente laborista Neil Kinnock lo expresó con otras palabras: “La gente amenazada con el paro no compromete su empleo emprendiendo diversas acciones de militancia sindical, simplemente no lo hace.” [5] Además, es mucho más interesante y efectivo, por ejemplo, una Formación Profesional dual  o programas de reciclaje profesional combinados con RB que abarque todos los sectores productivos que una TG que implica formación en unos pocos sectores. La evidencia nos dice que por un lado los parados mayores  no quieren formarse si no se les asegura un puesto de trabajo ya que  deben renunciar a ingresos informales y por  otro no quieren coger trabajos temporales si han de renunciar a una renta mínima que luego les cuesta meses recuperar burocráticamente. Dos casos que  ejemplarizan  la trampa de la pobreza que provocan los sistemas de protección actuales condicionados y que la RB eliminaría.  [6] Como la insostenibilidad de la deuda creciente, del modelo de crecimiento que supone que los recursos del planeta son ilimitados, o la creciente automatización de las tareas incluso más cualificadas.
Jordi Arcarons es catedrático de Economía Aplicada de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es miembro de la Red Renta BásicaDaniel Raventós es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de sinpermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del comité científico de ATTAC. Su último libro es ¿Qué es la Renta Básica? Preguntas (y respuestas) más frecuentes (El Viejo Topo, 2012). Lluís Torrens es economista, profesor asociado de la Escuela Superior de Negocios Internacionales-Universitat Pompeu Fabra, gerente del Public-Private Sector Research Center del IESE. Colabora con iniciatives pel decreixement  que impulsa un nuevo modelo económico sostenible y estacionario. 
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www.sinpermiso.info, 23 agosto 2014

dilluns, 25 d’agost de 2014

Réplica a una ocurrencia más del capitalismo verde

Article publicat a la revsita  Sin Permiso

Sebastià Riutort · · · · ·





El ex-político verde alemán Ralf Fücks presentó el pasado 25 de marzo en Barcelona su libro Intelligent wachsen: Die grüne Revolution (Crecimiento inteligente: La revolución verde), publicado en 2013. Fücks es el Presidente de la Heinrich Böll Stiftung, un think tank estrechamente vinculado al partido de Los Verdes alemán (Bündnis 90/Die Grüne). El acto, organizado por la misma Heinrich Böll Stiftung y la Fundació Nous Hortizons, tuvo lugar en el Goethe Institut. Reproducimos a continuación la intervención del sociólogo Sebastià Riutort, investigador en la Universidad de Barcelona y activista social en los campos del ecologismo y del cooperativismo.

Este texto es una réplica al conjunto de ideas desarrolladas por Ralf Fücks en un acto organizado por el Goethe Institut de Barcelona y en el texto “Smart Growth: Twelve Theses”, una versión abreviada y en inglés de su libro. A continuación presento una adaptación de mi intervención en el debate y aprovecho para añadir algunas reflexiones adicionales.

El planteamiento de Fücks puede resumirse grosso modo como un compendio de recomendaciones que se pueden incluir en esa idea optimista e ingenua del llamado “capitalismo verde”. Ante el desafío ecológico y contrario a cualquier visión decrecentista, Fücks defiende la posibilidad de una harmoniosa relación entre naturaleza y economía a partir de un crecimiento responsable que se estructura en tres pilares: un modo de producción basado en las fuentes energéticas renovables, la eficiencia tecnológica y la innovación, y la aplicación de procesos industriales circulares. Según Fücks, estos elementos permitirían, de manera “realista”, re-direccionar la economía hacía un escenario ecológicamente sostenible. Sin embrago, desde mi punto de vista, esta es una tesis insostenible. El núcleo central de mi crítica radica en que Fücks se desentiende de las condiciones contextuales bajo las cuales esta supuesta revolución verde se daría. Fücks no tiene en cuenta que vivimos inmersos en un orden social y económico capitalista que genera destrucción ambiental y conflictividad social. Su propuesta pierde su condición de realidad y viabilidad si rehúye los entresijos de este escenario. Además de tratar esta omisión, mi réplica intentará también argumentar la importancia de incluir a la ciudadanía como sujeto activo en cualquier tentativa para pensar una sociedad más sostenible.

Mi postura no imposibilita que comparta con Fücks la inquietud por el cambio climático y por la búsqueda de estrategias para avanzar hacia una organización de la vida social más sostenible. Es imperiosa una reorganización de la infinidad de actividades humanas que se dan en nuestras sociedades que posibilite unas condiciones de vida prósperas para el conjunto de sus miembros, al mismo tiempo que reduzca su impacto en el entorno ambiental en el que tales actividades se desenvuelven. Este es un reto extremadamente complejo que no se resuelve de la noche a la mañana, pero que día a día reclama soluciones reales, viables, que permitan avanzar hacia este objetivo. Sin embargo, resulta un error pensar tales soluciones sin incorporar aquellos elementos que, en una medida u otra, se convierten en fuerzas resistentes al cambio. Es verdad que carecemos de recetes concluyentes y claras que eliminen por completo la multitud de incertidumbres y contingencias que existen a día de hoy sobre la evolución de nuestras sociedades. Pero no nos podemos permitir dejar fuera de nuestro análisis aquellos elementos que dificultan el poder pensar y practicar nuevas fórmulas de desarrollo humano que vayan haciendo posible esta transición hacia una sociedad más sostenible.

1. La lógica inherente al capitalismo es problemática con una posible co-evolución de la humanidad con el planeta

El capitalismo, como sistema económico, necesita la expansión permanente; requiere de la producción incesante y generalizada de mercancías para asegurar una acumulación sin pausa. El sistema capitalista, en lugar de disminuir, intenta aumentar hasta la saciedad los recursos requeridos a las gentes para supuestamente satisfacer sus necesidades. En este proceso de expansión, el capitalismo se esfuerza de manera incesante en quebrantar los límites reales de la Tierra. Esta situación conlleva una explotación sin parangón de los recursos naturales. Fred Magdoff y John Bellamy Foster son algunos de los que con rigor observan que la ruptura con un modelo como el capitalista es condición necesaria para crear una nueva civilización ecológica (1). Los meros ajustes tecnológicos en el sistema de producción actual no serán suficientes para poner fin a los dramáticos y potencialmente catastróficos problemas a que nos enfrentamos. Resulta un error invocar la innovación como el remedio milagroso. Ya en su momento, Joseph Schumpeter observó el doble papel que juega la innovación en la historia económica de las sociedades capitalistas (2). La innovación acaba convirtiéndose en un proceso de destrucción creativa que constantemente destruye lo antiguo para construir lo nuevo. El resultado: una obsolescencia constante que permite los ciclos de crecimiento económico al mismo tiempo que genera la destrucción y el desplazamiento de objetos y procesos; y también, lo que no es nada menospreciable, el desplazamiento y la exclusión de los grupos sociales y de las gentes vinculadas a dichos procesos.

Fücks se desentiende de la relación entre capitalismo y degradación ambiental debido a que no se plantea la necesidad de superar tal sistema para avanzar hacia la sostenibilidad ecológica. Si, como Magdoff y Foster indican, consideramos que “capitalismo sin-crecimiento” es un oxímoron, lo que Fücks plantea, al parecer, es un crecimiento propiamente capitalista pero apoyado en fuentes de energía no-fósiles. De tal modo, ignora el hecho de que las características inherentes al sistema capitalista son causales de la catástrofe ecológica. Por tanto, el planteamiento de Fücks no se enfrenta a la raíz del problema. El argumento de Fücks podría equipararse a un capitalismo que en lugar de crecer con una central de carbón, lo hace con un aerogenerador sin trastocar un ápice el sistema de producción expansionista y acumulador –también posible, si se propone, mediante energías renovables. Es inútil impulsar tales estrategias para hacer frente al desastre ecológico sin enfrentarse al problema del capitalismo. La revolución industrial verde de Fücks no es otra cosa que el catalizador de una nueva onda larga de crecimiento que no se desmarca claramente de la lógica expansiva y destructora del capitalismo y que no asegura garantizar las condiciones materiales de subsistencia del conjunto de la ciudadanía.

2. El conflicto de intereses, en el centro de cualquier tentativa para el cambio social

La historia de las sociedades no es una historia ajena al conflicto de intereses entre los diferentes grupos sociales o clases sociales que conviven y se interrelacionan en ellas. El devenir de las sociedades está sujeto al hecho de cómo se van concretando las tensiones entre partes con desiguales intereses y poderes políticos y económicos. Por tanto, es un error inconcebible olvidar que tales tensiones existen y que sobre ellas se institucionalizan las formas de vida social. Weber ya lo indicó en su momento: los individuos no actuamos como átomos aislados, sino que lo hacemos teniendo en cuenta la acción de los demás. Y las acciones sociales pueden adoptar varias expresiones como el conflicto, la competición o el poder. Por ejemplo, existe conflicto cuando hay intereses opuestos; competición, cuando se persigue un mismo bien o servicio que tiene la calidad de ser escaso; o existe poder como resultado de una situación desigual con respecto al control sobre un determinado bien o sobre su disponibilidad. De este modo, estos elementos tienen también influencia en una supuesta transición ecológica. Pero el discurso de Fücks descuida este hecho fundamental.

Hay evidencias de que muchos de los obstáculos para hacer posible esta transición son de índole humana y, de hecho, resultado de la acción de las clases dominantes o hegemónicas, que verían mermados sus intereses económicos y su estatus, con la complicidad de los gobernantes. Pongamos dos ejemplos que ilustran bien esta idea. La presión ejercida por las 10 principales eléctricas europeas y la patronal europea –lo que Javier García Breva, de la Fundación Renovables, llama el “Tea Party eléctrico” (3)– ha tenido un efecto importante en la concreción de los objetivos energéticos europeos para el 2030. La Comisión Europea ha acabado sucumbiendo y proponiendo unos objetivos mucho más laxos que los propuestos inicialmente por la comisión de Medio Ambiente del Parlamento Europeo. Mientras que la Eurocámara planteó objetivos obligatorios para los estados miembros de un 40% de eficiencia energética, un 30% de cuota de renovables y un 40% de reducción de emisiones de CO2, la Comisión propuso eliminar el objetivo de la eficiencia energética, bajar el de renovables al 27% y mantener el de reducción de emisiones en el 20%, sin que éstos sean objetivos estatales, sino objetivos que debe cumplir el conjunto de la UE (4). Un segundo ejemplo lo encontramos en la legislación española en materia energética. El Gobierno de España legisla claramente a favor del oligopolio eléctrico mediante toda una avalancha de normas que van conscientemente encaminadas a mantener los ingresos de los grandes beneficiarios de su tradicional modelo de negocio eléctrico, centralizado y no renovable. De este modo, se mina el desarrollo e implantación definitiva de un modelo energético renovable. Ocurre como es costumbre: quien corta el bacalao no suele estar por la labor. Un planteamiento como el de Fücks, que omite este punto, no puede sino conducirnos a un escepticismo absoluto.

3. El ciudadano como posible sujeto político protagonista de esta transición ecológica

Como ya he mencionado, a menudo, y no sin razón, se argumenta que para la transición a una sociedad más sostenible los cambios tecnológicos son insuficientes. Son necesarios cambios en las formas y métodos de producción, consumo y distribución de bienes y servicios, pero también son importantes los cambios en las prácticas sociales, en las formas de interacción, en las pautas de comportamiento, en los sistemas de valores. Por tanto, parece claro que lo esencial es encontrar fórmulas para incluir al ciudadano en este proceso de cambio. Fórmulas, pues, que fomenten, para decirlo con el politólogo Andrew Dobson, el ejercicio de una ciudadanía ecológica (5). Esto quiere decir una ciudadanía basada en la responsabilidad de las personas con el medioambiente tanto en la esfera doméstica-privada como en la pública. A veces la ciudadanía puede ser una fuerza que se resista al cambio, una fuerza que, por falta de conocimiento o voluntad, no actúe de manera responsable para hacerlo posible. Pero otras veces –y en relación con lo señalado en el punto anterior– encontramos situaciones en las que se restringe la participación de la ciudadanía. Este factor no puede pasarnos por alto. En el contexto español, por ejemplo, observamos que se dificulta que la ciudadanía pueda ser parte activa en la transición energética. El marco legal pone trabas para que experiencias como las cooperativas de ciudadanos para la producción y consumo de energías renovables puedan desarrollarse, a la vez que hace más inviable que el ciudadano pueda ser auto-generador de la energía que consume.

Es preocupante que se plantee, como hace Fücks, una reorganización sostenible de la vida social como un proceso desligado de las estructuras de poder. Resulta preocupante que la gente tenga dificultades para decidir sobre un supuesto futuro modelo energético sostenible y que pueda verse, además, desposeída, en contra de su voluntad, de los medios para alcanzarlo –y todavía más, cuando es sabido que su participación es condición necesaria para frenar el colapso ecológico–. Quizá sea cierto que el mundo será renovable o no será, pero si el ciudadano no es el principal protagonista, temo que aumenten las probabilidades de vivir un panorama tan o más desalentador que el de nuestros días.

Balones fuera y la coletilla Grüne

En estos párrafos se halla resumida mi crítica a los planteamientos de Ralf Fücks. Es sabido que cierto ecologismo apolítico no considera pertinente prestar atención al primer punto, al mismo tiempo que muestra poca preocupación por los otros dos. Dicho ecologismo es sintomático de una cultura intelectual y política posmoderna que infravalora cuestiones como el capitalismo y el poder. La interesante disección que hace Joachim Jachnow de la evolución ideológica de Los Verdes alemanes (6) me hace pensar que la postura de Fücks es habitual –o, por lo menos, no es una postura aislada– en el ambiente Grüne.

Fücks, exmilitante del KBW (antigua organización maoísta de extrema izquierda extinguida a mediados de la década de 1980), parece ser uno más de los que en su momento se apuntó a la apostasía colectiva en favor de una posición “ecolibertaria” que ha acabado dominando en buena medida la posición del partido. Se trata de una visión “realista” que ha interiorizado la idea de que “los demás sistemas son peores que el capitalismo” y que apuesta, por tanto, por una reforma del sistema industrial determinada por el modo económico capitalista. La creciente influencia de este discurso ha ido históricamente en detrimento de la consolidación de visiones ecosocialistas en el seno del partido. Según la radiografía de Jachnow, la historia de Los Verdes es la de una partido que nunca ha abordado realmente la contradicción entre la sostenibilidad ambiental y el expansionismo económico inherente a la acumulación capitalista, y se ha esforzado en predicar el “evangelio de la eficiencia”, el ferviente apoyo a los mecanismos de mercado y a las soluciones tecnológicas, iluminando así el camino hacia un supuesto “capitalismo verde”. Todo ello, sin desarrollar un horizonte claro de emancipación universal.

Con mi crítica he querido arrojar un poco de luz sobre la falta de credibilidad de este tipo de planteamientos por hacer caso omiso del contexto socioeconómico actual. Sólo lidiando seriamente con cuestiones como el “capitalismo” y el “poder”, encontraremos soluciones reales a la problemática ecológica. Pero, además, plantearnos un horizonte energético renovable conlleva inevitablemente preguntarse sobre el papel que puede tener la ciudadanía en todo ello. Poner al ciudadano y a las comunidades en el centro de este proceso es una oportunidad para lograr la transición energética. Hay que aprovechar la coyuntura para potenciar mecanismos que logren hacer posible la participación activa de la gente en proyectos de generación y consumo responsable de energía renovable. Su empoderamiento permitirá no solamente afianzar la transición, sino también dotarla de una dosis democrática trascendental. Supondrá, en suma, garantizar el control social de los procesos que requieren los humanos para garantizar su supervivencia en este planeta.

Notas:

(1) Magdoff, F., & Foster, J. B. (2010). What Every Environmentalist Needs to Know About Capitalism. Monthly Review, 61 (10). Disponible en:http://monthlyreview.org/2010/03/01/what-every-environmentalist-needs-to-know-about-capitalism.

(2) Schumpeter, J. A. (2010). ¿Puede sobrevivir el capitalismo? La destrucción creativa y el futuro de la economía global. Madrid: Capitán Swing Libros.

(3) García Breva, J. (2013). El Tea Party eléctrico. Energías Renovables. Disponible en: http://www.energias-renovables.com/articulo/el-tea-party-electrico-20131022.

(4) García Breva, J. (2014). Una proposición indecente. Energías Renovables. Disponible en: http://www.energias-renovables.com/articulo/una-proposicion-indecente-20140211.

(5) Dobson, A. (2003). Citizenship and the Environment. Oxford: Oxford University Press.

(6) Jachnow, J. (2013). ¿Qué ha sido de los verdes alemanes?. New Left Review (en Español), 81. pp. 99-123.


Sebastià Riutort, sociólogo, es investigador en la Universidad de Barcelona y activista social en los campos del ecologismo y del cooperativismo.


dimarts, 19 d’agost de 2014

El expolio de la arena

Article publicat al diari La Vanguardia
Magazine | 08/08/2014 - 12:40h | Última actualización: 14/08/2014 - 12:47h
CRISTINA SÁEZ
El expolio de la arena
En estas fechas, muchos deben de estar en la playa. Es el destino turístico por excelencia, elegido por una de cada tres personas para su asueto estival. Si usted, lector, es una de ellas, ¡aproveche! Porque, desgraciadamente, dentro de poco puede que no quede ni una sola playa en todo el planeta. "Ah, ¡el cambio climático!", tal vez esté pensando. En parte tiene razón, pero el motivo principal de la desaparición de este bello ecosistema natural no será ese, sino que se acabará la arena.
"Vamos a la playa, ponemos la toalla, tomamos el sol, tal vez hacemos un castillo de arena con nuestros hijos. Y nos vamos tan contentos, sin plantearnos nada. Pero, el 75% de las playas del planeta está desapareciendo. En el 2100, de seguir así, no quedará ni una sola. Hay mafias que matan por conseguir arena, hay contrabando. Y si la voracidad de ciertos países continúa, acabaremos viendo a indonesios, indios o malasios defendiendo a tiros sus costas a no tardar”. Quien así habla es Denis Delestrac, un realizador de documentales francés que investigó a fondo durante tres años qué estaba ocurriendo con este recurso natural.
En el 2013 estrenó un documental sobre el tema, 'Sand Wars' (Sand-wars.com), guerras de arena, en el que denuncia la sobreexplotación de esta materia y las gravísimas consecuencias que acarrea para el planeta. Su filme ha sido premiado en numerosos festivales e incluso ha propiciado que las Naciones Unidas (ONU), en el marco de su programa de medio ambiente (UNEP), hayan publicado un informe, basado en su investigación, titulado 'Arena, más escasa de lo que pensamos', en el que alerta sobre la situación, que califica de "emergencia".
Una de cada cuatro playas del planeta ya muestra los efectos de la extracción masiva de arena. Paradójicamente, el impacto global de este fenómeno pasa inadvertido para la mayoría de las oenegés, gobiernos, científicos y medios de comunicación. La extracción de arena, en muchos sitios, ha resultado en la destrucción de playas y ecosistemas enteros, y ha tenido gran impacto en el turismo de esas zonas y el medio de vida de muchos pescadores.
La nueva fiebre del oro
Vamos a la playa y se suele dar por sentado que la arena va a estar ahí, se ven grandes extensiones doradas, parece un recurso inacabable, infinito. Pero tiene los días contados porque se ha colado en todos los rincones de nuestra vida.
Se estima que cada año, el tráfico mundial de este material es de cerca de 18.000 millones de toneladas, según un informe de la International Union of Geological Sciences. Esta cantidad es seis veces superior al consumo de petróleo, de unos 3.400 millones de toneladas.
"Al ser un material a priori tan abundante, se ha utilizado tradicionalmente en muchos procesos industriales. Se usa para hacer desde pasta de dientes, pintura y productos de limpieza del hogar hasta alimentos deshidratados, vidrio... Y por las capacidades semiconductoras del silicio, el elemento principal de la arena, también se emplea para fabricar chips, ordenadores, móviles", explica Joan Poch, profesor de Geología de la Universitat Autònoma de ­Barcelona.
Aunque los sectores que más cantidad devoran son la construcción y el turismo. El primero lo hace de forma muy voraz: el 80% de las autopistas, puentes, edificios y otras obras públicas están hechas con ingentes cantidades de arena. Esto se debe a que desde hace medio siglo se usa el hormigón armado como material de construcción, sumamente eficiente y de bajo coste. "Construcciones como parkings subterráneos o bloques de muchas plantas o rascacielos sólo son posibles gracias a este material", indica Albert Cuchí, arquitecto y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya.
El hormigón se elabora con agua, cemento y gravas y arena, que en España procede de canteras en montañas (también alteran el entorno), porque la ley de Costas prohíbe que se obtenga del litoral. Pero en otros países se extrae del fondo marino y de las playas. El problema es que las cantidades que se necesitan para edificar o hacer puentes o carreteras son astronómicas. "Si cogiésemos un edificio recién construido, lo arrancásemos con los cimientos y lo pesáramos, tendríamos más de dos toneladas de material por metro cuadrado. Y más de la mitad sería arena y gravas", señala Cuchí.
Singapur es uno de los países que más arena consumen del planeta –quizás el que más–. Es una de las naciones más ricas pese a su reducido tamaño. "Para mantener su estatus de 'hub' financiero internacional desde los años 60 ha aumentado un 20% su superficie. ¿Cómo? Echando tierra al mar. Y para ello ha importado arena de Indonesia, Vietnam, Malasia", denuncia Megan MacInnes, responsable de campaña de la oenegé británica Global Witness.
Primero, explica, usaron legalmente la arena importada de sus vecinos, hasta que estos se percataron de que sus costas estaban devastadas y prohibieron la exportación. Singapur empezó a ir más lejos a comprarla. Y también, entonces, comenzó el tráfico ilegal.
"Hay ladrones que van por la noche a playas paradisiacas de Malasia o Indonesia y se llevan toneladas de arena de la costa en pequeñas barcas. Luego van al puerto de Singapur, donde la venden, sin que la policía los intercepte", asegura el realizador Denis Delestrac. O hay barcos que anclan en la costa y dragan grandes cantidades de arena a la superficie, lo que tiene igualmente consecuencias devastadoras al acabar con el ecosistema del fondo del mar, afectar a la pesca tradicional y poner en jaque la subsistencia de muchas familias.
Indonesia es seguramente el país que más ha sufrido la avaricia singapurense. Las autoridades locales afirman que han desaparecido ya 24 pequeñas islas de su litoral, y Greenpeace Indonesia alerta de que muchas más de las 83 islas que conforman la costa norte del país podrían ser engullidas por el mar en la próxima década debido al robo de arena.
"El daño que se está produciendo en la costa es irreparable. Y resulta irónico, porque Singapur tiene un marco legal muy avanzado para la protección del medio ambiente, pero claro, dentro de sus fronteras. Lo que les ocurre a otros países no parece importarle demasiado", acusa Megan MacInnes.
Que islas enteras desaparezcan dragadas resulta catastrófico para la seguridad de Indonesia, porque las pequeñas actúan de escudos de las más grandes y habitadas ante tormentas y tsunamis. "En algunas comunidades del océano Índico los efectos del terremoto y posterior tsunami en el 2004 fueron peores por la extracción de arena", señala Claire Le Guern, directora de Santa Aguila Foundation-Coastal Care, una entidad norteamericana que lleva 10 años alertando sobre los peligros de la extracción de arena.
Dubái, en los Emiratos Árabes, es otro voraz consumidor de arena. El minúsculo país vive un boom por construir rascacielos. Cuenta con cerca de 200, entre ellos el Torre Jalifa, el más alto del mundo. Y hay previstos casi medio millar más que, de llegarse a edificar, la convertirán en la ciudad del mundo con más construcciones de este tipo. Y para ello, claro, se necesita más y más arena.
El país desarrolló además dos proyectos –tildados de estrambóticos por algunos– de islas artificiales. Uno, The World, un archipiélago de 300 islas que forman un mapa del mundo, se ha abandonado. Y otro es The Palm Jumeira, una isla artificial con forma de palmera.
¿Imagina los millones de toneladas de arena que se necesitaron para crear esas islas? Cerca está el desierto, pero no se puede usar su arena. "l grano de la del desierto está muy erosionado por la acción del viento y es muy redondo y pulido, no se une a otro. En cambio, el de playa es más rugoso, desi­gual y funciona muy bien para construir", explica Joan Poch.
La mafia de la arena. India es uno de los principales suministradores de arena de Dubái. En el país del sur de Asia, la mafia de la arena es la organización más poderosa; empresas de construcción y material, así como policías y políticos corruptos están detrás del robo de playas enteras, afirma Delestrac. “Hay crimen organizado, con conexiones con las más altas esferas políticas; un sistema bien organizado que va desde la extracción hasta la venta y la construcción. Y las personas que se ven obligadas a excavar la arena son muy pobres, una especie de esclavos, a quienes amenazan con matar a sus familias si no lo hacen”, cuenta.
También en Africa Coastal Care tiene noticia de organizaciones criminales que matan y extorsionan para hacerse con este recurso. De hecho, la oenegé ha documentado la devastación de las playas marroquíes del norte. “Antes estas playas eran muy largas, podías casi recorrer toda la costa por ellas. Y eran bellísimas, con enormes dunas. Constituían uno de los principales atractivos turísticos del país. Y vimos con nuestros propios ojos cómo se las llevaban día y noche. Hombres, incluso niños, cogían la arena con palas, la cargaban en burros para meterla en camiones. Ahora esa zona es paisaje lunar. Da muchísima pena”, cuenta Le Guern.
Marruecos tiene como 'despensa' el Sáhara. El país exporta cada año unas 50.000 toneladas de arena procedente de territorios ocupados, por lo que la ONU ha dictado que el comercio de este recurso es ilegal, aunque continúa, denuncia la oenegé Western Sahara Resource Watch. Y afirma que entre los principales compradores está España, que desde hace 30 años importa arena del desierto para rellenar playas canarias.
¡Vamos a la playa! Además de la construcción, el otro agujero negro de la arena es el turismo. Es una industria muy potente de la que muchos países dependen económicamente por la actividad que genera, desde alojamiento hasta restauración y ocio. De ahí que todos quieran ofrecer playas anchas y bonitas, aunque eso implique prácticas como robar arena de los vecinos.
En Cancún, en el 2009, se registró el caso de un hotel que había vaciado una playa de otra zona turística para rellenar su propia playa. Y no hace falta ir tan lejos: en Cádiz, el año pasado, Ecologistas en Acción denunció el 'robo' de arena de la playa de Valdevaqueros que fue vendida a Gibraltar, que la usó para crear playas artificiales.
En España y otros países es muy habitual extraer arena del fondo del mar, de la costa, para rellenar las playas. Poco antes de comenzar la temporada de baño, es frecuente ver enormes barcos anclados frente a la costa dragando arena para luego verterla en la zona en que pondremos la toalla meses después. “Ya apenas quedan playas naturales en el mundo. Casi todas son artificiales, porque si no las rellenásemos cada cierto tiempo, desaparecerían”, explica Jorge Guillén, geólogo marino del Instituto de Ciencias del Mar-CSIC (ICM-CSIC).
La extracción de arena del fondo marino no es inocua. Muchos microorganismos y pequeños animales y algas viven en esa arena y constituyen la base de la cadena alimenticia marina. Si ellos desaparecen, peces mayores no tienen con qué alimentarse. Y así hasta llegar a nosotros, los humanos. Además, rellenar las playas es un parche temporal, porque esa arena se vuelve a perder. ¿Y eso por qué?
Las playas son ecosistemas muy dinámicos que cambian con cada estación. En invierno apenas se ve arena, y en verano, en cambio, aparecen grandes franjas doradas. Esos cambios en el aspecto de la playa no implican modificaciones de volumen, sino de distribución de la arena. Es un proceso que de manera natural funciona a la perfección, en el que no se pierde ni se gana un solo grano. En geología, a este equilibrio se le llama balance sedimentario.
Los problemas empiezan cuando ese balance es negativo. “La pérdida de arena de las playas tiene que ver con la intervención del ser humano”, señala Joan Poch. La mayoría de los granos de arena de la playa procede de la erosión de las montañas y tarda decenas de miles de años en llegar a la costa. Son transportados por el viento y, sobre todo, por los ríos. No obstante, la mayoría de los ríos están ahora regulados mediante presas, que detienen el agua y asimismo el aporte de sedimentos al mar.
“En España, se calcula que, antes de construir las presas, el río Ebro, por ejemplo, aportaba unos 20 millones de toneladas de sedimentos al mar. Ahora puede que lleguen apenas unas 150.000 toneladas”, señala Jorge Guillén. Esto, sumado a la edificación en primera línea de mar, sin respetar la forma de la playa y sus dunas; a la construcción de puertos por toda la costa, que desvían las corrientes submarinas que antes distribuían la arena, y al avance del nivel del mar por el cambio climático, “hace que la gravedad de la situación vaya en aumento; las playas ejercen de amortiguadores entre el océano y la tierra. Sin esa protección y con el aumento del nivel del mar, las olas están invadiendo la tierra, salinizando la capa freática y contaminando el agua que bebemos y que usamos para la agricultura. Es un auténtico desastre”, alerta Claire Le Guern.
Vidrio Reciclado. Pero ¿qué se puede hacer para evitarlo? Porque el problema, coinciden en señalar todos los expertos, irá al alza. La arena es un recurso natural finito, la demanda seguirá aumentando, continuarán las mafias, el contrabando y los desastres naturales. “Una solución puede ser reciclar lo que ya tenemos. Dedicar más recursos y energías, e inversiones tecnológicas a investigar las posibilidades del reciclaje”, señala la directiva de la organización Coastal Care.
En este sentido, en Florida, en Estados Unidos, están regenerando las playas con vidrio reciclado. En esa zona del país, la costa es clave para la economía, puesto que es el principal reclamo turístico: aguas prístinas, buen clima, arena fina. No obstante, como en tantos otros lugares, aquí también han construido en primera línea de mar, las playas se han erosionado, y llevan décadas teniendo que rellenarlas. Y hace un tiempo se quedaron sin arena.
Entonces se les ocurrió una solución ingeniosa. Al parecer, una tercera parte del vidrio es imposible de recuperar, y en Florida han cogido esa parte, la han machado hasta pulverizarla y la han puesto de nuevo en las playas. “Se comporta exactamente igual que la arena. No hay turistas por ahí con los pies cortados”, bromea Le Guern. Debe de ser muy similar porque incluso las tortugas han regresado a esas playas a poner sus huevos.
Donde más tienen que cambiar las cosas es en la construcción. Para Sonia Hernández -Montaño, arquitecta experta en bioconstrucción y fundadora del estudio Arquitectura Sana, “podemos optar por una solución parche y seguir construyendo con hormigón armado, aunque buscando alternativas para no tener que seguir reventando montañas o vaciando playas”. En España, cuenta esta arquitecta, se ha llevado a cabo algún experimento con autopistas, en las que se han usado escorias de la industria metalúrgica que no se podían reciclar.
En Sant Cugat, cerca de Barcelona, la planta de Unión Transmóvil, dedicada al reciclaje de residuos de la construcción, recoge los escombros de obras de reforma y de derribos, los somete a un proceso de limpieza y así consigue recuperar material apto para volver a ­construir.
Ya se emplea en carreteras, drenajes, canalizaciones. “Los vertederos son el negocio tradicional, adonde van a parar todos los residuos de la construcción, pero eso contamina, crea canteras y desaprovecha recursos. Hay muchos residuos susceptibles de convertirse en productos para abastecer el mercado. ¿Por qué usar solamente materiales nuevos?”, se pregunta Roger Domènech, gerente de la citada planta.
Otra opción es introducir más materiales naturales, como la madera laminada, usada en Austria y Alemania, aunque tiene un límite constructivo: no se pueden superar las cuatro o cinco plantas.
Para el arquitecto y profesor Albert Cuchí, “la construcción del futuro tendrá que orientarse más a la rehabilitación y no tanto a la nueva construcción. También tenemos que repensar el modelo de ciudad, sólo así podremos utilizar otros sistemas de construcción. ¿Hace falta que más de la mitad de la población mundial viva en la costa?”.
Igualmente, habrá que reflexionar sobre el modelo de arquitectura. Ahora está globalizada, se construye igual en Dubái que en Finlandia, dice Hernández-Montaño, “los arquitectos deberíamos tratar de repensar cuál es la arquitectura tradicional de cada lugar y usar los materiales de la zona. No tiene sentido hacer los mismos edificios en todas partes, cuando el clima es distinto”.

Como civilización no podemos detener el mundo que tenemos en marcha, pero tampoco podemos seguir haciendo las cosas igual que hace 50 años, porque la situación en el planeta ha cambiado. La población ha aumentado, los recursos naturales menguan y el cambio climático avanza. “Tenemos que hallar nuevas maneras sostenibles de adaptarnos a las nuevas situaciones. Necesitamos invertir en nuevo pensamiento. De otra forma, ¿qué Tierra vamos a dejar a los que vienen detrás?”, se pregunta Claire Le Guern, de Coastal Care.