dimecres, 30 de setembre de 2015

La prioridad silenciada

Article publicat a  El País

La devastación medioambiental ha devenido en crisis existencial para la especie humana en su totalidad. Ya no estamos a tiempo de cambios gradualistas. Es preciso un cambio radical

Con incomparable diferencia, la más temible consecuencia del atronador griterío circundante es la ocultación de lo que a la sociedad debería ocuparle de veras. Tanto le aturde la algarabía, y hasta tal punto le deslumbran los focos del circo insomne, que no solo no acierta a distinguir las escasas voces significativas de los incontables ecos y falacias, sino que ni siquiera sospecha que son aquellas las que tendrían que acuciar su atención y sus actos. Engullidos por el torbellino de una disputa por la soberanía que la denostada aunque indispensable política debiera armonizar, los bandos en conflicto han antepuesto el maniqueísmo a la ponderación; el maximalismo simplista a la radicalidad de la moderación —siempre atenta a la prudencia y los matices—; la irresponsable demagogia mesiánica y populista a la responsable aunque comedida antiépica de una democracia adulta, basada en la conciencia de la ambigüedad e imperfección humanas y, por ende, en el diálogo pluralista, el valor de la ironía y la lucidez la razón.
Embriagada por este y otros espectáculos, sin embargo, la sociedad da la espalda a la peor amenaza que la Humanidad ha enfrentado: un desastre medioambiental planetario que inició la industrialización, hace dos siglos, y cuyos admonitorios efectos llevan décadas atronando. El diagnóstico de la comunidad científica al respecto es prácticamente unánime, aunque el pronóstico incluya dos posturas al menos: la de quienes, como Stephen Emmot (Diez mil millones, Anagrama), claman que el apocalipsis ecológico resulta imparable, dado que ya se habría rebasado el punto de no retorno; y la de los expertos (Tim Flannery, Aquí en la Tierra, Taurus) o investigadores (Naomi Klein, Esto lo cambia todo, Paidós) que, conscientes de la extrema gravedad del trance, sostienen que ese inminente rubicón no se ha alcanzado aún, y que durante unos pocos años —hasta 2020, si antes se adoptan medidas drásticas— seguirá abierta una menguante rendija de oportunidad y esperanza.
Las alarmas se han disparado, y cuesta contarlas. Desde que la industrialización comenzó, un aumento de 0.8ºC de la temperatura media global ha provocado múltiples desastres, que se agravarán a medida que el calentamiento frise los 2ºC; y, sobre todo, cuando rebase ese umbral en pos de los 4ºC, incremento “incompatible con cualquier posible caracterización razonable de lo que actualmente entendemos por una comunidad mundial organizada, equitativa y civilizada”, en palabras del reputado ecólogo Kevin Anderson.
Aunque tales calamidades llevan décadas gestándose, de modo relativamente inadvertible y gradual, los científicos temen que alteraciones cualitativas apenas predecibles precipiten súbitas y devastadoras catástrofes. Un derretimiento sin precedentes amenaza el Círculo Polar Ártico y la Antártida Occidental. Están elevándose y acidificándose los oceános, envenenenados por la polución química y los detritus plásticos. Antes de 2100 se extinguirá la mitad de todas las especies terrestres, aéreas y marinas, si prosigue la destrucción de la biosfera. Los bosques de la Amazonía y de otras regiones tropicales y subtropicales agonizan a años vista. Las olas de calor extremo, la contaminación omnipresente y la reducción de las reservas de comida y agua, entre otras plagas promovidas por el desaforado industrialismo y la antiética del capitalismo global, están ocasionando un irreparable deterioro de los ecosistemas y la biodiversidad que, además de desencadenar sequías, hambrunas y migraciones masivas, fomentará guerras, represiones y tiranías.
La amenaza no acaba aquí. A día de hoy, las emisiones están creciendo a tal ritmo que incluso el objetivo de los 2ºC se revela inasequible. Si el delirio continúa y no se adoptan medidas universales y taxativas, los ominosos 4ºC serán alcanzados y hasta sobrepasados —la Agencia Internacional de la Energía augura 6ºC—, y entonces la Humanidad habrá perdido el margen de control de que dispone aún. La devastación medioambiental ha devenido en crisis existencial para la especie humana en su totalidad, un jaque inminente que revela la esencial contradicción entre la preservación de la biosfera y una civilización extractivista, basada en la explotación de las personas y el expolio de la naturaleza. En este trance crítico, cualquier opción gradualista resulta inviable —incluida la superstición del crecimiento sostenible—, y urgente una trascendente mutación, individual y colectiva a la vez. No queda tiempo para especular: estamos en la Década Cero de una emergencia planetaria que, paradójicamente, podría y debería espolear una movilización multitudinaria e internacional. La supervivencia de la biosfera y de los seres humanos, íntimamente dependientes, se abrazan hoy en la misma causa.
 Albert Chillón es profesor de la UAB y escritor.

diumenge, 27 de setembre de 2015

Problemas perversos y soluciones perversas: el caso del suministro mundial de alimentos

Article de Ugo Bardi publicat al bloc Resource Crisis abans anomenada Cassandra Legacy
Traducció N.C.

Ugo Bardi, publicado originalmente por  Resource Crisis | 15 de julio 2015



Foto: hombres parados en la cola fuera de un comedor de beneficencia durante la depresión que  Al Capone  abrió en Chicago  (1933). Agencia de Información de EE.UU. via Wikimedia Commons.



He vuelto  de dos días de inmersión total en una conferencia sobre un tema  bastante nuevo para mí: el suministro mundial de alimentos. Todavía estoy aturdido por el impacto. Siempre que uno va a profundizar en algo, ve   cómo las cosas son  inmensamente más complejas en comparación con la pálida sombra del mundo que se percibe en la pantalla brillante del televisor. Todo es complejo, y todo  lo complejo se vuelve  perverso una vez que se empieza a ver como un problema. Y problemas perversos suelen generar soluciones perversas. 

¿Puede usted  pensar en algo peor que en un problema perverso? Sí, es perfectamente posible:  una solución perversa, es decir, una solución que no sólo no hace nada para resolver el problema  sino que  en realidad lo empeora. Desafortunadamente, si usted trabaja en la dinámica de sistemas, pronto aprenderá que la mayoría de los sistemas complejos no sólo son perversos  sino que  sufren de soluciones perversas (véase, p.e.aquí ).
Dicho esto, vayamos  a uno de los problemas más perversos que se me ocurren: el del suministro mundial de alimentos. Aquí voy a tratar de informar de algo de lo que aprendí en la reciente conferencia sobre este tema, celebrada conjuntamente por la FAO y la sección  italiana de la Sociedad de Dinámica de Sistemas.  Dos días de debates celebrados en Roma durante una monstruosa ola de calor  que puso bajo fuerte  presión el sistema de aire acondicionado de la sala de conferencias que nos  hizo caminar desde allí a un hotel ,  una tarea comparable a la de caminar en un planeta extraño que nos llevaron al  claro convencimiento  de que era necesario un traje espacial  refrigerado. Pero valió la pena estar allí.
En primer lugar ¿deberíamos decir que la oferta mundial de alimentos es un "problema"? Sí,  si uno observa que aproximadamente la mitad de la población humana mundial está desnutrida,  por no hablar de la que  realmente está  hambrienta. Y  de la otra mitad, una  gran proporción  no se alimenta bien  ya que  la obesidad y la diabetes tipo II son enfermedades rampantes. En la conferencia nos contaron que si la tendencia continúa, la mitad de la población mundial va a sufrir de diabetes.

Así que  si tenemos un problema, ¿es realmente "perverso"? Sí, lo es, en el sentido de que la búsqueda de una buena solución es extremadamente difícil y los resultados son a menudo  contrarios a los que se pretendían llegar  al principio. El suministro de alimentos es un sistema diabólicamente complejo e implica una serie de subsistemas cruzados que interactúan entre sí. La producción de alimentos es una cosa, pero el suministro de alimentos es una historia completamente diferente, que implica el transporte, la distribución, el almacenamiento, la refrigeración, los factores financieros, los factores culturales y se ve afectado  por el cambio climático, la conservación del suelo, la población, los factores culturales ...... y más, incluyendo el hecho de que la gente no sólo come "calorías", sino que necesita  comer alimentos; esto es,   una mezcla equilibrada de nutrientes. En un sistema de este tipo, todo lo que se  toca reverbera en todo lo demás. Es un caso clásico del concepto conocido en biología como "no se puede hacer sólo una cosa."

Una vez que tengamos una visión vaga de la complejidad del sistema de suministro de alimentos - como la que uno puede tener tras dos días de inmersión total en una conferencia - entonces podremos   también entender  qué  pobres y falsos son a menudo los esfuerzos para "resolver el problema". El error básico que casi todo el mundo  hace (y no sólo en el caso del sistema de suministro de alimentos) es tratar de linealizar el sistema.

Linealizar  un sistema complejo significa que uno  actúa en un solo elemento del mismo  con la esperanza de que todo lo demás no va a cambiar como consecuencia ello. Es el enfoque "mira, es sencillo",  favorecido por los políticos (*). Dice así: "Mira, es muy sencillo: sólo tenemos que hacer esto y el problema se resolverá". Lo que  se quiere decir con "esto" varía con la situación; en el sistema alimentario, a menudo implica algún truco tecnológico para elevar los rendimientos agrícolas. En algunos sectores esto lleva a la exclamación  "vayamos a por los  OMG!" (Organismos genéticamente modificados).

Desafortunadamente, aun suponiendo que los rendimientos agrícolas se puedan aumentar en términos de calorías producidas utilizando los OGM (posible, pero sólo en los sistemas agrícolas industrializados), el resultado es una cascada de efectos que repercuten en toda la cadena,  normalmente transformando un sistema resiliente de producción rural en un sistema frágil, parcialmente  industrializado, de producción - por no decir nada sobre el hecho de que estas tecnologías a menudo empeoran la calidad nutricional de los alimentos- y, en el supuesto de que sea  posible aumentar los rendimientos, ¿cómo encontrar los recursos financieros para construir la infraestructura necesaria para gestionar el aumento del rendimiento agrícola? Se necesitan camiones, refrigeradores, instalaciones de almacenamiento y mucho más. Incluso si uno  puede conseguir modernizarlo  todo,  a menudo  el resultado es simplemente  hacer el sistema más vulnerable a los choques externos, tales como aumentos del  coste de los insumos como combustibles y fertilizantes.

Hay otros ejemplos notorios de lo profundamente deficiente  que  es la estrategia del "'mira, es sencillo". Una de ellas es la idea de que podemos resolver el problema mediante la eliminación de los residuos alimentarios. Muy bien, pero ¿cómo se puede hacer eso exactamente y cual sería su coste? (**) ¿Y quién pagaría por la modernización necesaria de toda la infraestructura de distribución? Otro enfoque "mira, es sencillo" es 'si todos fuésemos  vegetarianos, habría un montón de comida para todo el mundo'. En parte, es cierto, pero tampoco es tan simple. Una vez más, hay la cuestión de la distribución y el transporte y  además, el hecho de que los ricos occidentales  compren "alimentos verdes" en sus supermercados tiene poco impacto en la situación de los pobres del resto del mundo.  Añadir que  algunos tipos de alimentos "verdes" son voluminosos y por lo tanto difíciles de transportar; También se estropean con facilidad, por lo que necesitan refrigeración, y así sucesivamente. Algo similar ocurre con  la estrategia "vayamos a por lo local." ¿Cómo lidiar con las fluctuaciones inevitables de la producción local? Hace ya mucho tiempo, estas fluctuaciones fueron la causa de las hambrunas periódicas que se aceptaban  como un hecho de la vida. Volver a aquella situación  no es precisamente una manera de "resolver el problema del  suministro de alimentos."

Una manera diferente de abordar el problema se centra en la reducción de la población humana. Pero, también en este caso a menudo cometemos el error "mira, es sencillo". ¿Qué sabemos exactamente de los mecanismos que generan  sobrepoblación y cómo intervenimos en  ellos? A veces, los defensores  de este enfoque parece que  piensen  que todo lo que tenemos que hacer es dejar caer condones sobre  los países pobres (al menos es mejor que dejar caer bombas sobre ellos). Pero supongamos que se  puede reducir la población de manera no traumática, esto es,  que se interviene en un sistema en el que "población" significa  una mezcla compleja de diferentes nichos sociales y económicos: población  urbana, periurbana, y  rural; una reducción de la población puede significar un desplazamiento de personas de un sector a otro, puede implicar la pérdida de capacidades productivas en las zonas rurales, o, por el contrario, la reducción de las capacidades de financiación de la producción si se redujera  la población de las zonas urbanas. Una vez más, la reducción de la población, por sí sola, es un enfoque lineal que no funcionaría  tal como  que se supone que  lo haría en el caso de que  se pudiera implementar.

Al enfrentarnos  a la complejidad del sistema, al escuchar  a los expertos debatiendo,  uno tiene la sensación escalofriante de que realmente es un sistema demasiado difícil para que los seres humanos lo podamos abarcar. Uno tendría que ser al mismo tiempo un experto en  agricultura, en logística, en nutrición, en  finanzas, en  dinámica de la población y mucho más. Una cosa que noté, como modesto experto en combustibles fósiles y energía, es que los expertos en alimentación normalmente no se dan cuenta de que la disponibilidad de combustibles fósiles  necesariamente tenderá a disminuir en un futuro próximo. Eso tendrá enormes efectos sobre la agricultura: pensar en los fertilizantes, la mecanización, el transporte, refrigeración, y mucho más. Pero no vi  que estos efectos  se tuvieran en cuenta en la mayoría de los modelos presentados. Varios investigadores mostraron diagramas extrapolando  las tendencias actuales en el futuro como si la producción de petróleo fuera  a seguir aumentando durante el resto del siglo y más.

Lo mismo ocurrió con el cambio climático: no vi en la conferencia que se hablase mucho de los efectos extremos que el  cambio climático acelerado podría tener sobre la agricultura. Es comprensible: tenemos buenos modelos que nos  dicen  cuanto van a subir las temperaturas  y cómo esto  va a afectar a algunos de los subsistemas del planeta (por ejemplo, el nivel del mar), pero no hay modelos que nos predigan  cómo el sistema agrícola va a reaccionar a los cambios de los patrones climáticos, diferentes temperaturas, sequías o inundaciones. Basta pensar en lo mucho que los rendimientos agrícolas están vinculados al patrón anual  del Monzón  en la India y únicamente podemos  temblar ante la idea de lo que podría ocurrir si el cambio climático les afectara.

Por lo tanto, la impresión que recibí de la conferencia es que nadie está realmente captando la complejidad del problema; ni a nivel individual de las personas, ni a nivel de las organizaciones. Por ejemplo, nunca escuché un término fundamental utilizado en la dinámica mundial, que es "sobrepasar". Es decir, es cierto que, a groso modo, ahora podemos producir suficiente comida para la población actual, medida  en calorías. Pero ¿por cuánto tiempo vamos a ser capaces de hacerlo? En varios casos, podría  describir los métodos que vi que se proponían  con el símil de tratar de arreglar un reloj mecánico con un martillo, o de dirigir un transatlántico utilizando un palillo por timón.

Pero también hubo  elementos positivos en la conferencia de Roma. Uno es que la FAO, que aunque es una  organización  grande y a veces torpe, entiende que  la dinámica del sistema es una herramienta que podría ayudar mucho  a los responsables políticos para mejorar  la gestión del sistema de suministro de alimentos y , posiblemente,  ayudarles  a ingeniar  mejores  ideas para "resolver el problema de la alimentación". Esto es más difícil de lo que parece: la dinámica de sistemas no es para todo el mundo y enseñar a los burócratas es como enseñar a los perros a resolver ecuaciones: se necesita un montón de trabajo y  no funciona demasiado  bien.  Luego, los profesionales de dinámica de sistemas  a menudo son víctimas del síndrome " diagrama spaghetti ", que consiste en la elaboración de modelos complejos llenos de pequeñas flechas que van de un lugar a otro lugar y después de ver el lío que crearon, asienten  con la cabeza en señal de satisfacción interna. Pero también es cierto que en la conferencia  vi un montón de buena voluntad entre los distintos actores del tema para encontrar un lenguaje común. Esta es una buena cosa, difícil, pero prometedora.

Al final, ¿cuál es la solución al "problema de suministro de alimentos"? Si me preguntasen, yo trataría  de proponer un concepto: "en un sistema complejo donde no hay ni problemas ni soluciones, sólo hay cambio y adaptación.". Como corolario, podría decir que se puede resolver un problema (o intentarlo) pero no se puede resolver un cambio (ni siquiera intentarlo). Sólo  podemos  adaptarnos  a los cambios, es de esperar que de manera no traumática.

Visto desde esta perspectiva ,  la mejor manera de hacer frente a la actual situación de suministro de alimentos es no buscar soluciones imposibles (perversas ) (por ejemplo, OMG) sino aumentar la capacidad de resiliencia del sistema. Esto implica trabajar a nivel local e interactuar con todos los actores que trabajan en el sistema de suministro de alimentos. Este es un enfoque sensato. La FAO ya lo está siguiendo y  puede asegurar un suministro razonable, incluso en presencia de los choques inevitables que van a llegar como resultado de los problemas del cambio climático y del suministro de energía. ¿Puede ayudar  la dinámica de sistemas? probablemente si. Por supuesto que  hay mucho trabajo por hacer, pero la conferencia de Roma fue un buen comienzo.

H / t: Stefano Armenia, Vanessa Armendáriz, Olivio Argenti y todos los organizadores de la conferencia conjunta Sydic / FAO en Roma

Notas.
* Una vez que se aborda el problema de la alimentación, no se puede ignorar la situación del "tercer mundo". Como consecuencia de ello, la conferencia no se refirió  sólo a los países  occidentales sino que  el debate tomó un aspecto más amplio, que también implicó las diferentes formas de ver el mundo. Una discusión particularmente interesante que tuve fue con una investigadora mexicana. Según su opinión, "linealizar" problemas complejos es una característica típica (y bastante malvada) de la manera occidental de pensar. Ella se opuso a  esta visión lineal con el enfoque  "circular" que, según ella, es típico de las culturas mesoamericanas antiguas, como los mayas y otros. Ese enfoque, dijo, podría ayudar mucho al mundo para hacer frente a problemas perversos sin empeorarlos. Solo  informo de esta opinión. Personalmente no tengo conocimientos suficientes para juzgarla. Sin embargo, me parece cierto que hay algo perverso en la forma de pensar  occidental que tiende a moldear todo ya todos a su propia imagen.

** En el sistema alimentario, la idea de que "mira, es sencillo: vamos solo  a deshacernos de los residuos" es exactamente paralelo  al enfoque de "basura cero" para los residuos urbanos e industriales. Tengo un poco de experiencia en este campo y  puedo decir que, con  la forma en que a menudo se propone, la idea "basura cero" simplemente no puede funcionar. Supone  altos costes y  hace que el sistema sea cada vez más frágil y vulnerable a los choques. Eso no quiere decir que los residuos sean  inevitables; De ningún modo. Si no se puede construir un sistema industrial de "cero residuos", no se podrán  construir subsistemas que procesen  y eliminen dichos residuos. Estos subsistemas no  pueden trabajar utilizando la misma lógica que el  sistema industrial estándar. Por contra,  tendrán n que adaptarse  para funcionar con recursos de bajo rendimiento. En la práctica, es el enfoque de "gestión participativa", (véase, por ejemplo, el trabajo del Prof. Gutberlet) que puede hacer con los residuos urbanos, pero  también con los residuos de alimentos. Es otra manera de aumentar la resiliencia del  sistema.

por Ugo Bardi Ugo Bardi  originalmente publicado por  by Resource Crisis  | Jul 15, 2015
 


dimecres, 23 de setembre de 2015

¿Qué modelo no productivista?

Article publicat a  Viento Sur

¿Qué modelo no productivista? Por Michel Husson Esta contribución1 aborda varios puntos unidos por un hilo conductor: en torno a la imprecisa noción de anti-productivismo, hay una misma lógica anticapitalista que debe permitir combinar la cuestión social y la cuestión medioambiental. Hubo un tiempo en que el movimiento obrero era productivista. Por poner sólo un ejemplo, el “contra-plan” del PSU2 de 1964 criticaba al plan gubernamental por programar sólo un crecimiento del 5% anual. Hoy día, muchos sectores de la izquierda reflexionan sobre la posibilidad de un modelo no productivista, a veces denominado ecosocialismo. Esta evolución se explica por diversos factores que aquí sólo vamos a recordar: las crisis petroleras de los años 70, la toma de conciencia del desafío climático, la perspectiva de un estancamiento secular, etc. Y recoge también los elementos de una crítica de la sociedad de consumo, ya presentes en los años 70.

 Capitalismo y socialismo: dos lógicas diferentes

 Puede que no sea inútil recordar brevemente que, en abstracto, hay dos modos de organización económica y social. En lo que se refiere al capitalismo, las cosas están claras: su programa consiste en conseguir el máximo de beneficio permitido por la demanda social efectiva. Esto quiere decir que los capitalistas sólo venden sus mercancías a condición de que tengan un valor de uso, esto es que respondan a una demanda social, aunque evidentemente una demanda efectiva, dotada del correspondiente poder de compra. La “micro-economía” pretende demostrar que el encuentro entre los comportamientos de los “productores” (que maximizan su beneficio) y de los “consumidores” (que maximizan su “utilidad”) conduce a un óptimo, siempre que diversas rigideces no obstaculicen su realización. Este atentado ideológico tiene la función de simetrizar los objetivos y las presiones, pero también la de negar la posibilidad misma de otra organización social, el socialismo, cuyo programa sería en cambio maximizar el bienestar social permitido por los recursos movilizables, conduciendo a resultados completamente diferentes. Estos recursos son el trabajo humano (y los productos de este trabajo humano), pero también la naturaleza. El trabajo y la naturaleza son, en expresión de Marx, el “padre” y la “madre” de toda creación de valores de uso, o dicho de otra manera, de “riqueza material”3 . Esto quiere decir también que la “ecología social” que trata de la condición del trabajador y la ecología a secas intervienen con la misma importancia, en tanto condiciones en la definición del óptimo social, y estas condiciones dan lugar a arbitrajes que son fruto de la deliberación democrática. El capitalismo y el socialismo hacer jugar por tanto un papel diferente a los fines y a los medios. En el capitalismo, las decisiones privadas dominan sobre las elecciones sociales. Y las formas de cálculo económico de estos dos sistemas sociales no tienen el mismo criterio de eficacia. El capitalismo mide la eficacia por el beneficio, mientras que el criterio del socialismo es el bienestar social, ponderado por el respeto da los derechos humanos y las obligaciones ambientales. Hay por tanto dos cálculos económicos posibles y dos criterios de eficacia. Por poner un ejemplo concreto, los medicamentos, el criterio capitalista es maximizar el rendimiento de las inversiones de los grupos farmaceúticos, mientras que el criterio socialista consiste en maximizar el número de pacientes tratados. Se puede comprobar fácilmente que la aplicación de uno u otro de estos criterios no conduce al mismo “efecto útil”4 . Estas consideraciones5 permiten clarificar el debate contemporáneo sobre los nuevos indicadores de riqueza. Demostrar que el PIB no mide el bienestar o la felicidad puede ser útil para la crítica del capitalismo productivista, pero es descubrir la pólvora. El PIB corresponde a la lógica del capitalismo, y es por tanto un instrumento adecuado para su estudio. Rechazarlo es tan absurdo como rechazar la observación de la tasa de beneficio porque se obtiene a costa de los asalariados (¿habría que dejar de hablar también de la dureza del trabajo?). Construir indicadores cualitativos, multidimensionales o sintéticos para medir el bienestar es desde luego necesario, aunque ya disponemos, por ejemplo, del indicador de desarrollo humano del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), o en materia de pobreza, desigualdades, acceso a la salud, etc. ¿Bastaría con cambiar el instrumento de medida para que la máquina funcionase de otra manera? Sugerirlo es dar importancia al bluff de Sarkozy cuando declaró que “no cambiaremos nuestros comportamientos si no cambiamos la medida de nuestros resultados” 6 . Pero lo más grave es que esta reflexión sobre los indicadores lleva a propuestas contraproductivas. Habría que corregir, por ejemplo, el PIB y calcular un PIN (Producto Interior Neto) obtenido descontando la “usura del capital natural”. Esto supone dar un precio a lo que no lo tiene, y conduce a monstruosidades como ese estudio, entre tantos otros, que evaluaba en “970 euros, por hectárea y año, el valor medio a conceder a los ecosistemas forestales metropolitanos” 7 . Pretender corregir de esta manera el PIB, intentando evaluar el equivalente monetario de las actividades no mercantiles o, peor aún, de los recursos naturales y sus “servicios”, es un contrasentido total, puesto que se trata precisamente de distinguir el bienestar (valor de uso) de la producción de mercancías (valor de cambio) 8 .

Las respuestas capitalistas al desafio medioambiental

 Antes de la toma de conciencia del riesgo climático, la economía dominante concebía el proceso de producción como la combinación de dos factores: el capital y el trabajo. Se consideraban estos dos factores como intrínsecamente sustituibles, en el sentido de que se podía reemplazar a uno por otro en función de sus precios relativos. La energía no intervenía directamente en esta representación, o sólo por medio de las inversiones requeridas. Era tanto como olvidar que el crecimiento del PIB mundial ha ido acompañado de un crecimiento igualmente considerable del consumo de energía desde mediados del siglo XIX. El siguiente gráfico muestra cómo el PIB mundial se ha multiplicado por 50 entre 1860 y 2008, y el consumo de energía por 18 en el mismo período. La relación entre estas dos cifras muestra sin embargo que la intensidad energética (el gasto de energía por unidad de PIB) ha disminuido de forma constante. El desarrollo del capitalismo se ha basado por tanto en la disponibilidad de fuentes de energía poco costosas, aunque se ha esforzado también en hacer bajar el coste y en reducir el uso.



El aumento del precio del petróleo y la necesidad de tener en cuenta la cuestión medioambiental llevaron a la economía dominante (denominada neoclásica) a completar estos esquemas teóricos introduciendo un tercer factor de producción –la energía– junto al capital y el trabajo. Pero ha conservado en lo fundamental la misma hipótesis de “sustituibilidad” entre estos tres factores. Esto lleva a postular que basta con aumentar el precio de la energía para reducir su uso, al igual que bastaría, según los economistas neoliberales, con bajar el coste del trabajo para crear empleos. Por eso, la economía dominante preconiza esencialmente soluciones mercantiles: ecotasa y mercado de derechos de emisión. No obstante, hay que hacer aquí de abogado del diablo y decir que estos mecanismos no deben ser sistemáticamente rechazados. Aumentar el coste de la energía no es irracional: ¡basta con imaginar lo que ocurriría si fuese nulo! Y el alza del precio del petróleo ha incitado a reducir su uso. En cuanto al mercado de derechos de emisión, su principio puede ser descrito como un sustituto de la planificación, en la medida en que tiene que repartir el esfuerzo de reducción de las emisiones de gas de efecto invernadero en función de las propiedades tecnológicas de cada proceso de producción. Pero estos dos enfoques no están a la altura de los retos y chocan con la lógica capitalista. Los derechos de emisión han dado lugar a una especulación financiera que ha hecho bajar el precio del carbono a un nivel que hace ineficaz el mecanismo. En cuanto a los proyectos de ecotasa, chocan con resistencias sociales, porque sus modalidades de puesta en marcha hacen recaer la carga sobre el salario socializado más que sobre el beneficio de las empresas. El único ejemplo de éxito es el tratamiento de los gases CFC (clorofuorocarburos) destructores de la capa de ozono. El protocolo de Montreal de 1987 ha conducido al abandono casi completo de su utilización veinte años más tarde. Es verdad que han sido sustituidos por los gases HCFC (hidroclorofluorocarburos), menos nefastos, pero el balance muestra la eficacia de las normas cuantificadas, o dicho de otra manera el boceto de una planificación.

La amplitud de los desafíos: ¿objetivos fuera de alcance?

En su último informe, el GIEC (Grupo de expertos intergubernamental sobre la evolución del clima) fija el objetivo de un recalentamento que no supere los 2ºC a final de siglo (respecto a los niveles preindustriales), lo que implica que la concentración de gases de efecto invernadero no supere los 450 ppm en equivalente-CO2. Los escenarios para alcanzar este objetivo “son caracterizados por una reducción de las emisiones mundiales de gas de efecto invernadero de 40% a 70% en 2050 con respecto a 2010 y niveles de emisiones próximos a cero en 2100”9 . ¿Cuál es la tasa de crecimiento del PIB mundial compatible con la necesaria baja de emisiones de CO2? Para aclarar esta cuestión, partimos de la definición de la intensidad-CO2 (ICO) que mide la cantidad de CO2 emitida por unidad de PIB mundial. El PIB compatible con un objetivo de emisiones se dedude del objetivo de reducción de las emisiones y de la hipótesis hecha sobre el descenso de la intensidad-CO2 10. Para simplificar (dejando de lado los otros gases de efecto invernadero: metano y protóxido de nitrógeno), el GIEC fija como objetivo mínimo dividir por dos las emisiones de CO2 en el horizonte 2050. Se puede construir una tabla que ofrece el crecimiento del PIB compatible con este objetivo para diferentes hipótesis sobre el ritmo de reducción de la intensidad-CO2 (gráfico 2).

Gráfico 2 Emisiones de CO2 y PIB compatible


El punto A corresponde a la hipótesis de que el ritmo de reducción de la intensidad-CO2 es, de aquí a 2050, el mismo que el observado durante las dos últimas décadas, o sea -1,7% anual. El objetivo de dividir por dos d las emisiones de CO2 implica que el PIB mundial deje de crecer de aquí a 2050. El punto B corresponde a la hipótesis de que el ritmo de reducción de la intensidad-CO2 pasa al 3% anual. En este caso, el crecimiento del PIB mundial compatible es de 1,3% anual, o sea una ralentización muy marcada respecto a las últimas décadas. Este mismo instrumento permite evaluar los resultados del último informe del GIEC, muy poco discutidos desde este ángulo. Lo menos que se puede decir es que son paliativos. El escenario medio propuesto por el GIEC implicaría una ralentización del crecimiento del consumo de sólo un 0,06% anual. Dicho de otra manera, si el crecimiento del consumo de referencia es del 2% anual, será de 1,94% anual con reducción de las emisiones11. Se puede asimilar aquí consumo y PIB y volver a la tabla climática (gráfico 2). Demuestra que el escenario medio del GIEC postula un descenso de la intensidad-CO2 a un ritmo más que el doble respecto al de las dos últimas décadas. Este ejercicio, aunque muy simplificado, permite dejar claras las hipótesis implícitas de los escenarios del GIEC12. Dicho de otra manera, el GIEC postula que en los próximos 40 años, el contenido en CO2 de una unidad de PIB podría ser dividida por más de cuatro. Este resultado sólo podría ser alcanzado por el juego combinado de muchos factores –tecnológicos y sociales– que se pueden clasificar en dos grandes categorías: los que reducen el contenido en energía del PIB, los que privilegian las energías más “limpias”. Es legítimo preguntarse si se puede alcanzar un objetivo tan ambicioso, y esta cuestión nos lleva a discutir sobre las soluciones peligrosas o insuficientes.

Las soluciones a evitar

 En primer lugar está la población. Según la ONU, la población mundial debería pasar de 7,3 mil millones en 2015 a 9,7 mil millones en 205013, o sea un crecimiento anual medio de 0,8%, a descontar por tanto del crecimiento del PIB para obtener el de PIB per capita. Permanecieendo igual todo lo demás, el crecimiento de la población contribuiría al aumento del consumo de energía y por tanto de las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto llevó a una corriente neo-malthusiana a hacer de la población una variable de ajuste. Pero, a menos que caigamos en soluciones bárbaras, hay que actuar sobre los factores sociales que aceleran la transición demográfica haciendo descender la tasa de fecundidad: reducción de las desigualdades, y sobre todo la condición social de las mujeres14 . Esto es en líneas generales lo que modeliza el escenario base de la ONU, que ofrece una progresión de la población mundial de 0,5% en lugar de 0,8% entre 2015 y 2050, es decir, mil millones de seres humanos “menos” en 2050. Otra vía a examinar de manera crítica es el “decrecimiento”. El peligro que presenta esta ideología se encuentra sin duda en un viejo artículo de Serge Latouche15 , donde afirmaba que “mantener o, peor aún, introducir la lógica del crecimiento en el Sur con el pretexto de salir de la miseria creada por este mismo crecimiento, sólo puede occidentalizarlo un poco más”. Y cuando JeanMarie Harribey16 afirmaba el derecho de los pobres “a un tiempo de crecimiento para construir escuelas, hospitales, redes de agua potable y alcanzar una autonomía alimenticia”, Latouche replicaba que “en esta propuesta que parte de un buen sentimiento hay un etnocentrismo vulgar que es precisamente el del desarrollo”. Y llega a preguntarse si las escuelas y los hospitales son “las buenas instituciones para introducir y defender la cultura y la salud”. Ciertamente, como dice el propio Latouche, el decrecimiento es un “slogan” y esta corriente de pensamiento no está unificada. Si se trata de cuestionar la huida hacia delante en el crecimiento y el sobreconsumo, es posible una amplia convergencia. En cambio, hay que rechazar las asimilaciones, o incluso amalgamas, entre crecimiento y búsqueda de un nivel de vida decente, entre análisis económico y “economicismo”, entre desarrollo y etnocentrismo. Lo más importante es que muchos de los defensores del decrecimiento no plantean nunca la cuestión de las estructuras sociales que engendran la carrera al productivismo y, en consecuencia, se expresan en forma de exhortaciones culpabilizadoras. Otros, en cambio, se comprometen en luchas económicas y sociales portadoras de alternativas concretas. Haría falta aquí largos desarrollos sobre una imprescindible teoría de las necesidades, por lo que nos limitaremos a emitir de forma muy resumida dos hipótesis. La primera es que existe una definición universal de las necesidades, que podría calificarse de humanista, que pueden agruparse, como lo hace Ian Gough, en dos grandes categorías: la salud y la autonomía17 . La segunda hipótesis, que puede calificarse de materialista, no hace más que retomar la célebre fórmula de que “la existencia determina la conciencia”. Consiste en hacer la apuesta de que la modificación de las condiciones sociales de existencia pueda transformar las necesidades y los deseos de los individuos. Esta hipótesis se apoya, por ejemplo, en los trabajos de Richard Wilkinson18 , que establecen múltiples correlaciones entre las desigualdades sociales y el nivel de salud (definida en sentido amplio). Su mensaje es muy claro: la igualdad es la condición absoluta del bienestar social y de la verdadera libertad, definida como “el sentimiento de no ser menospreciado ni tratado como inferior”. Y la naturaleza humana no estaría condenada a la codicia, sino que oscilaría entre dos aspiraciones contradictorias –ccoperación y dominación– en una “combinación” específica en cada sociedad. Hay que superar por tanto la crítica subjetivista del hiperconsumo y cierta manera de revertirlo. Como escribe de manera cáustica Richard Smith19 sobre el Worldwatch Institute: “Piensan que es la cultura consumista la que empuja a las empresas a la sobreproducción. Su solución es por tanto transformar la cultura, haciendo que la gente lea sus informes y se reeduquen para que comprendan la locura del consumo y se decidan a renunciar al consumo inútil – sin transformación de la propia economía. Pero no es la cultura la que determina la economía, es ante todo la economía la que determina la cultura”.

Los límites del capitalismo verde 

“Un capitalismo estacionario es una contradicción en los términos”. Se suele recordar con frecuencia esta cita de Schumpeter20, el teórico de la “destrucción creadora”, y con razón. La competencia entre capitales individuales pasa en efecto por la acumulación, la búsqueda incesante de mejoras de productividad, la lucha por ganar partes de mercado, la rotación acelerada del capital, la obsolescencia de los bienes producidos. Hoy día ocurre a escala planetaria y escapa a cualquier intento de regulación real. La búsqueda del beneficio es el fundamento de esta dinámica, traducida en la necesidad de producir siempre más. Esta lógica tiene varias consecuencias en materia energética. Ya se ha visto que el crecimiento capitalista está directamente asociado a un consumo creciente de energía. Pero también lo está la tasa de beneficio, y se puede mostrar (en el caso de Francia) un estrecho vínculo entre las fluctuaciones de la tasa de ganancia y el coste del consumo de energía (gráfico 3). En fin, la competencia tiene como efecto suprimir las “buenas prácticas” en materia ecológica, así como en el ámbito social.

Gráfico 3 Tasa de ganancia y consumo de energía. Francia 1960-2014



 El “capitalismo verde” puede ciertamente apoderarse de algunos sectores, a condición de que sean rentables, pero es globalmente incompatible con una transición energética generalizada que conduciría, más allá de cierto umbral, a una baja de rentabilidad. Y su extensión está además limitada por las políticas neoliberales que pretenden reducir la intervención pública que podría dar solvencia a algunas inversiones verdes. Por todas estas razones, el “capitalismo verde” es un oximorón, como lo demuestra Daniel Tanuro en su obra de referencia22.

Los dilemas de reparto 

El problema más difícil es sin duda el reparto de las mutaciones necesarias entre los países avanzados y el resto del mundo. Las proyecciones disponibles muestran que la mayor parte de las emisiones futuras procederán de los países llamados emergentes o en desarrollo. ¿Hay que deducir de ello que los países del Sur deberán realizar los esfuerzos más importantes? Algunos nos explican que si los países en desarrollo adaptasen el modelo “productivista” y energívoro de los países del Norte, estaría asegurada la catástrofe climática. No es falso, pero de ahí se pueden sacar conclusiones diametralmente opuestas. En la versión más fundamentalista del decrecimiento a lo Latouche, los países del Sur deberían renunciar a “tener” y contentarse con “ser”, que es toda su riqueza. Los neo-malthusianos más reaccionarios llaman implícitamente a una forma de eugenesia planetaria: que los pobres se mueran de hambre por la sequía, engullidos por el ascenso de los océanos o se entrematen por el acceso a las tierras cultivables o al agua, y así tendríamos una parte de la solución. Estas posiciones extremas pocas veces se explicitan, pero reflejan una realidad: los más vulnerables a los desarreglos climáticos son los pobres. Pero esta lógica olvida varias cosas. Por definición, la mayor parte de los gases de efecto invernadero ya acumulados en la atmósfera ha sido emitida por los países industrializados, y las emisiones por habitante siguen siendo hoy mucho más elevadas en los países avanzados. Además, una parte de las emisiones de los países emergentes corresponde a la producción de bienes que serán consumidos en los países avanzados. Esta constatación es la base del enfrentamiento entre China y los Estados Unidos y estará en el centro de la COP21, la próxima conferencia sobre el clima. Los países industrializados tienen por tanto una deuda ecológica con el resto del mundo. No es el tipo de deuda que pueda ser anulada o “reestructurada”, sino que debe ser pagada, y la única salida racional que puede imaginarse pasa por transferencias e inversiones tecnológicas del Norte hacia el Sur, que permitan conciliar los objetivos de reducción de emisiones y el derecho al desarrollo de los países más pobres. Una forma de ilustrar esta enorme dificultad es reflexionar sobre las implicaciones de la demanda planteada con ocasión de la COP21: “los gobiernos deben poner un plazo a las subvenciones asignadas a la industria fósil y congelar su extracción, renunciando a explotar el 80% de todas las reservas de carburante fósil”23. Es un objetivo perfectamente coherente con los objetivos del GIEC. Pero su implementación táctica plantea un problema de distribución de esta regla en el conjunto del planeta, porque las reservas en cuestión están desigualmente repartidas, como lo muestra el siguiente cuadro:
 

Aparece otro dilema si se considera el reparto de las emisiones según categorías sociales. Disponemos para ello de un estudio muy detallado que examina la relación entre emisiones de gases de efecto invernadero y niveles de renta25 . Se refiere al Reino Unido en 2006 y su interés está en que no sólo tiene en cuenta las emisiones directas (por ejemplo, la calefacción de las viviendas o el carburante de automóviles) sino también las emisiones indirectas (a través de los bienes consumidos, los transportes públicos, etc.). El volumen de emisión aumenta con la renta. En cambio, el peso del consumo de energía según la renta, medido por un índice de 100 en el valor medio, varía en sentido inverso a la renta: equivale a 200 para los 10% más pobres, mientras que sólo es de 50 para los 10% más ricos (gráfico 4).



Este resultado es esencial, porque subraya que todo aumento del precio de la energía –una tasa carbono, por ejemplo– golpearía de manera socialmente injusta a los hogares con rentas más débiles. Es preciso por tanto que cualquier medida de este tipo vaya acompañada de dispositivos que corrijan este sesgo antisocial en forma de pagos compensatorios, o de modulación de las tarifas.

El modelo no productivista es un anticapitalismo 

Más que presentar un “programa” acabado26 , lo que supera con mucho el objetivo de esta contribución, se quiere mostrar aquí cómo las pistas alternativas chocan con la lógica capitalista, según una serie de oposiciones resumidas en el adjunto Cuadro 2 (la lista no es exhaustiva ni está forzosamente ordenada).

Cuadro 2 
No productivismo vs. capitalismo 

Queda excluído por tanto imaginar un modelo no productivista compatible con los retos medioambientales, sin poner en cuestión los principios de funcionamiento del capitalismo. Hay que completar esta conclusión con la constatación de que no hay diferencia fundamental entre la manera de tratar la cuestión social y la cuestión ecológica. Los parámetros son los mismos: ya se trate de garantizar a todos condiciones de trabajo y existencia decentes, o de asegurar la supervivencia del planeta, hace falta, en ambos casos, que los capitalistas sean desposeidos de su poder de imponer sus decisiones privadas y que se ponga en marcha una planificación coordinada a escala planetaria. En esta similitud se basa la perspectiva de un ecosocialismo y define un objetivo práctico: la convergencia entre las luchas sociales y ambientales. El único obstáculo reside en horizontes diferentes y se manifiesta por ejemplo por la contradicción entre la defensa inmediata del empleo y el combate contra los riesgos ambientales. Para superar esta contradicción, hacen falta esfuerzos de convencimiento y de debate, pero sin duda también –y desgraciadamente– la multiplicación de los desastres ambientales que vendrán a acelerar esta necesaria convergencia. Es un proceso que, al parecer, ya está en marcha en China27 .

 NOTAS

 1. Recoge una exposición hecha el 23 de agosto en la Universidad de verano de “Ensemble”, una componente del Frente de Izquierda francés.
 2. Le contra-plan du PSU, 1964.
 3. Karl Marx: “El trabajo no es por tanto la única fuente de los valores de uso que produce, de la riqueza material. Como dijo Petty, tiene por padre el trabajo y por madre la tierra”, El Capital, Libro I, Cap. 1. La fórmula de Petty es: “El trabajo es el Padre y el principio activo de la riqueza, como la tierra es la Madre”, William Petty, A Treatise Of Taxes and Contributions, 1667.
 4. La expresión es de Engels: “[La sociedad] tendrá que confeccionar el plan de producción según los medios de producción, de los que forman especialmente parte las fuerzas de trabajo. A fin de cuentas, los efectos útiles de los diversos objetos de uso, medidos entre ellos y en relación a las cantidades de trabajo necesario para su producción, determinarán el plan”. AntiDühring.
 5. Michel Husson, “L’hypothèse socialiste”, en Stathis Kouvelakis (dir.) “Y a-t-il une vie après le capitalisme?”, Le Temps des Cerises, 2008; Le capitalisme en 10 leçons, La Découverte. 2012, cap.4. 6. En su discurso en la Sorbonne en la presentación del informe Stiglitz-Sen-Fitoussi sobre la medida de los resultados económicos y del progreso social, Paris, 14/09/2009.
7. Centre d’analyse stratégique, Approche économique de la biodiversité et des services liés aux écosystèmes, 2009.
 8. Ver Jean-Marie Harribey, “La nature, les écosystèmes peuvent-ils résister à leur financiarisation?”, junio 2015; y su libro: La richesse, la valeur et l’inestimable, Paris, Les Liens que libèrent, 2013.
9. IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), Climate Change 2014, Synthesis Report. Summary for Policymakers.
10. Para una presentación más detallada, ver: Michel Husson: “Un abaque climatique”, note hussonet nº 89, 20/08/2015.
 11. idem, p. 24: “if the reduction is 0.06 porcentage ponts per year due to mitigation, and baseline growth is 2.0 % per year, then yhe growth rate with mitigation would be 1.94% per year”.
12. Son más bien estimaciones mínimas, porque el ejercicio sólo tiene en cuenta el CO2. Ahora bien, los objetivos del último informe del GIEC afectan al conjunto de gases de efecto invernadero (descenso de 40% a 70% entre 2010 y 2015), mientras que el informe anterior cifraba sólo las reducciones de emisiones de CO2 (de 50% a 85%).
 13. Es el escenario medio. El escenario “bajo” contempla 8.7 mil millones en 2050, y el escenario “alto” 10,8 mil millones. Fuente: Naciones Unidas, División Población, 2015 Revision of World Population Prospects. 14. Para un argumentario que ya ha quedado antiguo, ver: Michel Husson, “Une seule solution, la population?”, Alternatives Economiques, nº fuera serie “Le développement durable”. 2005. 15. Serge Latouche, “Et la décroissance sauvera le Sud…”, Le Monde Diplomatique, noviembre 2004. 16. Jean-Marie Harribey, “Développement durable: le gran écart”, L’Humanité, 15/06/2004. 17. Ian Gough, “Climate change and sustainable welfare: the centrality of human needs”, Cambridge Journal of Economics, 2015. 18. Richard Wilkinson, “L’égalité c’est la santé”, Demopolis 2010; ver también, con Kate Pickett: The Spirit Level. Why Greater Equality Makes Societies Stronger, Bloomsbury Press, New York 2009. 19. Richard Smith, “Green Capitalism: The God That Failed”, Truthout, 9/1/2014. 20. Joseph A. Schumpeter, “Capitalism in the Postwar World”, en R. Clemence (ed.), Essays of J.A. Schumpeter, 1951. 21. Pierre Villa, Un siècle de données macro-économiques, Insee Résultats, nº 303-304, 1994. 22. Daniel Tanuro, L’impossible capitalisme vert. Les Empêcheurs de penser en rond/La découverte, 2010. Se encuentra aquí una entrevista con el autor que presenta las principales tesis de su libro; y en esa web, sus recientes contribuciones. Ver también su análisis de los retos de la COP21: “cumbre provisional de la mentira, del negocio y del crimen climáticos”, en la web del NPA, 2/09/2015. 23. Ver el llamamiento internacional “Por una insurrección climática”, agosto 2015. 24. Fuente: Christophe McGlade y Paul Ekins, “The geographical distribution of f