dijous, 26 de febrer de 2015

La renta básica y el barón de Munchausen

Article publicat a   Nueva Tribuna
 
La idea de una renta básica universal generó mucha simpatía entre la izquierda desde que la lanzaran con fuerza Van Parijs y Van der Veen en los años ochenta del siglo pasado...
| 18 Noviembre 2014 - 19:48 h.

La propuesta parecía tener muchas virtudes pero, en especial, una: parecía garantizar la emancipación social de forma fácil, directa e inmediata
La idea de una renta básica universal generó mucha simpatía entre la izquierda desde que la lanzaran con fuerza Van Parijs y Van der Veen en los años ochenta del siglo pasado. [1] Hoy en día anda en boca de todos y no hay agenda política alternativa o de izquierdas que no la incorpore. La propuesta parecía tener muchas virtudes pero, en especial, una: parecía garantizar la emancipación social de forma fácil, directa e inmediata. Con una renta básica universal e incondicionada –una cantidad suficiente para vivir- todos tendríamos un nivel razonable de libertad real y todos podríamos elegir los trabajos más gratificantes o, por el contrario, rechazar aquellos que no nos cuadraran o satisficieran. Ya no se trabajaría por necesidad, con lo que el mundo laboral entraría en la esfera de la libertad. La renta básica sería así la llave que abriría la puerta de la emancipación del trabajo. Y en la medida en que parecía garantizar la libertad real para todos –un derecho ciudadano a la existencia- era fácil conectarla con la tradición de la libertas y encontrarle una justificación republicano-democrática en el plano normativo. [2] Para colmo, la propuesta parecía realizar un imposible: unir libertad y autorrealización para todos sin eliminar ni el mercado ni el capitalismo, es decir, sin tener que pasar por el farragoso terreno del socialismo, con su Estado autoritario, su socialización de los medios de producción y su planificación económica centralizada. Miel sobre hojuelas. De hecho la propuesta inicial de Van Parijs y Van der Veen se denominó “una vía capitalista al comunismo”. [3]
Pese al innegable y amplio catálogo de potenciales beneficios psíquicos, sociales y políticos de una renta básica universal e incondicionada, la propuesta –creo- no es convincente. Pero no por razones morales o ético-normativas, sino por razones de lógica social, que afectan a su factibilidad o, mejor dicho, a su sostenibilidad. Hace ya trece años señalé el problema central de “compatibilidad de incentivos” de una renta básica suficientemente robusta, pero lo planteé como un problema técnico, y por lo tanto, en principio, soluble. [4] Ahora quiero ser más radical. En realidad, lo que he terminado por pensar es que la renta básica sería una buena solución, sí, pero al estilo de las del barón de Munchausen, aquel maravilloso aventurero que salió de la imaginación de R.E. Raspe. ¿Recuerdan cómo sale el barón del hoyo en el que había caído al bajar desde la luna por una cuerda? Fácil: saliendo a por una escalera. Y, ¿recuerdan cómo salen del pantano su caballo lituano y él mismo? Fácil: tirando de su propia coleta hacia arriba. De la misma manera, ¿cómo se solucionan los dos grandes problemas del capitalismo, la alienación del trabajo y la pobreza? Fácil: asignando una renta básica universal e incondicionada. El problema del barón de Munchausen era que para coger la escalera tenía que salir antes del hoyo, o que la fuerza de la gravedad no deja que nos elevemos tirándonos de la propia coleta. De modo análogo, una renta básica –que, en abstracto nos permite salir del hoyo de la alienación y la pobreza para establecernos en el reino de la libertad- se enfrentaría con que el capitalismo necesitade la feroz competencia entre los trabajadores, de ejércitos industriales de reserva y de la existencia de pobres: porque la relación capital/trabajo es constitutivamente una relación asimétrica de dominación. [5] Esa es la fuerza de gravedad que impediría a nuestro barón de Munchausen utilizar la renta básica como escalera para salir del hoyo de la alienación y la pobreza. Un capitalismo de renta básica –al menos una renta básica de verdad: emancipadora- sería un capitalismo sin capitalismo. Y yo mucho me temo que eso no lo iban a consentir los capitalistas, es decir, los propietarios del capital. Porque, entiéndase bien: la renta básica deja las estructuras de poder tal como están. Mejor dicho: deja la principal fuente de poder social –la propiedad y la riqueza- en manos privadas. Los capitalistas seguirían decidiendo sobre qué, cómo, cuánto y dónde producir. Si tenemos en cuenta que el capitalismo no es un bloque homogéneo y monolítico sino un sistema sometido a la ley del desarrollo desigual y combinado, lo más probable –lo más seguro- es que los capitalistas decidieran cerrar el negocio y llevárselo lejos, donde gozaran de la libertad y el poder para seguir explotando y dominando a la fuerza de trabajo. Impedir esa fuga implicaría un poder político democrático enorme, equivalente por lo menos al necesario para construir el socialismo, esto es, para expropiar, redistribuir y socializar. Pero aun si pudiera impedirse la desinversión y la fuga, por la misma ley del desarrollo desigual y combinado, una renta básica real supondría una inmediata pérdida de competitividad internacional, ya que –de seguro- haría subir los costes laborales relativos. En ambos escenarios, la renta básica socavaría las condiciones económicas de su propia financiación, suponiendo que alguna vez hubiera sido financieramente factible.
Es verdad que ha habido experiencias piloto interesantes de aplicación de una renta básica, pero a una escala tan reducida –en una pequeña comunidad de 100 personas en Brasil (Quantiga Velho), en un área rural de Namibia (Otjivero-Omitara) de 970 personas, en unas cuantas aldeas de la India, en algunas zonas de Irán…- y tan periférica, que no sirven para sacar conclusiones. Porque cuando hablamos de renta básica, no pensamos en aldeas o pueblos, sino en naciones, países enteros, Estados plurinacionales o incluso federaciones de Estados. Hablamos de una renta básica universal, y sólo una escala suficientemente amplia de aplicación nos permite plantear en serio esa universalidad. Así mismo, están las experiencias de los fondos soberanos de capital, como en Alaska o Noruega, pero poco tienen que ver con una renta básica: son un dividendo social anual que depende, por lo demás, de la gestión pública de un recurso natural -el petróleo- no universalizable. Es verdad también que el pacto social de posguerra que dio lugar al Estado de bienestar desarrolló mecanismos e instituciones que en buena medida desmercantilizaron la sociedad y, por lo tanto, tuvieron una clara dimensión anticapitalista: en efecto, los sistemas públicos de salud y educación, los programas de vivienda social o los sistemas de seguridad social y protección laboral, no sólo sacaron del mercado –desmercatilizaron- bienes y servicios fundamentales (cívico-constituyentes) sino que arrebataron libertad y poder a empleadores y empresarios en la relación capital/trabajo. Gracias a aquel Estado benefactor y proteccionista (adjetivos –benefactor y proteccionista- que conservan toda su belleza pese al desprestigio al que los ha sometido la propaganda neoliberal), la clase trabajadora tuvo unos niveles de seguridad y libertad relativos como nunca antes en la historia del capitalismo. Pero todo eso se dio bajo unas condiciones muy específicas: ciclo vital fordista, amplia concentración o localización industrial, una división internacional del trabajo que permitió la hegemonía económica occidental, unas tasas de crecimiento que permitían el pleno empleo...
Ese “equilibrio” se fue al traste con la globalización, la caída del comunismo y lo que ha dado en llamarse la gran convergencia. [6] Una imagen plástica de esta transformación es Detroit. Hoy es una ciudad en bancarrota que tuvo que ser rescatada, cuando hace unas cuantas décadas era una de las fábricas mundiales de la automoción. Semejante escenario de decadencia urbana sólo es una muestra local de un capitalismo global salvaje y desregulado sin contrapoder democrático que se le enfrente. Y sin dicho contrapoder es imposible impedir o siquiera amortiguar el desenfreno de semejante gigante devorador con todas sus consecuencias perversas: la desigualdad, la pobreza, la precariedad, la alienación, la injusticia, etc. Ahora bien, a base de agathopías y de propuestas a lo barón de Munchausen poco vamos a avanzar. Mucho menos si esas propuestas nos hacen olvidar algunas esencias de la tradición socialista, las cuales –todas- tenían que ver con el problema central de la propiedad y el poder económico. Mientras esa propiedad y ese poder sigan concentrados en pocas manos, podremos tirarnos de la coleta todo lo que queramos, pero no saldremos del pantano. Si lo que queremos es hablar en serio de transformación social, me temo que tendremos que hablar nuevamente de socialismo: de regímenes de propiedad colectiva y social, de modelos alternativos de desarrollo, de Estado fuerte, de democracia real. Y tengo para mí que, si una renta básica es en absoluto viable, lo será en el seno de una sociedad socialista. El capitalismo de renta básica es una contradicción en los términos.
El problema político fundamental para la izquierda anticapitalista es que la actual división internacional del trabajo permite que cualquier propuesta local o incluso nacional de suficiente calado democrático y social sea penalizada brutalmente mediante deslocalización y desinversión. El trabajador español no compite sólo con el trabajador español, sino con el chino y el brasileño. Y los Estados, además, se financian en mercados internacionales de deuda. Incluso el gobierno mejor intencionado tiene las manos atadas, y ha de andar con pies de plomo. En la mayoría de los casos, sólo le queda sobrevivir a base de reducir costes laborales y gastos sociales, y eso es lo que hacen la mayoría de los gobiernos que tienen que gestionar elevadísimos niveles de déficit y endeudamiento con bajas perspectivas de crecimiento económico. Por eso la masa salarial ha caído en casi todos los países ricos así como su gasto social. [7] Es difícil imaginarse un peor escenario para la aplicación de una renta básica universal y emancipadora. Y quien piense que basta con “llegar” al poder para aplicar soluciones mágicas corre el riesgo de perder el capital político democrático que haya podido acumular por el camino. La lógica social y el principio de realidad son tan importantes en política como la pasión democrática y las ilusiones transformadoras. Hay empero muchas cosas que se pueden hacer para salir del hoyo sin salir antes a buscar una escalera. Si en un eje colocamos la corrupción y en otro los ingresos públicos, ambos ejes relacionados entre sí, podemos definir un gran espacio cartesiano para la regeneración institucional y la reforma fiscal. La izquierda necesita dotarse de un buen bisturí para hacer cirugía moral masiva en la política y la sociedad, y necesita dotarse también de mecanismos equitativos y eficaces de obtención de ingresos públicos. Esas dos herramientas abrirían un horizonte de posibilidad que hoy por hoy cierran el déficit, la deuda y el estancamiento. Y son herramientas que se pueden manejar con prudente contundencia.
Aunque tal vez la renta de la que se habla no sea una renta desalienadora –que permita al trabajador escapar realmente a la dominación de clase- sino tan sólo una renta focal contra la pobreza. Pero, entonces, ya no es ni robusta, ni universal ni incondicionada, y tiene que someterse a la metodología de la comprobación de medios: hay que ser pobre para recibirla. Bien, creo que una renta mínima de inserción –que nada tiene que ver con una renta básica- no presenta un problema fundamental de incompatibilidad de incentivos, pues nadie quiere ser pobre, ser diagnosticado como tal y sobrevivir con lo mínimo. Pero una renta así no sólo es estigmatizadora sino que –al menos en sus versiones actuales a la inglesa- es una verdadera “trampa de la pobreza y la precariedad”.

[1] Cfr. la compilación de Zona Abierta 46/47, Un salario social mínimo (garantizado) para todos, enero-junio de 1988.
[2] Cfr. A. de Francisco y Daniel Raventós (2005), “republicanismo y renta básica”, en M. J. Bertomeu, A. Domènech y A. de Francisco, comps. (2005), Republicanismo y democracia, Buenos Aires, Miño y Dávila, cap. 9. Sin embargo, como señalé en otro lugar (cfr. nota 2, infra), una fundamentación republicano-democrática de la RB puede y debe ser más exigente e incorporar la cuestión de la autoorganización democrática del mundo del trabajo y de la sociedad en general, y –sobre todo- la cuestión de la virtud. En realidad, la concepción moderna de la ciudadanía –también la neorrepublicana- tiende a centrarse en los derechos del ciudadano, subestimando sus obligaciones cívicas. Por eso no es de extrañar el olvido de la virtud en la teorización moderna de la ciudadanía. La conexión entre renta básica y virtud cívica es mucho menos clara que entre renta básica y libertas, y deja abierta la puerta a condicionar la asignación de la renta al cumplimiento de determinadas obligaciones cívicas. Guy Standing, por ejemplo, se atreve tímidamente a imponer una de esas obligaciones: el ejercicio del voto (cfr. G. Standing (2014), A Precariat Charter, Londres: Bloombury, pp. 371-2.
[3] Op. Cit., pp. 19-45.
[4] Cfr. A. de Francisco (2001), “La renta básica: ¿una propuesta ecuménica?”, en D. Raventós, comp. (2001), La renta básica, Barcelona: Ariel, pp. 177-18, esp. , pp.. 180-1813;
[5] Es oportuno releer el capítulo sobre la competencia del imprescindible y actualísimo, La Situación de la clase obrera en Inglaterra, de Engels.
[6] Cfr. Guy Standing (2014), El precariado, una carta de derechos, trad. de A. de Francisco, Madrid: Capitan Swing.
[7] Cfr. “Labor pains”, The Economist, 2/11/2013,

dimarts, 24 de febrer de 2015

"La economía va a funcionar bien, pero a mucha gente le va a ir bastante mal"

Article publicat a  El Confidencial



Fecha20.02.2015 – 05:00 H. 
Sus ensayos sobre la crisis, que conformaron la trilogía del crash, consiguieron decenas de miles de lectores en todo el mundo. Tiene 75.000 seguidores en Twitter, colabora habitualmente en televisión y es una de los economistas más carismáticos. Santiago Niño-Becerra catedrático de la IQS School of Management (Universidad Ramón Llul) regresa a la actualidad editorial, con La economía. Una historia muy personal (Libros del lince) un texto en el que repasa de forma rápida y pedagógica la evolución económica desde la Antigüedad hasta el presente. El Confidencial ha conversado con él, no tanto para analizar el pasado sino para anticipar lo que nos espera.
PREGUNTA. Afirma en el libro que la Historia la han hecho siempre cuatro. ¿Quiénes son los cuatro que la hacen hoy?
R- Son las grandes corporaciones, las grandes instituciones internacionales y por supuesto los financieros. El mejor ejemplo es Grecia. Ha habido elecciones, donde se ha expresado la voluntad popular y… Portugal es otro caso evidente, porque su gobierno no quería el rescate, lo negó tres veces, y fue obligado a aceptarlo. La historia la hacen el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo o el Banco Mundial. Los demás están ahí y ejecutan las directrices buscando el equilibrio.
P. ¿Y los gobiernos nacionales? ¿Cuál es entonces su función?
R. Por más que sean elegidos por voluntad popular, tienen un poder ejecutivo muy limitado. Partiendo de la base de que en la UE las tres cuartas partes de las grandes decisiones son tomadas en Bruselas y en Frankfurt, les queda poco por hacer, y lo que hacen tiene que estar siempre en línea con lo que les mandan. Por ejemplo, la política fiscal está en manos de los gobiernos, pero a ninguno se le ocurriría hacer algo que desequilibrase la situación internacional a la que están sometidos, porque serían castigados.
P. Asegura que la economía es el sustrato principal de la historia de la humanidad. Y a su vez, que la tecnología determina la economía.
R. La tecnología es capital. Es verdad que en unas épocas tiene más importancia que en otras, en la época actual avanza a velocidad de la luz, y ese capital realimenta a otro capital.
Desde los años 80, el PIB va hacia arriba y el número de empleos hacia abajo
P. Pero hoy esa tecnología está pensada sobre todo para hacer los procesos de producción más eficientes, lo cual supone abaratar costes y prescindir de mano de obra.
R. El gran quid de la primera revolución industrial fue que aumentó la productividad y abarató los costes. De hecho, hasta finales de los años 70 del siglo pasado, la tecnología ahorraba el factor trabajo, pero si querías aumentar la producción necesitabas mano de obra. Eso fue así hasta los ochenta, la época del just in time y la robotización. Si comparas la evolución del PIB y la creación de puestos de trabajo, hasta los 70 van paralelas y a partir de los 80 divergen. Hoy hemos llegado a un punto en que se está sustituyendo de forma tremenda el factor trabajo por una tecnología que cada vez es más barata, más fácil de utilizar y más sofisticada. Esto reduce costes, pero también aumenta el paro estructural.
P. Pero si la tecnología hace prescindible el factor trabajo, ¿por qué se deslocaliza, yendo a buscar lugares de producción donde la mano de obra sea muy barata?
R. Esta deslocalización se produjo porque en ese momento el factor trabajo todavía tenía un peso. Pero mira lo que está pasando hoy con el textil. Una de las primeras zonas de EEUU en sufrir las deslocalizaciones fue Carolina del Norte, donde había una producción textil muy importante. Ahora están regresando las fábricas a esa zona, pero con una diferencia: si en los ochenta producir una tonelada requería 1250 trabajadores, hoy precisa sólo de 220. Teniendo en cuenta que los gastos de transporte son menores que si se produce en China, compensa regresar, porque el salario en China es barato (un poco menos) pero ya no es tan decisivo.
Europa se equilibró en el siglo XIX porque emigraron 50 millones de personas. Pero ¿dónde van a emigrar ahora? ¿A Marte?
P. ¿No sobrevaloramos la realidad actual de la tecnología? Nos dicen que están inventando muchas cosas que transformarán todo radicalmente, pero luego su presencia efectiva no deja de ser testimonial. Por ejemplo, quizá las impresoras 3D vayan a cambiarlo todo en el futuro,  pero su presencia actual es escasa.
R. En ciertos aspectos, la impresión en 3D en la manufactura ya está presente. Por ejemplo, se utiliza en algunos casos en la industria del automóvil, donde se han hecho ensayos para imprimir carrocerías, pero aún estamos al inicio del inicio. En Francia, Correos ha establecido espacios en algunas oficinas para instalar impresoras 3D para que la gente pueda recibir información y realizar allí sus impresiones. Falta mucho aún, pero las posibilidades que abre son tremendas.
P. Pues si son tremendas, también lo serán en términos de destrucción de puestos de trabajo. ¿En qué vamos a trabajar en el futuro inmediato? ¿Cómo solventaremos ese problema?
R. Esta situación de excedente de factor trabajo no es nueva. Entre 1850 y 1900 vivimos algo similar, que se solventó mediante la emigración a EEUU. Cincuenta millones de europeos salieron de aquí, llegando el continente a equilibrarse. Pero ahora ¿dónde va a emigrar este excedente? ¿A Marte? Por eso, partiendo de la base de que la evolución tecnológica no se va a detener, pienso que es necesaria una renta básica, una renta mínima, un subsidio, o como lo quieras llamar, que garantice la subsistencia a unas personas que en periodos determinados de su vida no van a ser necesarias para el mercado laboral. Da igual el partido político que hable de esto, pero esa parte de la población que no va a ser laboralmente necesaria en algunos momentos, o quizá nunca, tiene que ser financiada o sostenida para que siga existiendo. Como además la tecnología hará que bajen los precios, podrán vivir con poco dinero. Pero de este tema no se habla, porque parece algo feo.
P. En otras revoluciones industriales, acabaron apareciendo nuevas áreas en las que emplear todo ese caudal humano que la tecnología había expulsado. Pero no parece que ahora vaya a ocurrir lo mismo.
En Pittsburgh, la industria siderúrgica se deslocalizó durante los años ochenta y sin embargo apenas aumentó el paro. La gente emigró o se empleó en el sector servicios, pero con salarios inferiores. Un empleado de McDonalds no percibe lo mismo que quien tenía un empleo en la siderurgia. Aunque a base de minijobs se consiga una renta equivalente a la que se tenía antes, está claro que se produce una degradación del factor trabajo, sustituyendo aquella estructura industrial por otra deslocalizada o ultratecnificada, y de menor calidad. Puede que el paro haya bajado, pero también se está cayendo en horas trabajadas, lo cual quiere decir que se sustituye empleo fijo a tiempo completo por empleos a tiempo parcial y peor remunerados. Esto tiene implicaciones a nivel de renta, de cotizaciones sociales, y de cotizaciones fiscales, máxime cuando nuestra sociedad no está preparada para esto, sino para trabajar de ocho a seis de la tarde.
Tenemos que tomar las medidas oportunas para no caer en una gran crisis social, con todos sus problemas de inseguridad asociados
P. Otros puntales del empleo, como las pymes y los pequeños comercios, tampoco parece que vayan a tener un espacio en ese nuevo mundo.
R. Una gran superficie tiene un poder de negociación monstruoso en el proceso de compra, mientras que la tienda de barrio no tiene ninguno. Probablemente el pequeño comercio que sobreviva es el que se ultraespecialice ofreciendo valor añadido, pero eso da para lo que da, no para que haya una tienda en cada esquina. El pequeño comercio que hemos conocido lo tiene bastante mal.
P. Tal y como lo expone, ¿estamos abocados a una gran crisis social?
R. En Grecia ya está planteada una crisis social, con un tanto por ciento elevado de la población que necesita para vivir la pensión de una abuelo, y eso cuando las pensiones se han reducido a la mitad. El 27% de los españoles están en situación de pobreza. Al margen de que la gente tiene que cambiar de mentalidad, porque no todos podremos tener un Audi, está claro que tenemos que tomar las medidas oportunas para no caer en una gran crisis social, con todos sus problemas de inseguridad asociados. No me extraña que los condominios cerrados vigilados sean la última moda en Argentina.
P. Pero si los cambios en el modelo productivo están siendo tan importantes, ¿por qué el sector donde se ha hecho dinero en los últimos años ha sido el financiero?
R. Piketty ha dado una explicación que comparto en parte, como es que la tasa de crecimiento de rentabilidad del capital es superior a la tasa de crecimiento de la economía real, porque la importancia del capital ha variado, el capital financiero tiene vida propia y ha penetrado en todos los recovecos de la economía. En los 60 o en los 70 lo financiero ayudaba a lo real, mientras que ahora tiene vida propia. Hoy lo financiero es imprescindible, además, porque todo se financia, de modo que entiendo lógico que la concentración de la riqueza tenga lugar en esos ámbitos. Hay cada vez más grandes corporaciones que diversifican y cubren las dos vertientes, la financiera y la real. Siemens, por ejemplo, tiene licencia bancaria en Alemania. Gates decía que en el futuro los servicios financieros seguirán siendo necesarios pero los bancos no. Una gran corporación con excedente de liquidez puede prestar a sus clientes y proveedores de forma corporativa. Puede sustituir a un banco…
P. ¿Vamos a vivir una situación en la que la economía va a ir bien, pero a mucha gente le va a ir mal? ¿Van a ser tiempos buenos en lo económico y malos en lo social?
R. Pues sí. Va a haber estancamientos en rentas personales, pero además veremos cambios a nivel psicológico. Hasta ahora nos han dicho que el que no tenía un Ferrari había fracasado en el vida, y además nos daban los medios, si no para comprar un Ferrari, sí para comprar un Audi. Como ya no es así, y no volverá a serlo, vamos a vivir un choque a nivel mental. Ese cambio de paradigma va a ser muy duro, porque afecta al estándar de vida. Se va más cómodo en Audi a Bilbao que en un autobús, y ahora vamos a tener que ir en autobús. En lo real también habrá cambios en los modelos de protección social, de renta personal y de contratos de trabajo que nos van a llevar a tener una menor disposición de renta y bienes. Esto va a ocurrir para la mayoría de la población, la élite está al margen de estas cosas. El sentimiento de inseguridad será creciente y la mayor parte de la gente va a tener que preocuparse por sí misma y buscarse la vida, y eso es muy complicado. Y esto hasta donde alcanza la vista.






dissabte, 21 de febrer de 2015

Cómo la ciencia nos incita a la rebelión

Article publicat a Guerilla Translation



Naomi Klein

Traducido por Rocío del Amo, editado por Susa Oñate

¿Está destruyendo el planeta nuestra incesante búsqueda de crecimiento económico? 


Los científicos expertos en el clima han visto las estadísticas y han llegado a conclusiones escandalosas. En diciembre de 2012, Brad Werner, un investigador de sistemas complejos con el pelo teñido de rosa, caminaba entre una multitud de 24 000 científicos terrestres y espaciales durante la
reunión de otoño de la Unión Americana de Geofísica, que tiene lugar cada año en San Francisco. Ese año la conferencia contaba con algunos participantes de renombre, desde Ed Stone, del proyecto Voyager de la Nasa, que explicaría un nuevo hito en el camino hacia el espacio interestelar, hasta el director de cine James Cameron, que habló sobre sus aventuras con sumergibles en aguas profundas.

Pero fue precisamente la charla de Werner la que provocó más revuelo. Se titulaba «¿Está jodida la Tierra?» (título completo: «¿Está jodida la Tierra? Inutilidad dinámica de la gestión medioambiental global y posibilidades para la sostenibilidad mediante el activismo de acción directa»).

De pie ante la sala de conferencias, el geofísico de la Universidad de California en San Diego, guió a la multitud por el avanzado modelo informático que estaba usando para responder a esta cuestión. Habló sobre límites, perturbaciones, disipación, atractores, bifurcaciones y toda una serie de cosas en gran parte incomprensibles para los no iniciados en la teoría de sistemas complejos. Pero la cuestión principal estaba bastante clara: el capitalismo global ha llevado a una disminución de los recursos tan rápida, conveniente y libre de barreras, que los «sistemas tierra-humanos» se están volviendo peligrosamente inestables. Cuando un periodista le presionó para dar una respuesta clara a la pregunta de si «estamos jodidos», Werner dejó de lado la jerga y respondió: «Más o menos».

 Sin embargo, había una dinámica en el modelo que dejaba un hueco a la esperanza. Werner la llamó «resistencia»: movimientos de «gente o grupos de personas» que «adoptan una serie de comportamientos que no se ajustan a la cultura capitalista». Según el resumen de su presentación, esto incluye la «acción medioambiental directa, o resistencia desde fuera de la cultura dominante, como en las protestas, bloqueos y sabotajes por parte de pueblos indígenas, trabajadores, anarquistas y otros grupos de activistas».

Los encuentros científicos serios normalmente no incluyen convocatorias a la resistencia política en masa, y mucho menos a acciones directas y sabotajes. Por otro lado, Werner tampoco estaba exactamente haciendo un llamamiento a estas acciones. Simplemente estaba opinando que las revueltas masivas de gente –tales como las del movimiento abolicionista, el movimiento por los derechos civiles u Occupy Wall Street– suponían la fuente de «fricción» que con más probabilidad podría detener una máquina económica que se está descontrolando. Sabemos que en el pasado diversos movimientos sociales han «tenido una tremenda influencia en … el modo en que evolucionó la cultura dominante», apuntó. Por lo tanto es obvio que «si pensamos en el futuro de la Tierra y en el futuro de nuestra interdependencia para con el medioambiente, debemos incluir la resistencia como parte de esa dinámica», y no se trata de una cuestión de opinión sino «realmente de un problema de geofísica», argumentó Werner.
 Instalación de Tracey Emin 



A muchos científicos sus descubrimientos les han llevado a actuar en las calles. Físicos, astrónomos, médicos y biólogos han estado al frente de movimientos contra la energía y las armas nucleares, la guerra, la contaminación química y el creacionismo. Y en noviembre de 2012, la revista Nature publicó un comentario del financiero y filántropo medioambiental Jeremy Grantham instando a los científicos a unirse a esta tradición y a «hacerse arrestar si fuera necesario», puesto que el cambio climático «no solo es una crisis durante vuestras vidas, sino que también es una crisis en cuanto a la existencia de nuestra especie».

 Algunos científicos no necesitan que se les convenza. El padrino de la ciencia climática moderna, James Hansen, es un activista formidable, y ha sido arrestado media docena de veces por resistirse a la extracción de carbón en la cima de una montaña o a la construcción de oleoductos para arenas bituminosas (incluso dejó su empleo en la NASA hace un par de años, en parte para disponer de más tiempo para hacer campaña). Hace dos años, cuando me arrestaron a las puertas de la Casa Blanca en una acción colectiva contra el oleoducto de arenas bituminosas Keystone XL, una de las 166 personas esposadas ese día fue el glaciólogo Jason Box, experto de fama mundial en las capas de hielo que se están derritiendo en Groenlandia.

«No habría podido seguir respetándome a mí mismo si no hubiera ido» dijo Box en ese momento, añadiendo que «solo votar no me parece suficiente en este caso. También necesito ser ciudadano».

Esto es encomiable, pero lo que Werner quiere demostrar es diferente. No dice que su investigación le llevara a actuar para detener una política en particular; lo que está diciendo es que su investigación muestra que nuestro paradigma económico al completo amenaza la estabilidad ecológica. Y que, de hecho, desafiar este paradigma económico –mediante un movimiento colectivo de contrapresión– es la mejor oportunidad que tiene la humanidad para evitar la catástrofe.

Es un tema difícil. Pero no está solo. Werner forma parte de un pequeño pero cada vez más influyente grupo de científicos cuyas investigaciones sobre la desestabilización de los sistemas naturales –y en particular la del sistema climático– les está llevando a conclusiones igualmente transformadoras e incluso revolucionarias. Y para cualquier revolucionario oculto que alguna vez haya soñado con derrocar el orden económico actual en favor de otro menos proclive a hacer que los pensionistas italianos se ahorquen en sus casas, este trabajo debería ser de particular interés. Porque hace que abandonar ese sistema cruel en favor de algo nuevo (y quizá, con mucho trabajo, algo mejor) ya no sea una cuestión de mera preferencia ideológica sino una necesidad existencial de toda la especie.

Liderando este grupo de nuevos revolucionarios científicos se encuentra uno de los expertos en el clima más prominentes de Gran Bretaña, Kevin Anderson, director adjunto del Centro Tyndall para la Investigación sobre el Cambio Climático, que se ha establecido rápidamente como una de las instituciones más importantes de investigación sobre el clima en el Reino Unido. Dirigiéndose a todo el mundo, desde el Ministerio para el Desarrollo Internacional hasta el Ayuntamiento de Manchester, Anderson ha pasado más de una década explicando pacientemente las implicaciones de la ciencia climática más actual a políticos, economistas y activistas. En un lenguaje claro y comprensible, expone una severa hoja de ruta para la reducción de emisiones que ofrece una posibilidad razonable de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2 °C, objetivo que la mayoría de los gobiernos ha determinado que prevendría la catástrofe.

Pero durante los últimos años, los escritos y presentaciones de Anderson se han vuelto cada vez más alarmantes. Con títulos como «Cambio climático: más que peligroso. Estadísticas brutales y esperanza poco convincente», apunta que las posibilidades de permanecer dentro de unos niveles de temperatura seguros están disminuyendo rápidamente.

Junto a su colega Alice Bows, experta en mitigación climática del Centro Tyndall, Anderson señala que hemos perdido tanto tiempo en estancamientos políticos y políticas climáticas demasiado tenues –todo ello mientras el consumo (y las emisiones) globales se incrementan– que ahora nos enfrentamos a recortes tan drásticos que desafían la lógica fundamental de priorizar el crecimiento del PIB sobre cualquier otra cosa.
 Tierra devastada: el riego a gran escala despoja la tierra de los nutrientes, deja cicatrices en el paisaje y podría alterar las condiciones climáticas sin remedio. Imagen: Edward Burtynsky, 


Anderson y Bows nos informan de que los a menudo citados objetivos de mitigación a largo plazo –un recorte del 80% de las emisiones por debajo de los niveles de 1990 para 2050– han sido elegidos simplemente por razones de interés político y no tienen una «base científica». Esto se debe a que el impacto del clima no surge simplemente de lo que emitamos hoy y mañana, sino de las emisiones que se van acumulando en la atmósfera a lo largo del tiempo. Y nos advierten de que al centrarse en objetivos para dentro de tres decenios y medio –en vez de lo que podemos hacer para cortar las emisiones de carbono de forma enérgica e inmediata– nos arriesgamos seriamente a permitir que nuestras emisiones continúen disparándose en los años venideros, superando con mucho nuestro «presupuesto de carbono» de 2 °C y poniéndonos a nosotros mismos en circunstancias amenazadoras según vaya avanzando el siglo.

 Por esta razón, Anderson y Bows argumentan que si los gobiernos de los países desarrollados se toman en serio cumplir lo acordado sobre el objetivo internacional de mantener el calentamiento por debajo de los 2 °C, y si se supone que las reducciones deben respetar cualquier tipo de principio equitativo (básicamente que los países que han estado emitiendo carbono durante gran parte de los dos últimos siglos deben recortar antes que los países en los que más de mil millones de personas aún no tienen electricidad), se deduce que las reducciones deberían ser más severas y producirse mucho antes.

Para tener incluso un 50% de probabilidades de conseguir el objetivo de 2 °C (que, como ellos y muchos otros advierten, ya significa enfrentarse a una amplia variedad de impactos climáticos altamente dañinos), los países industrializados deben empezar a recortar sus emisiones de gas invernadero en torno a un 10% cada año, y deben empezar ya. Pero Anderson y Bows van más allá, señalando que este objetivo no se puede cumplir con los modestos precios del carbono ni con las soluciones tecnológicas «verdes» que normalmente defienden los grandes grupos ecologistas. Desde luego que estas medidas ayudarán, seguro, pero sencillamente no son suficientes: una reducción del 10% en las emisiones, año tras año, prácticamente carece de precedentes desde que comenzamos a impulsar nuestras economías con carbón. De hecho, las reducciones de más de un 1% por año «se han asociado históricamente solo con recesiones económicas o periodos convulsos», como indicó el economista Nicholas Stern en su informe de 2006 para el gobierno británico.

Incluso después del desmoronamiento de la Unión Soviética, no se dieron reducciones de este calibre y duración (los antiguos países soviéticos experimentaron unas disminuciones anuales medias de aproximadamente un 5 % durante un periodo de diez años). Tampoco ocurrieron después del descalabro de Wall Street en 2008 (cuando las naciones opulentas experimentaron una caída del 7% entre 2008 y 2009, pero sus emisiones de CO2 se restablecieron con fruición en 2010, mientras que las emisiones en China e India habían seguido incrementándose). Por poner un ejemplo, fue solo inmediatamente después del gran crac de la Bolsa en 1929, cuando las emisiones de los Estados Unidos cayeron durante varios años consecutivos en más de un 10% anual, según datos históricos del Centro de Análisis de Información sobre Dióxido de Carbono. Pero se trataba de la peor crisis económica de los tiempos modernos.

Si deseamos evitar ese tipo de hecatombe mientras cumplimos con los objetivos de emisiones con base científica, la reducción del carbono debe gestionarse cuidadosamente mediante lo que Anderson y Bows describen como «estrategias de decrecimiento radicales e inmediatas en los EE UU, la UE y otros países ricos». Perfecto, si no fuera por el hecho de que tenemos un sistema económico que idolatra el crecimiento del PIB sobre cualquier otra cosa –sin tener en cuenta las consecuencias humanas o ecológicas–, y al que la clase política neoliberal ha cedido completamente su obligación de gestionar cualquier cosa (puesto que el mercado es el genio invisible al que se le debe confiar todo).

De modo que a lo que realmente apuntan Anderson y Bows es a que todavía estamos a tiempo de evitar un calentamiento catastrófico, pero no si seguimos las reglas del capitalismo como están establecidas actualmente. Lo cual puede que sea el mejor argumento del que jamás hemos dispuesto para cambiar esas reglas.

 Acciones de justicia climática. Waging NonViolence



 En un ensayo de 2012 que apareció en la influyente revista científica Nature Climate Change, Anderson y Bows lanzaron una especie de desafío acusando a muchos de sus colegas científicos de no sincerarse sobre el tipo de alteraciones que el cambio climático exige de la humanidad. Merece la pena citarles en detalle sobre el tema:


 … al desarrollar escenarios de emisiones, los científicos minimizan continuamente y sobremanera las implicaciones de sus análisis. Cuando se trata de evitar un aumento de temperatura de 2 °C, la palabra «imposible» se traduce como «difícil pero factible», mientras que «urgente y radical» se presenta como «desafiante»; todo ello para apaciguar al dios de la economía (o, más bien, de las finanzas). Por ejemplo, para evitar exceder el índice máximo de reducción de emisiones dictaminado por los economistas, se asumen picos «increíblemente» tempranos en las emisiones, junto con ingenuas nociones sobre la «gran» ingeniería y los índices de utilización de infraestructuras con bajas emisiones de carbono. Y lo que es aún más inquietante, según van menguando los presupuestos de emisiones, se propone cada vez más la geoingeniería para asegurar que no se cuestione el dictado de los economistas.


Es decir, para que parezca razonable dentro de los círculos económicos neoliberales, los científicos han restado excesiva importancia a las implicaciones de sus investigaciones. En agosto de 2013, Anderson quiso ser más terminante todavía y escribió que el barco había navegado sobre la idea de cambio paulatino. «Quizás cuando se celebró la Cumbre de la Tierra de 1992, o incluso con el cambio de milenio, se podrían haber conseguido niveles de mitigación de 2 °C mediante importantes cambios evolutivosdentro de la hegemonía política y económica. ¡Pero el cambio climático es un problema acumulativo! Ahora, en 2013, los que estamos en países (pos)industriales con altas emisiones nos enfrentamos a un futuro muy diferente. Nuestro derroche actual y colectivo de carbono ha hecho desaparecer cualquier oportunidad para el ‘cambio evolutivo’ que nos permitía nuestro anterior (y mayor) presupuesto de carbono de 2 °C. En la actualidad, después de dos décadas de engaños y mentiras, el presupuesto que queda de los 2 °C exige un cambio revolucionario de parte de la hegemonía política y económica» (su énfasis).

Probablemente no debería sorprendernos que algunos científicos del clima estén un poco asustados por las implicaciones radicales incluso de sus propias investigaciones. En su mayoría solo estaban haciendo su trabajo midiendo tranquilamente los núcleos helados, operando modelos de clima global y estudiando la acidificación del océano, pero, como explica el experto en clima y autor australiano Clive Hamilton, terminaron descubriendo que, «sin querer, estaban desestabilizando el orden político y social».

Pero hay mucha gente que es consciente de la naturaleza revolucionaria de la ciencia del clima. Razón por la cual algunos gobiernos que decidieron abandonar sus compromisos climáticos en favor de desenterrar más carbono han tenido que encontrar modos cada vez más mezquinos de silenciar e intimidar a los científicos de su país. En Gran Bretaña esta estrategia es cada vez más patente, por ejemplo con Ian Boyd, consejero científico jefe del Departamento de Medioambiente, Alimentación y Asuntos Rurales, quien ha escrito recientemente que los científicos deberían evitar «sugerir si las políticas son adecuadas o no» y que deberían expresar sus opiniones «trabajando con asesores adscritos (como yo mismo), y siendo la voz de la razón en el espacio público, en vez de la del disentimiento».

Si quieres saber adónde lleva todo esto, echa un vistazo a lo que está ocurriendo en Canadá, donde vivo yo. El gobierno conservador de Stephen Harper ha amordazado a los científicos y acallado los proyectos de investigación críticos de manera tan eficaz que, en julio de 2012, unos dos mil científicos y partidarios llevaron a cabo un funeral fingido fuera del Parlamento en Ottawa, lamentando «la muerte de la evidencia». Sus pancartas decían: «Sin Ciencia No Hay Evidencia Ni Verdad».

Pero la verdad está saliendo a la luz de todos modos. El hecho de que la búsqueda de beneficios y crecimiento como si nada ocurriera esté desestabilizando la vida en la tierra es algo que ya no necesitamos leer en las revistas científicas. Las primeras señales ya están apareciendo ante nuestros ojos. Un creciente número de personas está respondiendo en consecuencia: bloqueando el fracking en Balcombe; interfiriendo en los preparativos de perforación en aguas árticas rusas (lo que conlleva un tremendo coste humano); llevando a los operadores de arenas bituminosas ante los tribunales por violar la soberanía indígena; y muchísimos otros actos de resistencia, grandes y pequeños. Según el modelo informático de Brad Werner, esta es la «fricción» necesaria para ralentizar las fuerzas de desestabilización; el gran activista climático Bill McKibben lo llama el levantamiento de los «anticuerpos» para luchar contra los «picos febriles» del planeta.

No es una revolución, pero sí es un comienzo. Y debería darnos tiempo suficiente para encontrar una forma marcadamente menos jodida de vivir en este planeta.

El dilema de Ceferina: ser agricultora y no tener qué comer

Publicat a   20 minutos
Ceferina Guerrero vive rodeada de pueblos fantasma: cerca de Repatriación, en Paraguay, todo el mundo se ha ido. Donde antes había casas, campos y escuelas ahora hay soja (y más soja). ‘¿Ves el cordón de miseria en la capital? Esos que viven en las calles y te piden limosna son campesinos, hermanos nuestros que vendieron su tierra a los sojeros y se fueron a buscar una vida mejor’.
Y no la encontraron.
En los últimos 10 años, 900.000 personas han sido expulsadas del campo paraguayo.Se fueron presionadas por la falta de tierra, de semillas y de trabajo, por la crueldad de las sequías y la escasa inversión pública en la agricultura familiar. Pero sobre todo, se fueron presionadas por la expansión voraz de la soja.
La siembra de ese grano cubre más del 80% de la superficie cultivable del país. Su producción ocupa millones y millones de hectáreas, que generan millones y millones de dólares, que enriquecen a pocas muy pocas familias.
Ceferina es una de las pocas campesinas de Paraguay que no han emigrado a la ciudad por culpa de la invasión de la soja. (c) Susana Arroyo / Oxfam Intermón
Ceferina es una de las pocas campesinas de Paraguay que no han emigrado a la ciudad por culpa de la invasión de la soja. (c) Susana Arroyo / Oxfam Intermón
Digan lo que digan quienes defienden el boom sojero, el panorama no es bueno: muchas familias campesinas sin parcelas, muchas propiedades en pocas manos, riqueza mal distribuida y grandísimas extensiones sembradas de un producto, que lejos de satisfacer la demanda nacional de alimentos, se exporta a Europa y China, donde se utiliza como forraje o es convertido en combustible.
¿Qué hacer entonces? A sus 63 años, Ceferina enfrenta un dilema: Irse o quedarse. Vender o conservar su tierra, una parcela de cinco hectáreas que ya ni siquiera logra alimentar a su familia, debido al deterioro de los suelos y al alto precio de las semillas, abonos y herramientas de cultivo.
Si la vende y se va, tendrá dinero en efectivo, pero perderá su casa y su terreno, que aunque pobre, algo de maíz puede darle. ¿El riesgo? Que lo ganado por la venta no le alcance ni para vivir ni para comer.
Si la conserva y se queda, no tendrá ingresos, pero al menos protegerá su patrimonio. ¿Los contras? Su salud puede resultar afectada por las fumigaciones y el consumo de alimentos contaminados por agroquímicos. Las enfermedades gástricas aumentan durante la siembra de soja y las respiratorias, durante la cosecha.
¿Qué harían ustedes?
Ella parece tenerlo claro: ‘Vender nuestras tierras no es la solución. Necesitamos propiedades y más y mejores recursos para sembrarlas. La parcela que no se siembra, se pierde’.
Pero luego duda y tras un silencio largo, añade: ‘bueno, en realidad creo que no tengo alternativa, lo mío no parece un dilema, sino una condena’.

Susana Arroyo es responsable de comunicación de Oxfam en América Latina. Tica de nacimiento, vive en Lima. Pide que cambiar el mundo nos valga la alegría, no la pena.

dijous, 19 de febrer de 2015

“La austeridad está provocando un severo problema de salud pública”

Entrevista publicada  El País

MARÍA JOSÉ FERNÁNDEZ SANMAMED, MÉDICO DE FAMILIA JUBILADA

La facultativa sostiene que demasiadas veces se tratan con fármacos dolencias causadas por las desigualdades sociales
María José Fernández Sanmamed. /JUAN BARBOSA

Ya han pasado 35 años desde el día en el que la doctora María José Fernández Sanmamed (Pobra do Caramiñal, A Coruña, 1951) subió por primera vez, recién acabada la especialidad de neumología en el hospital de Bellvitge, las empinadas escaleras de una humilde consulta de atención primaria en Santa Perpètua de Mogoda (Vallès Occidental). Empezaba a ejercer como médico de familia. Entonces, recuerda, sólo pensaba “en cómo harían los pacientes mayores para subir esas escaleras”.
La tradición familiar —su padre era médico— la empujó a la profesión, pero fue la vocación “por las personas” lo que la llevó a abanderar el oficio con el que tanto se llena la boca a pesar de haber estudiado otra especialidad: “Médico de cabecera de la gente”. Nueve meses después de jubilarse, Fernández Sanmamed repasa con dureza la situación de la sanidad catalana y sigue dando guerra en las plateas, defendiendo la importancia nuclear de la atención primaria y proponiendo ideas, como recetar a personas deprimidas por su situación socioeconómica la adhesión a entidades sociales en vez de atiborrarlos de antidepresivos.
“Los determinantes de la salud más importantes son sociales”
Autocrítica y contundente en su discurso, María José define su trabajo como “acompañar a los pacientes, no sólo en la enfermedad, sino en la vida y en el bien morir”. Durante los 20 años que estuvo en Santa Perpètua de Mogoda —los 15 años siguientes ejerció en Barcelona—, vivió la renovación de la atención primaria y la metamorfosis que estos cambios supusieron en la concepción de la medicina para los pacientes. “La gente ha ido perdiendo capacidad en sí misma y reflexión para saber qué le está pasando. Antes teníamos una narrativa basada en la experiencia y hoy es mucho más biomédica, basada en las pruebas diagnósticas y la medicación”, explica. Reconoce que “hay una petición de medicalizarlo todo” de los pacientes y asume su parte de culpa. “Se ha medicalizado la tristeza”, resume.
María José admite que durante la crisis se ha optado por medicar más de lo necesario dolencias cuya curación estaba lejos de los fármacos. “Los profesionales de la salud no hemos sido suficientemente claros al decir que la crisis, la austeridad y las contrarreformas han provocado un severo problema de salud pública”. Apunta que cada caso de depresión o tristeza relacionado con el contexto socioeconómico que llegaba a las consultas lo han ido solucionando sobre la marcha. “No estamos juntando la práctica con la teoría. Si hubiésemos estado teorizando y ahora juntando la práctica, estaríamos avanzando mucho en cómo intervenir. No hemos sabido salir de la inercia del discurso que llevábamos anteriormente”, apostilla.
“Prescripción social es recetar la visita a la PAH si hay estrés por la vivienda”
“Si los determinantes de la salud más importantes son sociales, las soluciones han de ser sociales”, repite. Y parece que por fin empiezan a llevarlo a la práctica. “Estamos poniendo en marcha grupos de reflexión y acción para ver cómo actuar de forma diferente con la gente que tienen síntomas y sufrimiento emocional por estrés, paro, crisis de vivienda… Dar una respuesta que no sea un fármaco. La prescripción social, que es recetar que visiten entidades como la PAH si tienen problemas de vivienda, o acudir a grupos de ayuda o de parados son algunas alternativas”, asegura.
A quien quiera oírla, en charlas y conferencias, en los editoriales que publica en revistas o en sus artículos científicos, María José alerta, “preocupada”, de la situación de la atención primaria. “Pese a que los sistemas sanitarios basados en una atención primaria fuerte son más eficientes, se están rebajando el concepto de la primaria”, advierte. Para ella, la accesibilidad al servicio, la atención a lo largo del tiempo y la coordinación con otros niveles son las bases, ahora en peligro, sobre las que se vertebra la atención primaria. “En los discursos no estamos olvidados, pero en la práctica sí. No hay más que ver los presupuestos”, critica. Y para muestra, un botón: en su CAP se jubiló ella y otra compañera, “y sólo han cubierto una de las plazas”, apunta indignada.
Hasta el último día de consulta, María José mantuvo su máxima de “acompañar en el proceso del buen morir” a sus pacientes. Ya muy lejos de ese piso de escaleras empinadas en el que comenzó su periplo, la doctora recuerda que, poco antes de jubilarse, cuando certificó el fallecimiento de una paciente mayor a la que había acompañado en los últimos años, sintió una profunda tristeza. “No entendía por qué me sentía así si yo estaba acostumbrada a vivir eso. Luego comprendí que estaba haciendo el duelo por mi profesión. Era mi último acompañamiento a la muerte”.


dilluns, 16 de febrer de 2015

A vueltas con el empleo

Article publicat a  Público 
Isabel Serra
Miembro de la candidatura Podemos Ganar Madrid
Mario Rísquez
Miembro de econoNuestra
Un viejo chiste cuenta la historia de un borracho que volvía a su casa de noche cuando perdió sus llaves y comenzó a buscarlas. Como no veía nada por la oscuridad, se puso a mirar bajo una farola, lejos del lugar en que las había perdido. Un individuo que andaba cerca y había presenciado tal escena, le preguntó por qué las buscaba allí y no en el sitio adecuado, a lo cual el borracho respondió que bajo la farola había luz. Pues bien, cuando hablamos de empleo, la disparidad de fuentes, y el volumen de datos y su tratamiento rodean al análisis de cierto oscurantismo, y es el discurso oficial el que nos trata de poner el foco y señalarnos donde tenemos que mirar. Bajo la luz de la farola, y a raíz de los datos de la EPA sobre el último cuatrimestre del 2014, lo que se nos dice es que la recuperación económica y la creación de empleo es inminente e imparable, que estamos en la buena dirección.
Se nos habla de que el paro se reduce. Sin embargo, los datos del INE nos dicen que desde el primer trimestre de 2008, el número de parados se ha multiplicado por dos veces y medio, hasta cerrar el 2014 en una cifra de 5.457.700. Desde el último trimestre de 2011, cuando el gobierno de Rajoy alcanzó la mayoría absoluta en las elecciones del 20 de noviembre, se han destruido 558.000 puestos de trabajo. Desde finales de 2012 vemos como el gobierno presume de que el paro ha bajado en algo más de medio millón de personas. Si nos quedáramos aquí, podríamos concluir que, efectivamente, el gobierno está desarrollando las políticas adecuadas para generar empleo de calidad; pero no es así.
En primer lugar, las cifras nos dicen que pese a la caída en el número de parados en algo más de medio millón, desde finales de 2012 solo ha crecido el número de personas ocupadas en unas 250.000 personas, algo menos de la mitad. Lo que quiere decir que buena parte de la reducción del número de parados no se ha debido a la generación de puestos de trabajo, sino que aproximadamente la mitad, o bien han dejado de buscar activamente empleo, o se han marchado del país, o pueden también haberse jubilado. En segundo lugar, si nos atenemos al indicador que con mayor rigurosidad nos revela si está aumentando o no la actividad económica, es decir, la evolución del número de horas trabajadas, este nos señala una tendencia paulatinamente descendente desde el comienzo de la crisis, y un estancamiento desde finales de 2012. En base a este indicador podríamos decir que no se está trabajando más horas en el agregado de la economía española.
¿Cómo es posible que los datos de la EPA hablen de creación de puestos de trabajo y, sin embargo, el número total de horas que el conjunto de la población ocupada trabaja no crezcan? Es sencillo: desde que la reforma laboral del 2012 abarató el despido y fomentó las formas de contratación precarias, el empleo a tiempo parcial y el empleo temporal no han dejado de crecer en relación al empleo indefinido y completo.
Desde 2008, aproximadamente 9 de cada 10 nuevos contratos firmados han sido temporales. Y desde 2012, el porcentaje de los nuevos contratos firmados de carácter temporal respecto de los indefinidos es del 92% para los primeros, y tan solo un 8% para los segundos, situándose la duración media de los contratos temporales en 2014 en torno a los 53 días. Pero la temporalidad va realmente más allá: la diferencia entre tener un contrato temporal y uno indefinido es cada vez más insignificante y las garantías que reportaba tener un contrato del segundo tipo desaparecen. Resulta que la rotación en el empleo indefinido es cada vez más alta, y que en 2014, para que se creara un nuevo puesto de trabajo fijo hizo falta que se firmaran 1,42 contratos indefinidos.
Además, se crean puestos de trabajo simplemente sustituyendo a trabajadores a tiempo completo por trabajadores a tiempo parcial, de modo que el número de puestos de trabajo a tiempo indefinido se han reducido casi un 20% desde el inicio de la crisis, mientras que el de contratos a tiempo parcial han aumentado algo más de un 15% desde 2008. Este “reparto” de las horas trabajadas entre un cada vez mayor número de personas empleadas es lo que se conoce como el fenómeno del “milagro alemán” que se derivó de las reformas laborales puestas en marcha en la década de los 2000. En Alemania la tasa de empleo a tiempo parcial se sitúa en un 26,7% en el año 2014, llegando hasta un 46% en el caso de las mujeres.
Lo cierto es que la idea de “reparto del empleo” ha sido y es una reivindicación clásica a la que muchas y muchos nos sumamos, aunque prefiramos hablar de reparto de todos los trabajos y no sólo de los que son hoy remunerados. El problema es, en este caso, que este reparto de las horas trabajadas se ha convertido en un descenso de los ingresos para las mayorías sociales debido a una fuerte contención salarial, tanto en Alemania como aquí. Tanto, que aquí el salario medio de una persona que tenga un empleo a tiempo parcial se sitúa en torno a 10.000 euros anuales, mientras que el de los contratos a tiempo completo superan los 26.000 euros al año de salario medio.
La precarización de las condiciones de empleo, ligada al aumento de formas de contratación sin seguridad que no permiten obtener los ingresos necesarios para llevar una vida en condiciones dignas, está suponiendo que el fenómeno de los trabajadores pobres se convierta en una realidad normalizada: en el año 2012 un 12,3% de personas ocupadas tenían un ingreso que les situaba por debajo del umbral de la pobreza.
No podía ser de otra manera si tenemos en cuenta el aumento de la dispersión salarial y, por tanto, de la desigualdad. La variación en el salario medio de los distintos deciles por nivel de ingreso nos dice que los más bajos han disminuido – cerca de un 17%- desde 2008 mientras que los más altos sí han aumentado – cerca de un 10% para los deciles 7 y 8-. Tal es la diferencia que en el año 2014 el salario medio pasa de 414 euros para el decil más bajo a 4574 euros en el más alto – ha aumentado en casi un 30% la diferencia entre ambos deciles desde el inicio de la crisis -.
Estos datos nos muestran la realidad de una situación que está muy lejos de una recuperación para las mayorías sociales. Parece que tendemos hacia un mercado de trabajo cada vez más similar al alemán en muchas características fundamentales, con tasas de empleo a tiempo parcial y temporal altísimas, y con enormes niveles de precariedad e inseguridad, pero además, con la retirada del Estado a la hora de asegurar derechos sociales. Y detrás de los datos, hay historias de personas que necesitan una respuesta urgente, pero una respuesta que al mismo tiempo pueda dar resultados estables y de mejora en el futuro para una salida de la crisis efectiva. Necesitaremos ser más y más quienes plantemos cara a las políticas de austeridad de la Troika contra las que hoy Grecia está siendo la avanzadilla; las mayorías sociales precarias que tanto en el norte como en la periferia necesitamos construir otra Europa.
Hace apenas unos días, el ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, hacía la siguiente reflexión en una entrevista dirigida al público de habla germana: “En Europa predomina la extrañísima idea de que todas las cigarras viven en el Sur y todas las hormigas, en el Norte. Cuando, en realidad, lo que tienes son hormigas y cigarras en todas partes”. Al calor de la crisis se ha construido un relato culpabilizando y enfrentando a las hormigas del Norte y del Sur, contándoles que en el Sur solo vivían cigarras. “Así, la Unión Europa comenzó a fragmentarse, y el alemán medio odia al griego medio, el griego medio odia al alemán medio. No tardará el alemán medio en odiar al alemán medio, y el griego medio en odiar al griego medio”.