dimecres, 26 d’abril de 2017

Las élites sonámbulas

Article publicat a El País

El desarrollo europeo arroja a millones de personas en brazos de fuerzas antisistema

El euro ha dejado de ser un juego de suma positiva en el que todos ganan, para convertirse en un juego de sumo cero en el que lo que ganan unos (Alemania y su glacis) lo pierden otros (los países sureños, en especial Grecia, el auténtico laboratorio del doctor Mengele de las políticas de austeridad expansiva que, todavía hoy, se siguen aplicando allí). Emergen nuevas fracturas entre el centro y la periferia, los acreedores y los deudores,…de tal manera que ahora no está en cuestión tan sólo la irracionalidad del diseño inicial de la Unión Económica y Monetaria sino el propio modelo del euro, que ha entrado en un círculo de desconfianza en sí mismo.
Desconfianza que se extiende a quien lo gestionan y dirigen, esas “élites sonámbulas”, como las ha denominado alguien, que actúan de manera automática y que dan síntomas constantes de conformismo. Acaban de celebrar los primeros sesenta años de la UE sin que de sus reuniones hayan salido más que buenas palabras y la necesidad de esperar a lo que ocurra con el voto de los franceses y los alemanes. Esperar, esperar,…, mientras una buena parte de la ciudadanía observa con estupor que con el euro se crece menos que sin él, que ha aumentado el paro, que la precarización es estructural y que cada vez está más en peligro la universalidad del Estado de Bienestar, gran patrimonio europeo.
¿Qué fue de la unión bancaria, de la tasa Tobin, del pilar social en igualdad de condiciones con los otros tres pilares europeos (el comunitario, el de justicia y el de política exterior y de seguridad común)? ¿Se podrá discutir en algún momento con libertad si la aportación alemana al carácter claramente asimétrico del desarrollo de la eurozona ha conseguido que empeoren las cosas? ¿Convirtió esa aportación intelectual de Merkel y Schäuble lo que podía haber sido una crisis del montón en una crisis mayor del capitalismo con sus recetas equivocadas?

dimarts, 25 d’abril de 2017

Decrecimiento y Renta Básica en tiempos de cambio climático


Conferencia sobre Decrecimiento y Renta Básica Universal

(Conferencia en inglés con traducción al castellano)
Ponente:
Michael Howard, Profesor de Filosofía en la Universidad de Maine. Ha publicado recientemente Exporting the Alaska Model: Adapting the Permanent Fund Dividend for Reform Around the World (junto con Karl Widerquist). Es coordinador nacional de la Basic Income Guarantee Network de los Estados Unidos, co-editor de Basic Income Studies, y miembro activo de la Scholars Strategy Network, el Peace and Justice Center of Eastern Maine, y del Citizens’ Climate Lobby

Dia: 27 de Abril a las 18,30h.
Lugar: Centre Cívic Cotxeres Sants, Sala de  Conferències
C/ de Sants, 79, 08014 Barcelona

dilluns, 17 d’abril de 2017

“Una buena idea sería ralentizar la automatización. ¿Qué prisa tenemos?”

Article publicat a El País

El profesor emérito de Política Económica en la Universidad de Warwick cree que "la tecnología "va una velocidad enorme y es más destructiva”

El economista británico, Robert Skidelsky
El economista británico, Robert Skidelsky
Robert Skidelsky cree que la profecía que John Maynard Keynes lanzó en Madrid en 1930 de que los nietos de su generación trabajarían 15 horas semanales puede cumplirse con la revolución tecnológica. Este economista y lord británico, nacido en Manchuria en 1939, autor archipremiado por la biografía del gran economista inglés, piensa que esta vez los cambios que trae la digitalización no van a generar más empleo: “Va a una velocidad enorme y es mucho más destructiva [que anteriores avances tecnológicos]. Además, está penetrando en muchas ocupaciones y tareas mentales. Antes, en la revolución industrial era solo un suplemento físico. El coche es una mejora sobre el caballo, pero es un sistema de transporte y es solo un servicio para la actividad humana. Ahora [con la inteligencia artificial] mucho empleo cognitivo y mental de la clase media puede ser automatizado. No hay barreras ni obstáculos”.
Desarrolla sus ideas en una conversación en el patio de la cafetería de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra, donde este diario ha viajado invitado por el organismo internacional. Acaba de dar la conferencia inaugural del evento El Futuro del Trabajo organizado los pasados 6 y 7 de abril por la OIT, inmersa en un proceso largo y ambicioso de reflexión sobre hacia dónde se dirige el mundo laboral con la revolución tecnológica y la globalización que culminará en 2019, cuando este organismo tripartito (Gobiernos, sindicatos y empresarios) cumpla 100 años de existencia.
Está tan convencido de que esta vez la tecnología sí que va a destruir empleo que afirma que los luditas —los seguidores de Ned Lud que en el siglo XIX destruían máquinas porque temían perder su empleo— “no estaban completamente equivocados”. Entonces “hubo un gran aumento del desempleo”. Pero “en la segunda mitad del siglo XIX 30 ó 40 millones de europeos fueron a tierras deshabitadas del nuevo mundo. Los españoles fueron a Sudamérica y los ingleses y los alemanes a Norteamérica. Dónde van a ir ahora los desocupados”.
La velocidad a la que van los cambios ahora es una de los argumentos que repite. Y afirma: “La idea de ralentizar la automatización sería una buena idea. ¿Qué prisa tenemos?”.
Cree que ha llegado el momento de pensar qué hacer cuando baje el número de horas de trabajo: “La gente quiere trabajar, pero no cualquier número de horas. Tú puedes encontrar sentido a la vida sin trabajar 60 horas a la semana”, prosigue. “Necesitamos ser útiles, sentirnos útiles. El trabajo por un salario ha sido la forma tradicional en que la gente ha contribuido, pero hay otras formas”. Aunque admite, como ya había apuntado ante el auditorio, que en este argumento hay un problema: “La gente prefiere trabajar menos, pero siempre que no gane menos”. No obstante, rechaza que esto sea porque “las personas sean insaciables” sino por —y aquí toma una idea de otro gran economista del siglo XX, John K. Galbraith— el papel de la publicidad y su estimulo del consumo.
Y si la gente trabaja menos y cobra menos por ese trabajo, ¿cómo sustituir esos ingresos? “Una renta básica universal daría a la gente la posibilidad de elegir cuánto trabajar”. Mentar este argumento en la OIT, en su sede central, no es inocuo. Recibir un ingreso, “independientemente” de la renta o la edad, sin haber trabajado para recibir ese derecho, abriendo la posibilidad a pagar salarios más bajos o a desplazar determinados costes de la precariedad al erario público no suele gustar en una de las tres partes que componen la organización, los sindicatos, de la que procede su actual director general, el británico Guy Ryder. De hecho, este último se revolvió incómodo cuando en broma, jugando con su idea, el profesor emérito de Política Económica de la Universidad de Warwick propuso añadir al nombre de la organización la palabra “ocio”.
La financiación de esta puede salir “de una combinación de crecimiento y redistribución”. Porque Skidelsky ya no es partidario de un impuesto sobre los robots: “Es una idea atractiva, pero tiene la dificultad de decidir qué es un robot, que es humano y qué es un sistema mixto”.

 

dijous, 6 d’abril de 2017

¿A qué clase media pertenece usted?

Article publicat a El País

 Las agendas divergentes entre países ricos y pobres están creando importantes fricciones

El líder ultraderechista holandés, Geert Wilders. AFP
Hace seis años escribí esto: “La principal fuente de los conflictos venideros no van a ser los choques entre civilizaciones, sino las expectativas frustradas de las clases medias que declinan en los países ricos y crecen en los países pobres”.
Mi argumento en ese entonces —y que ahora se ha confirmado— es que las clases medias en Estados Unidos, Europa y otros países de mayores ingresos verían empeorar su estándar de vida, mientras que en China, Turquía, Colombia y otros países emergentes la situación económica de los más pobres mejoraba. En ese mismo artículo señalé que tanto el aumento como la disminución de los ingresos generan expectativas que alimentan la inestabilidad social y política. La sorpresa, por supuesto, es que el aumento de los ingresos de la gente en los países pobres sea una fuente de inestabilidad. Más abajo vuelvo sobre esta paradoja. En ese artículo de 2011 también alerté de que “inevitablemente, algunos políticos en los países avanzados aprovecharán este descontento para culpar del deterioro económico al auge de otras naciones”. Y finalicé pronosticando que las consecuencias internacionales de este choque de clases, que entonces no eran obvias, acabarían siéndolo.
Bueno… lamentablemente, ya lo son.
En estos tiempos de Brexit, Donald Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Podemos y otras sorpresas políticas proliferan los análisis que intentan descifrar las fuerzas que nutren “La Gran Furia”, ese profundo descontento que lleva a los votantes a escoger a quien sea con tal de que no se parezca “a los de antes”. La globalización, la inmigración, la automatización, la desigualdad, el nacionalismo y el racismo son solo algunas de las causas que más comúnmente se mencionan para explicar “La Gran Furia”. Pero me ha llamado la atención que los análisis no incluyen en su explicación lo que está sucediendo en Asia, América Latina o África. Una vez más, la narrativa dominante trata como si fuera mundial un fenómeno regional que ocurre principalmente en Norteamérica y en el Viejo Continente.
Los análisis ignoran que la clase media, esa que en Europa y EE UU está luchando para no perder su preeminencia económica, social y política está en pleno apogeo en el resto del mundo. Para una familia en India que, por primera vez, tiene ingresos que le permiten tener medicinas, casa, coche, televisión, teléfonos inteligentes y algo de ahorros, la defensa de la supremacía blanca que en EE UU motivó a muchos a votar por Donald Trump resulta ininteligible.
El apogeo de la clase media en países pobres es la principal revelación de un importante estudio que acaba de ser publicado por Homi Kharas, uno de los más respetados estudiosos de la cuestión. Sus cálculos indican que hoy 3.200 millones de personas forman parte de la clase media en el mundo, es decir el 42% de la población total. Para estos cálculos, los investigadores e instituciones como el Banco Mundial definen como clase media a las personas con ingresos diarios de entre 11 y 110 dólares al día. Este segmento ha venido creciendo rápidamente, pero a diferentes ritmos. Mientras que en Estados Unidos, Europa y Japón crece anualmente al 0,5%, en China e India suma un 6% cada año.
Globalmente, la clase media aumenta 160 millones de personas al año y de seguir a este ritmo, en pocos años, la mayoría de la humanidad vivirá, por primera vez en la historia, en hogares de esta categoría. Si bien las clases medias son hoy más numerosas que nunca en países como Nigeria, Senegal, Perú o Chile, su expansión es un fenómeno primordialmente asiático. Según Kharas, la abrumadora mayoría (¡el 88%!) de los 1.000 millones de personas que formarán parte de este estrato en los próximos años vivirá en Asia.
El impacto económico de todo esto es enorme. El consumo de la clase media en países de menores ingresos crece al 4% anual y ya equivale a un tercio del total de la economía global.
Naturalmente, los cambios que está experimentando la clase media tiene importantes consecuencias políticas. En Europa y EE UU estas consecuencias ya las vemos en los resultados de las elecciones, los referendos y en la proliferación de improbables candidatos que promueven agendas inéditas. En los países de menores ingresos, en los cuales la clase media crece a gran velocidad, también crecen rápidamente las expectativas y exigencias. Estos nuevos protagonistas sociales más tecnológicamente conectados, con más poder adquisitivo, más educación, más información y más conciencia de sus derechos son una fuente de inmensas presiones sobre gobiernos que no tienen la capacidad de satisfacer esas expectativas.
La clase media de los países ricos se siente amenazada y va a exigir a sus gobiernos acciones y resultados que mantengan sus estándares de vida históricos. Al mismo tiempo, la clase media de los países emergentes está más esperanzada que nunca y luchará para que su progreso continúe.
Como ya lo estamos viendo, estas agendas políticas divergentes son el origen de importantes fricciones internacionales. Y lo seguirán siendo.

dimecres, 5 d’abril de 2017

"Los bancos controlan el sistema político y el sector financiero se ha separado de la democracia"

Article publicat a El Diario.es
ENTREVISTA | Ann Pettifor
"Hay que negar a las empresas globales el acceso a los tribunales financiados por los contribuyentes mientras no paguen impuestos", dice la autora de 'La producción del dinero: cómo acabar con el poder de los bancos'
"En EEUU amplios sectores de la clase obrera se suicida, es drogadicta y se muere temprano. No me sorprende que votasen por Donald Trump".
La economista aboga por obligar a repatriar el dinero offshore y a imponer controles de capitales
Ann Pettifor, economista especializada en finanzas y deuda soberana. Su último libro es La Producción del Dinero.
Ann Pettifor, economista especializada en finanzas y deuda soberana. Su último libro es La Producción del Dinero. JON BARANDICA
Ann Pettifor es conocida por su trabajo sobre la deuda soberana de los países más pobres, y el crecimiento de la deuda en la OCDE. Lideró la organización Jubilee 2000 que consiguió una condonación sustancial de la deuda de los países más pobres y cambios en las políticas nacionales e internacionales. Es autora de varios libros sobre economía política. La entrevistamos en Madrid con motivo de la presentación de su último libro, La producción del dinero: cómo acabar con el poder de los bancos (Ed. Los Libros del Lince).
En la introducción escribe que su objetivo es hacer el dinero y las finanzas accesibles, sobre todo para mujeres y ecologistas. ¿Qué espera lograr a través de ellos?
Las mujeres se llevan la peor parte de las malas políticas económicas, porque no son influyentes dentro del sistema monetario. Tiende a ser un juego de hombres, y eso tiene que cambiar. Su ignorancia del funcionamiento del sistema hace la situación más difícil para ellas. También significa que no hay un reto efectivo al sistema.
Los ecologistas piensan en el ecosistema sin pensar en cómo el sistema monetario alimenta el consumo, que a su vez alimenta las emisiones tóxicas. La expansión masiva del consumo desde la década de 1970 ha tenido un impacto sobre el ecosistema. Y no nos fijamos en algo que es causal, el dinero fácil, pero caro. Entonces no entendemos que hemos pasado de un sistema monetario bien regulado a uno donde cualquiera podía tener una tarjeta de crédito e ir de compras.
¿Puede explicar el dinero fácil y caro frente al dinero escaso y barato?
Lo tengo muy claro, en parte debido a mi experiencia con la deuda soberana. Lo que sucedió a los países pobres fue que sus administraciones impagaron su deuda. Los acreedores que se hicieron con la deuda, en el momento del incumplimiento, acumularon nuevos intereses. Muchos deudores soberanos iban al Club de París y descubrían que tenían “deudas fantasma” de las que no sabían, debido a los tipos de interés.
El dinero fácil sencillamente se asigna sin regular, para especular, sin preguntas. El dinero caro es el que tiene un precio alto. Suscribo la opinión de John Maynard Keynes de que en promedio, históricamente, las empresas en su conjunto tienen beneficios de alrededor de un 3% anual, y si los tipos de interés son más altos la deuda se hace impagable. Es absolutamente crítico que los tipos de interés se mantengan bajos.
Todo el mundo habla del entorno de tipos bajos de interés desde la crisis. No creo que los hayamos tenido. Sí ha sido así para instituciones financieras que pueden pedir prestado a bancos centrales. Las empresas pagan tipos mucho más altos que el tipo bancario, que es casi irrelevante para la economía real. Cuando la inflación ha sido efectivamente negativa, los tipos de interés son altos en términos reales.
Me fascina que los tipos de interés de alguna manera se han desconectado del negocio de prestar. En el mercado de derivados de tipos de interés, el tipo se ha convertido en una cosa en sí misma, casi independiente. Al comienzo de la crisis, en agosto de 2007, los bancos dejaron de prestarse entre sí, pero todavía había especulación sobre el Libor.
¿Qué determina el tipo de interés real?
Cada tipo de interés se determina individualmente en una relación social entre el deudor y el acreedor. No existe tal cosa como un tipo de interés natural. Hay un tipo del banco central determinado por un comité de hombres y mujeres. Ciertamente no depende de la demanda o la oferta de dinero. Como argumentaba Keynes, el tipo de interés se determina por la demanda de activos, no por la demanda de ahorro. En este momento hay escasez de activos contra los que pedir prestado, por lo que su precio ha aumentado. Los gobiernos no han producido la suficiente deuda soberana, que es uno de los activos más valiosos y fiables.
Esto va en contra de la austeridad y la consolidación fiscal. ¿Qué piensa sobre la hacienda pública?
El crédito no es dinero-mercancía, es dinero bancario, a menudo sólo digital. Se crea de la nada. Los prestatarios son fundamentales para la oferta de dinero y ahorro en la economía. Como funciona el sistema es: un prestatario solicita un crédito, se le concede en forma de depósito, que puede utilizarse como ahorro. No se empieza con ahorro. Para tener más ahorro en la economía necesitamos más deuda.
El prestatario más fiable es el gobierno. Y que el gobierno no pida prestado, en un entorno en el que el sector privado a) está demasiado endeudado para pedir prestado; y b) también carece de confianza para ello, ha creado una escasez de deuda. Los fondos de pensiones la necesitan para sus inversiones a largo plazo. Cuando el gobierno gasta, la cuestión no es la acumulación de la deuda. La cuestión es que gasta en la economía real y beneficia al sector privado. El gobierno genera los ingresos necesarios para luego generar ahorros, y luego más inversión y más ingresos.
Describe la creación del crédito bancario como algo político, y no una función de mercado.
Es una función social y muy politizada ahora. Hay control político sobre ello, y los bancos a su vez controlan el sistema político. El sistema bancario es un sistema de relaciones sociales entre los que tienen unos derechos y los que tienen la obligación de satisfacer esas demandas. Este sistema de activos y pasivos es el sistema monetario. Es un sistema de relaciones sociales que una pequeña élite ha capturado. Que el sector financiero se haya separado de la democracia reguladora y opere en la estratosfera ha politizado todo el proceso, porque el público es consciente de irregularidades, corrupción, y sobre todo de que muchos se enriquecen sin esfuerzo extrayendo rentas. Y esto causa las insurgencias que hemos visto.
¿Qué solución sugiere?
En primer lugar tiene que haber voluntad política de subordinar los intereses del sector financiero a los de la sociedad. Las empresas globales no puedan operar más allá de los límites de la democracia reguladora. Las políticas se aplican dentro de unas fronteras, tienen ciertos límites democráticos. El dinero detesta las fronteras. El sector financiero tiene que repatriarse y operar dentro de los límites reglamentarios de las democracias. Puede que sea demasiado tarde. Ya hay una insurgencia tan seria contra las finanzas globalizadas que soy bastante pesimista.
La segunda cosa importante es que, como muchos otros, me gustaría ver restaurada el equivalente de la ley Glass-Steagall (que en EEUU separaba la banca de inversión de la banca comercial).
Pero me gustaría ver a los gobiernos utilizar su poder de negociación. Estas grandes compañías globales quieren separarse de la democracia reguladora, y sin embargo poder personarse en los tribunales de las democracias para hacer cumplir contratos. Les podemos negar el acceso a los tribunales financiados por los contribuyentes, en tanto no paguen impuestos.
Esto enlaza con los tribunales de arbitraje inversor en tratados como CETA y TTIP.
Que están diseñados para estar fuera del control de la democracia. Karl Polanyi argumentaba que, si los mercados deciden ir más allá de los límites de la democracia reguladora, el pueblo se rebela casi al mismo tiempo, debido a que este proceso los empobrece. En Estados Unidos [Anne] Case y [Angus] Deaton muestran que amplios sectores de la clase obrera se suicida, es drogadicta y se muere temprano. Se debe a la desesperanza provocada por la determinación de estas fuerzas del mercado de desligarse de la democracia, y luego castigar a la población. La gente no lo puede soportar y se revuelve rápidamente. No me sorprende que votasen por Donald Trump.
¿Qué reforma monetaria necesitamos?
Ya he tocado la repatriación del capital offshore. Estoy a favor del control de capitales, porque los bancos centrales han perdido el poder de regular los tipos de interés sobre todo en el espectro de préstamos. La teoría de Keynes de la preferencia de liquidez muestra que la demanda de activos en todo el espectro puede satisfacerla el gobierno emitiendo deuda a varios plazos. Y cumple con diferentes motivos: el especulativo, el de ahorrar, o el de recuperar el dinero rápidamente.
Me gustaría que los bancos centrales gestionasen activamente los tipos de interés en todo el espectro de préstamos dentro de las economías nacionales. Para eso no se puede permitir a los flujos de capital transfronterizos subvertir la gestión de los tipos de interés dentro de la economía nacional. Ése fue su gran idea, y ha sido firmemente enterrada por la profesión económica. Pero es esencial para la reactivación de la economía y para luchar contra el cambio climático, porque necesitaremos gran cantidad de fondos. Tendremos que financiar una sorprendente transformación de toda la economía para apartarla de los combustibles fósiles. Y esta financiación no puede ser cara.
Para mí se trata de control de capitales, la preferencia de liquidez, y herramientas macroprudenciales. Hélène Rey, una economista distinguida y ortodoxa, ha discutido con los bancos centrales que deben gestionarse los flujos de capital transfronterizos. Puede terminar siendo asesora del señor Macron (candidato a la presidencia de Francia), así que podemos ver algún progreso. No sólo se llega a esto desde una perspectiva keynesiana. También los ortodoxos están empezando a darse cuenta de que la movilidad del capital es increíblemente desestabilizadora y desencadena insurgencias.

divendres, 31 de març de 2017

Decrecimiento y Renta Básica en tiempos de cambio climático

Conferència organitzada per revo prosperidad sostenible

Conferencia sobre Decrecimiento y Renta Básica Universal
Ponente:
Michael Howard, Profesor de Filosofía en la Universidad de Maine. Ha publicado recientemente Exporting the Alaska Model: Adapting the Permanent Fund Dividend for Reform Around the World (junto con Karl Widerquist). Es coordinador nacional de la Basic Income Guarantee Network de los Estados Unidos, co-editor de Basic Income Studies, y miembro activo de la Scholars Strategy Network, el Peace and Justice Center of Eastern Maine, y del Citizens’ Climate Lobby

Dia: 27 de Abril a las 18,30h.
Lugar: Centre Cívic Cotxeres Sants, Sala de  Conferències
C/ de Sants, 79, 08014 Barcelona

¿Por qué la eficiencia energética sigue estando mal entendida?

Artile publicat a Ent INNOVACIÓ AMBIENTAL AL SERVEI DE LA SOCIETAT

Jaume Freire | ENT – Harvard University

La eficiencia energética está mal entendida por muchos responsables políticos, a pesar de la gran cantidad de estudios científicos que tratan de explicar cómo funciona a nivel micro y macroeconómico. A nivel político, el efecto de las políticas de eficiencia energética se calcula principalmente mediante el uso de cálculos de ingeniería. Por ejemplo, supongamos que el gobierno inicia un plan de inversión para mejorar el aislamiento de los hogares. Esta medida contribuirá a mejorar la eficiencia en el suministro de calefacción y refrigeración (también conocidos como servicios energéticos), será necesario un menor esfuerzo para proporcionar el mismo nivel (cantidad y/o calidad) de estos servicios energéticos. Los técnicos de los ministerios o agencias responsables de la medida estiman aproximadamente su eficacia en términos del nuevo consumo de energía, estimando la cantidad de material aislante adquirido con los fondos y el aislamiento proporcionado por este material en un entorno controlado. Estas estimaciones se aproximarían a lo que realmente sucede si estuviéramos hablando de una única vivienda atemporal y sin vida inteligente viviendo en su interior. Sin embargo, las ciencias sociales nos muestran que este no es el modo en que funciona.
Los estudios teóricos y empíricos demuestran que la instalación de material aislante (o cualquiera que sea la medida de eficiencia inducida) provoca cambios que a su vez provocan reacciones en la gente. Hay un comportamiento individual y social más allá de los modelos de ingeniería. En primer lugar, el servicio energético (calefacción, refrigeración, etc.) se vuelve más barato. Algunos hogares preocupados por el costoso precio de este servicio ya no lo están tanto. En estos hogares quizás anteriormente se apagaba el sistema de calefacción o refrigeración durante la noche o en otros intervalos temporales específicos, o tal vez dejaban de aclimatar algunas habitaciones. Puede que ahorren algo de energía, pero no tanto como se había estimado inicialmente. Además, aunque mantengan los mismos patrones de consumo anteriores a la mejora de eficiencia, ahora, estos hogares ahorran dinero.
Si queremos ir más allá en el análisis del comportamiento económico y social, nos daremos cuenta de que hay un ingreso extra en los hogares. Los hogares pueden gastar este ingreso adicional en comprar bienes y servicios o pueden ahorrarlo. Ambas opciones conducen a un aumento del consumo global de energía. Los bienes y servicios necesitan energía para ser producidos, distribuidos y consumidos, y los bancos (o el sistema financiero en general) transforman el ahorro en inversiones, préstamos, hipotecas y otros activos que también involucran bienes materiales y servicios, y que por lo tanto, requieren energía en toda la cadena de producción y consumo.
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Esto es lo que se conoce como efecto rebote entre economistas y científicos sociales. Hay un gran consenso sobre su existencia, el debate gira en torno su magnitud. Los gobernantes deben ser conscientes de este efecto, y realizar evaluaciones más rigurosas y completas sobre las medidas de eficiencia energética que se llevan a cabo. Este efecto se puede controlar con medidas adicionales si se quiere reducir el consumo de energía luchar contra el cambio climático de manera efectiva. Una fiscalidad de la energía progresiva y correctamente diseñada podría reducir el consumo global de energía y a su vez luchar contra la pobreza energética, permitiendo cierto efecto rebote para los hogares más desfavorecidos cuando se aplican medidas de eficiencia energética.
REFERENCIAS
Font Vivanco, D., McDowall, W., Freire-González, J., Kemp, R., van der Voet, E., 2016. The foundations of the environmental rebound effect and its contribution towards a general framework. Ecological Economics 125, 60–69.
Freire-González, J., Puig-Ventosa, I., 2015. Energy Efficiency Policies and the Jevons Paradox. International Journal of Energy Economics and Policy 5(1), 69–79.
Jevons, W. S., 1865. The Coal Question. London: Macmillan and Co.
Ruzzenenti, F., Basosi, R., 2008. The rebound effect: An evolutionary perspective. Ecological Economics 67, 526–537.
Saunders, H.D., 1992. The Khazzoom-Brookes Postulate & Neoclassical Growth. The Energy Journal 13(4), 131–148.

dilluns, 27 de març de 2017

¿ Podemos substituir el petróleo por ahorro y energía renovable?

Debat organitzat per l'associació revo prosperidad sostenible

3ª Charla /debate 

3ª Charla /debate ¿ Podemos substituir el petróleo por ahorro y energía renovable?

Ponentes:
Antonio Turiel, fisico, matemático, investigador del CSIC y responsable del blog “The Oil Crash”
Jordi Parés, ingeniero y experto en energías renovables
Dia: 20 de Abril a las 18,30h.
Lugar: Pati Llimona, Sala Joan Maragall
C/ Regomir 3,  Barcelona

dilluns, 20 de març de 2017

5 Razones por las que la izquierda debe olvidarse del crecimiento económico

Article publicat al web  Decrecimiento
Jaime Nieto - Nueva Revolución

Aunque el Banco Central Europeo tiene como principales objetivos garantizar el crecimiento económico y la estabilidad de precios, suele anteponer la segunda a la primera. En este contexto, parece más justificada que nunca la defensa de las políticas de crecimiento de inspiración keynesiana por parte de la izquierda. Estas políticas, responsables de la “Edad de oro” del capitalismo (1945-1973) construyeron los cimientos del Estado del Bienestar que comenzaron a erosionarse tras la oleada neoliberal de los años 80. En la actualidad, los continuadores de este nefasto legado arrecian en la demolición del Estado del Bienestar  argumentando que no es sostenible. Sin embargo, si no queremos perder esta batalla, debemos empezar a reconocer que son el propio capitalismo y la sociedad industrial las que no son sostenibles. El conocimiento acumulado durante el último medio siglo, en especial tras la publicación deLos límites del crecimiento (1972) revela que el crecimiento no era más que un atajo. Hoy sabemos que este atajo no solo no es posible, sino que ni siquiera es necesario para lograr una economía justa. Por ello, en este artículo propongo 5 razones por las que los agentes políticos progresistas deberían renunciar al crecimiento y abrazar otros planteamientos para armar la alternativa ante el ocaso de la revolución neoliberal.
  1. Más crecimiento no supone mayor bienestar.

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En efecto, a partir de cierto umbral que suele situarse en torno a los 10.000-15.000$ per cápita, el crecimiento económico no es capaz de elevar el nivel de bienestar. El gráfico superior relaciona PIB per cápita (eje horizontal) y bienestar subjetivo (eje vertical), lo que podría tacharse de una evidencia “no objetiva”. Sin embargo, existen gráficos similares para el Índice de Desarrollo Humano (IDH) u otros índices “objetivos” como elÍndice de Progreso Social. En definitiva, parece absurdo que los países ricos sigan empeñados en aumentar su PIB si ya cruzaron el umbral a partir del que ya no es capaz de repercutir en el bienestar social.
  1. ¡Es mejor redistribuir!

Precisamente lo que nos indica el punto anterior es que hay ingentes cantidades de PIB sobrante en los países ricos que sí podrían ayudar a mejorar el bienestar en los países pobres. Es más, hay ingentes cantidades de PIB sobrante en los percentiles más ricos de la población que sí podrían ayudar a mejorar el bienestar de la mayoría social. No solo eso, sino que como se puede ver en el gráfico inferior, no existe correlación (ni positiva ni negativa) entre la desigualdad (medida a través del índice de Gini) y el PIB per cápita. Por lo tanto, el crecimiento por sí solo no representa una mejora para la mayoría social. Por último, el PIB no es más que la suma de las rentas del trabajo y las rentas del capital*, por lo que es vital conocer cómo se distribuye el crecimiento. Por ejemplo, el artificial crecimiento de España en los últimos años ha ido a parar mayoritariamente a las rentas del capital en detrimento de los salarios. No perdamos de vista las prioridades.

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  1. El crecimiento económico contra el cambio climático.

Existe abundante evidencia de que el crecimiento económico está positivamente correlacionado con el incremento de la contaminación atmosférica. No obstante, suele decirse que el crecimiento genera, a la larga, inversiones sostenibles que hacen disminuir las emisiones a partir de cierto nivel de PIB. Lo que se observa más bien, en una analogía ecológica de la teoría del intercambio desigual, es un traslado de la producción sucia a los países pobres para su consumo, libre ya de polvo y paja, en los países ricos. Por lo tanto, no es que se emita menos a partir de cierto nivel de PIB (o que se haga con menor intensidad), sino que estas emisiones se desplazan de lugar, aumentando en el cómputo global. La lucha contra el cambio climático requiere replantearnos este modelo de economía.
  1. ¡El empleo no es rehén del crecimiento!

A estas alturas más de uno/a se estará preguntando: pero, ¡¿qué pasa con el empleo?! En los primeros compases de la crisis, solía escucharse que el empleo se recuperaría a partir de que el país creciera por encima del 2%. Si bien es cierto que el crecimiento ha estado tradicionalmente ligado al incremento del empleo, esto no implica de ninguna manera que esta sea la única forma de tener empleo.

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Jackson y Victor (2011) muestran en el gráfico superior, que la ausencia de crecimiento no solo no implica pérdida de desempleo, sino que puede contribuir a reducir las emisiones. Los escenarios asumen una misma tasa de empleo, pero en los escenarios 2 y 3 la jornada laboral se ha reducido sustancialmente y se ha operado un cambio de modelo productivo hacia servicios ecológicamente sostenibles. Mientras el PIB (izquierda) permanece igual (incluso decrece), la tasa de empleo se mantiene y las emisiones (derecha) en Reino Unido caen intensamente. El trabajo y la lucha contra el cambio climático no son incompatibles: el crecimiento económico, sí.
  1. Se trata de cambiar de objetivos.

El PIB, como indicador, es un auténtico desastre. Algunos estudios apuntan, por ejemplo, que el PIB español podría estar valorado un 20% por encima de la realidad. Por su parte, la economía feminista nos enseña que deja fuera los trabajos domésticos y la esfera reproductiva y de cuidados. Y existen serias dudas de que incluirlo fuera a mejorar el bienestar de la ciudadanía, no digamos ya el de las mujeres. Mientras, la economía ecológica señala que la reparación de desastres naturales  (como un vertido de petróleo a un acuífero) o gastos meramente defensivos como el presupuesto militar, suman al PIB cuando en realidad no tienen nada que ver con una mejora de las condiciones de vida. El objetivo nunca debería ser incrementar un indicador que arroja muchas dudas sobre su veracidad, su capacidad para mejorar el bienestar y que genera impactos medioambientales muy serios.

Más bien, se debería poner el foco en la redistribución del ingreso y del empleo con la vista puesta en la conciliación. Del mismo modo, distribuir los trabajos reproductivos que actualmente recaen sobre las mujeres, ampliando el peso de aquellos referidos a los cuidados. También avanzar hacia la democracia económica (que las libertades democráticas no terminen en las puertas de los centros de trabajo) y en la transición energética hacia un modelo sostenible, compatible con la vida y bienestar de las personas. Si de la persecución de estos objetivos se deriva un descenso en el PIB será tan solo eso, una consecuencia. Ni el crecimiento ni tampoco el decrecimiento deberían ser objetivos en sí mismos y, de ser así, se estaría cayendo en el mismo error. Es hora de tomar las riendas de la economía.

*Más impuestos menos subvenciones sobre producción e importaciones.

dijous, 16 de març de 2017

Desigualdad y predistribución



Article publicat a El País

Garantizar el Estado de bienestar para todos exige que quienes sufragan con sus impuestos el grueso del gasto social colaboren. Sociedades donde la pobreza y la exclusión requieren asistencia pública son propicias para el populismo de derechas

De repente nos hemos puesto a hablar de desigualdad, insistentemente. Pero no siempre con el rigor debido. Hace dos meses, Julio Carabaña, en un ejercicio de sana provocación, sorprendió a propios y extraños argumentando en estas mismas páginas que la desigualdad no había aumentado significativamente. Al profesor Carabaña no le faltaban motivos ni evidencias para sugerir que algunos diagnósticos se habían exagerado. Pero creo humildemente que mi admirado colega nos cuenta tan solo una parte de lo que necesitamos saber acerca de la evolución de la desigualdad.

La desigualdad sí ha aumentado, notablemente. No tanto en la forma en que es finalmente experimentada (la desigualdad de renta disponible, a la que se refiere Carabaña) como en la desigualdad de partida, generada por las relaciones económicas que se producen en el mercado. Lo que se ha hecho más desigual es la distribución de ingresos derivados del empleo asalariado, el autoempleo y las ganancias de capital. El Estado de bienestar se ha encargado tradicionalmente de reducir la desigualdad de mercado con sus políticas fiscales y de transferencias monetarias (pensiones, prestaciones de desempleo, rentas mínimas, etc.). Es lo que se conoce como redistribución. Para evitar que un aumento de la desigualdad de mercado se traduzca en mayor desigualdad de renta disponible, el Estado debe incrementar su esfuerzo redistributivo.

Hacerlo tiene costes importantes, que capas crecientes del electorado se muestran reacias a aceptar. A medida que el Estado tiene que gastar más para garantizar el bienestar de todos, incluidos los colectivos más desfavorecidos, resulta más difícil conseguir que los segmentos de la población que sufragan con sus impuestos el grueso del gasto social colaboren en el empeño, lo que ocasiona conflictos distributivos: colectivos que se sienten ninguneados, territorios que se consideran fiscalmente maltratados, élites que desvían sus rentas a paraísos fiscales, etc. El auge de muchos populismos de derechas se nutre, en buena medida, de esta insatisfacción, exacerbada en sociedades con marcadas fracturas étnicas, donde la pobreza y la exclusión que requieren asistencia pública se concentran fundamentalmente en una infraclase particularmente vulnerable formada por minorías y poblaciones inmigradas.

En España, el coeficiente de Gini que mide la desigualdad de mercado (en una escala donde 0 representa una sociedad en la que todos tienen lo mismo y 100 una en la que uno lo acapara todo) ha pasado de 43,4 en 2007 a 50,8 en 2014, y en la zona euro de 49 a 51,9. El deterioro de este coeficiente en España durante los años de crisis es el más pronunciado en la UE tras Chipre.
“No tenéis derecho a quedaros lo que yo me he ganado”, repite el Tea Party
El Estado de bienestar todavía consigue reducir considerablemente estos índices (llevándolos aproximadamente a 34-35 en España). Pero en muchos casos se comienzan a tensar las costuras. Por un lado, algunos sectores sociales no encuentran alivio suficiente al sufrimiento provocado por la privación económica. Por otro, aparecen grupos que se sienten injustamente ignorados por las políticas sociales. Algunas de las mejores obras que se han escrito sobre el caldo de cultivo social que ha aupado a Trump a la presidencia de Estados Unidos (las de John B. Judis, J. D. Vance o Arlie Hochschild) retratan el descontento de una “clase media radical” (fundamentalmente blanca), situada entre una élite económica cosmopolita que se distancia a pasos agigantados del “americano medio” (en términos de renta, estilo de vida y valores) y una clase desfavorecida (generalmente perteneciente a minorías) a la que creen que se prodiga atenciones “inmerecidas”. Un eslogan del Tea Party recoge bien ese sentimiento: “no tenéis derecho a quedaros lo que yo me he ganado”.

En este contexto algunos académicos e intelectuales progresistas reclaman una nueva aproximación a la lucha contra la desigualdad, que pueda ayudar a reflotar la estrategia socialdemócrata. Es el llamado enfoque de la predistribución. Sus partidarios comparten la preocupación por corregir las desigualdades ex–ante, cuando se originan en el mercado, y la necesidad de preparar a la ciudadanía para lidiar con ellas (empoderarla).

Sobre la mesa se han puesto básicamente dos modalidades de propuestas de predistribución. Una primera reclama intervenir en el funcionamiento de los mercados para corregir activamente las ineficiencias que produce una desregulación excesiva. Es lo que Jacob Hacker, uno de sus principales promotores intelectuales, denomina “acertar con la macroeconomía” (getting the macroeconomy right). En lo últimos tiempos se ha evidenciado que el capitalismo laissez faire produce importantes externalidades negativas cuyo coste no es internalizado por quienes lo generan. Se evidencia también que en sociedades muy desiguales, donde las élites económicas disfrutan de una gran capacidad para comprar voluntades y favores políticos, la extracción de rentas es endémica, y los mercados realmente existentes se parecen poco a los modelos estilizados que aparecen en los manuales de macroeconomía.

La lucha contra los desequilibrios puede ayudar a reflotar la estrategia socialdemócrata
Dentro de esta modalidad de predistribución, en el menú de políticas públicas admisibles, se admite espacio para cierto margen de ineficiencia económica, de efectos limitados y controlables, si ayuda a corregir la desigualdad: regulando el acceso a ciertos bienes básicos, fijando el salario mínimo o algunas prestaciones en relación a umbrales de referencia actualizados, otorgando protagonismo a los procesos de negociación colectiva en la determinación de salarios, limitando los salarios más altos. Se argumenta, y existe evidencia al respecto, que la mayor igualdad finalmente conseguida puede propiciar crecimiento económico.

La segunda modalidad de predistribución propuesta está encaminada a promover la capacitación y el empoderamiento de los individuos en un mundo más incierto y volátil, donde van a estar expuestos a vaivenes de la economía, episodios disruptivos en su vida personal y familiar, y riesgo de precariedad. En el centro de la agenda estaría la idea de dotar a los individuos de competencias que les permitan manejarse en la adversidad, evitando que puedan quedar “relegados” o atrapados en ciclos perversos que erosionen sus oportunidades vitales. Las políticas de apoyo a la primera infancia, la educación, las ayudas a la emancipación, la formación a lo largo de la vida, las políticas de activación se convierten, en este marco, en estrategias prioritarias.

Está por ver si los programas de predistribución y empoderamiento pueden contribuir a robustecer el músculo electoral de la socialdemocracia, pero parece claro que las propuestas conectan con un diagnóstico ajustado de lo que está sucediendo con la evolución contemporánea de las desigualdades. Algo que en tiempos de cólera populista se echa muy en falta.

 Pau Marí-Klose es profesor de Sociología de la Universidad de Zaragoza.

dimecres, 15 de març de 2017

¿A qué clase media pertenece usted?

Article publicat a El País
Hace seis años escribí esto: “La principal fuente de los conflictos venideros no van a ser los choques entre civilizaciones, sino las expectativas frustradas de las clases medias que declinan en los países ricos y crecen en los países pobres”.
Mi argumento en ese entonces —y que ahora se ha confirmado— es que las clases medias en Estados Unidos, Europa y otros países de mayores ingresos verían empeorar su estándar de vida, mientras que en China, Turquía, Colombia y otros países emergentes la situación económica de los más pobres mejoraba. En ese mismo artículo señalé que tanto el aumento como la disminución de los ingresos generan expectativas que alimentan la inestabilidad social y política. La sorpresa, por supuesto, es que el aumento de los ingresos de la gente en los países pobres sea una fuente de inestabilidad. Más abajo vuelvo sobre esta paradoja. En ese artículo de 2011 también alerté de que “inevitablemente, algunos políticos en los países avanzados aprovecharán este descontento para culpar del deterioro económico al auge de otras naciones”. Y finalicé pronosticando que las consecuencias internacionales de este choque de clases, que entonces no eran obvias, acabarían siéndolo.
Bueno… lamentablemente, ya lo son.
En estos tiempos de Brexit, Donald Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Podemos y otras sorpresas políticas proliferan los análisis que intentan descifrar las fuerzas que nutren “La Gran Furia”, ese profundo descontento que lleva a los votantes a escoger a quien sea con tal de que no se parezca “a los de antes”. La globalización, la inmigración, la automatización, la desigualdad, el nacionalismo y el racismo son solo algunas de las causas que más comúnmente se mencionan para explicar “La Gran Furia”. Pero me ha llamado la atención que los análisis no incluyen en su explicación lo que está sucediendo en Asia, América Latina o África. Una vez más, la narrativa dominante trata como si fuera mundial un fenómeno regional que ocurre principalmente en Norteamérica y en el Viejo Continente.
Los análisis ignoran que la clase media, esa que en Europa y EE UU está luchando para no perder su preeminencia económica, social y política está en pleno apogeo en el resto del mundo. Para una familia en India que, por primera vez, tiene ingresos que le permiten tener medicinas, casa, coche, televisión, teléfonos inteligentes y algo de ahorros, la defensa de la supremacía blanca que en EE UU motivó a muchos a votar por Donald Trump resulta ininteligible.
El apogeo de la clase media en países pobres es la principal revelación de un importante estudio que acaba de ser publicado por Homi Kharas, uno de los más respetados estudiosos de la cuestión. Sus cálculos indican que hoy 3.200 millones de personas forman parte de la clase media en el mundo, es decir el 42% de la población total. Para estos cálculos, los investigadores e instituciones como el Banco Mundial definen como clase media a las personas con ingresos diarios de entre 11 y 110 dólares al día. Este segmento ha venido creciendo rápidamente, pero a diferentes ritmos. Mientras que en Estados Unidos, Europa y Japón crece anualmente al 0,5%, en China e India suma un 6% cada año.
Globalmente, la clase media aumenta 160 millones de personas al año y de seguir a este ritmo, en pocos años, la mayoría de la humanidad vivirá, por primera vez en la historia, en hogares de esta categoría. Si bien las clases medias son hoy más numerosas que nunca en países como Nigeria, Senegal, Perú o Chile, su expansión es un fenómeno primordialmente asiático. Según Kharas, la abrumadora mayoría (¡el 88%!) de los 1.000 millones de personas que formarán parte de este estrato en los próximos años vivirá en Asia.
El impacto económico de todo esto es enorme. El consumo de la clase media en países de menores ingresos crece al 4% anual y ya equivale a un tercio del total de la economía global.
Naturalmente, los cambios que está experimentando la clase media tiene importantes consecuencias políticas. En Europa y EE UU estas consecuencias ya las vemos en los resultados de las elecciones, los referendos y en la proliferación de improbables candidatos que promueven agendas inéditas. En los países de menores ingresos, en los cuales la clase media crece a gran velocidad, también crecen rápidamente las expectativas y exigencias. Estos nuevos protagonistas sociales más tecnológicamente conectados, con más poder adquisitivo, más educación, más información y más conciencia de sus derechos son una fuente de inmensas presiones sobre gobiernos que no tienen la capacidad de satisfacer esas expectativas.
La clase media de los países ricos se siente amenazada y va a exigir a sus gobiernos acciones y resultados que mantengan sus estándares de vida históricos. Al mismo tiempo, la clase media de los países emergentes está más esperanzada que nunca y luchará para que su progreso continúe.
Como ya lo estamos viendo, estas agendas políticas divergentes son el origen de importantes fricciones internacionales. Y lo seguirán siendo.